19-11-2025, 01:50 AM
No entendía ni por asomo por qué la vieja pegó aquel salto como si le hubiera mordido el alma. ¿Asustarse solo porque le hablé? Vamos, que no soy un monstruo marino salido a devorar aldeanos, soy un gyojin, sí, pero no es como si fuera la primera vez que ven uno y aun así, la doña tuvo el descaro, el absoluto atrevimiento, de soltar un alarido pidiendo ayuda, diciendo que yo la había atacado.
Me quedé ahí, mirándola con una ceja levantada, sintiendo cómo la falta de respeto me hervía bajo la piel como si me estuvieran echando agua caliente en las agallas, qué manera tan ridícula de pagar un gesto amable. —Tch… ¿en serio? —bufé entre dientes, más fastidiado que otra cosa. Si quería ponerse dramática, allá ella. Yo no pienso cargar la culpa de un crimen imaginario solo porque una anciana decide inventarse que soy su verdugo.
Cuando me giré para largarme de ahí y dejar a la dramática con su teatro, ya tenía a los guardias encima. Perfecto… justo lo que me faltaba. ¿Qué iba a hacer? ¿Pelear? Por supuesto que no. No por esto. No iba a desperdiciar energía en un malentendido provocado por alguien con más imaginación que sentido común. Así que levanté las manos como me ordenaron, sin prisas, sin tensión, solo resignación. Miré a los guardias con ese gesto cansado que pongo cuando la gente decide complicarme la vida por deporte.
—No he golpeado a la señora en ningún momento —dije, claro y firme, dejando que la verdad se encargara del resto—Pueden revisarla y revisarme. — Si algo tenía seguro, era que estos al menos no iban a gritar como si hubieran visto un fantasma azul con dientes, con un poco de suerte, usarían la cabeza.
Aunque, siendo sincero, dejar que me revisaran tampoco era precisamente la jugada maestra. Claro que llevo un arma encima. ¿Quién, con dos dedos de frente, camina por este barrio sin una? Y ya me imaginaba la escena: encuentran el arma, se miran entre ellos, uno frunce el ceño, el otro aprieta la lanza… y de repente soy “el sospechoso que claramente iba a atacar a la pobre ancianita”.
Suspiré por dentro. A veces la vida simplemente decide reírse de uno, aun así, mantuve las manos arriba, sin moverme ni un milímetro. —Pueden llevarme bajo arresto —dije, sin levantar la voz, sin perder la calma —Pero realmente no le hice nada a la anciana. — Que lo entendieran o no ya era otra historia, pero yo, al menos, no tenía nada más que ofrecer que la verdad y una paciencia que, para variar, aún no se había gastado.
Me quedé ahí, mirándola con una ceja levantada, sintiendo cómo la falta de respeto me hervía bajo la piel como si me estuvieran echando agua caliente en las agallas, qué manera tan ridícula de pagar un gesto amable. —Tch… ¿en serio? —bufé entre dientes, más fastidiado que otra cosa. Si quería ponerse dramática, allá ella. Yo no pienso cargar la culpa de un crimen imaginario solo porque una anciana decide inventarse que soy su verdugo.
Cuando me giré para largarme de ahí y dejar a la dramática con su teatro, ya tenía a los guardias encima. Perfecto… justo lo que me faltaba. ¿Qué iba a hacer? ¿Pelear? Por supuesto que no. No por esto. No iba a desperdiciar energía en un malentendido provocado por alguien con más imaginación que sentido común. Así que levanté las manos como me ordenaron, sin prisas, sin tensión, solo resignación. Miré a los guardias con ese gesto cansado que pongo cuando la gente decide complicarme la vida por deporte.
—No he golpeado a la señora en ningún momento —dije, claro y firme, dejando que la verdad se encargara del resto—Pueden revisarla y revisarme. — Si algo tenía seguro, era que estos al menos no iban a gritar como si hubieran visto un fantasma azul con dientes, con un poco de suerte, usarían la cabeza.
Aunque, siendo sincero, dejar que me revisaran tampoco era precisamente la jugada maestra. Claro que llevo un arma encima. ¿Quién, con dos dedos de frente, camina por este barrio sin una? Y ya me imaginaba la escena: encuentran el arma, se miran entre ellos, uno frunce el ceño, el otro aprieta la lanza… y de repente soy “el sospechoso que claramente iba a atacar a la pobre ancianita”.
Suspiré por dentro. A veces la vida simplemente decide reírse de uno, aun así, mantuve las manos arriba, sin moverme ni un milímetro. —Pueden llevarme bajo arresto —dije, sin levantar la voz, sin perder la calma —Pero realmente no le hice nada a la anciana. — Que lo entendieran o no ya era otra historia, pero yo, al menos, no tenía nada más que ofrecer que la verdad y una paciencia que, para variar, aún no se había gastado.
