19-11-2025, 05:24 AM
(Última modificación: 21-11-2025, 05:07 PM por Sigurd Haakon.
Razón: Editado a 21 de Noviembre 16:06. Sé que Ubbe ha posteado, pero hay una falta de ortografia que me sangraban los ojos.
)
Por fin estamos en el Gran Salón principal del prestigioso casino Pegaso. Sin duda, hace honor a su fama. Nada más entrar, con un vistazo simple, se siente el lujo y el privilegio en cada rincón. No hay ni un solo metro cuadrado que no esté medido al detalle y a la perfección. La luz auspiciosa de las lámparas de araña que cuelgan del techo, el suelo aterciopelado a juego con la iluminación y la estética adinerada de la sala, el sonido del dinero en movimiento acompañado con música en directo y armonizado con el cantar de las victorias y derrotas de los invitados. Todo es de primera categoría. Puede que demasiado opulento para un guerrero pirata como yo al que le encanta mancharse la manos de sangre y vísceras. Aunque como artesano, valoro mucho la atención al detalle y una arquitectura tan impecable.
No obstante, este lugar desentona tanto conmigo como yo en él. Y lo noto tan rápido que apenas he entrado y ya soy asaltado por la curiosidad ajena. Puedo sentir la mirada de la gente ante la incredulidad de nuestros tamaños y músculos perfectos, desde la admiración hasta el miedo. De nuestras formas de vestir y ser. Y aunque todo el mundo intenta seguir a lo suyo, pues aparentemente una sala de juegos debería de ser una sala libre de cualquier tipo de discriminación, siempre está quién se pasa de la ralla, quien bebe de más o mi favorito, quien peca de preguntón.
Dos personas, de aspecto andrógeno ambas, se acercan a nosotros con ganas de fiesta y desenfreno. Sus cuerpos me generan rechazo, aunque admiro su valentia y arrojo. No hay nada más honorable que ser uno mismo y no esconderse tras ninguna mascara. Pero por desgracia, escogen terriblemente sus palabras. Además, se toman demasiadas confianzas y el tono de voz... Ese tono de voz me genera escozor anal... -Mira, no tengo nada en contra tuya, criatura diminuta.- digo con carácter sosegado, sin mirar directamente al okama de verde. Me resulta más interesante el servir del bartender tras la barra. -Pero como me vuelvas a llamar "Joni" o algo del estilo con ese tono de voz irritante, te juro por mis ancestros que te partiré el cuello.- empiezo a caminar de frente, sin siquiera prestar atención a si se aparta o chica contra mí. Ya se moverá si no quiere ser aplastada. Una vez he avanzado un par de pasos, que aún me escuchan, farfullo. -Y por cierto... No necesitamos la suerte de nadie, y menos de dos moscardones como vosotras. Nosotros moldeamos nuestro propio destino y nuestra suerte... ¿No es así, hermano?- y busco la aprobación de mi pana con un toque de hombro jugón, que es un profesional a la hora de cerrar discursos épicos, con ese estilo tan propio.
Me dirijo a la barra donde sirven copas, atravesando la inmensa sala de juegos del casino. Es tan grande que incluso yo me siento pequeño. Puedo moverme libremente e incluso podría esquivar a la gente si me diera la gana del espacio que hay. No lo hago porque soy el más chulo y me gusta que las personas se aparten de mi camino, pero por poder, podría ser yo. Casino Pegaso, de mis lugares favoritos.
Ver la danza de los camareros sirviendo por las mesas y llevando aperitivos de un lado a otro es casi tan hipnótico como ver el movimiento ágil de las cartas y los dados en cada juego de azar. Revolotean a mi alrededor al ritmo de la música y cada vez que uno se aproxima lo suficiente, le meto mano al plato que lleva para meterme entre pecho y espalda cualquier picoteo. Todos me saben a mierda, pero hay tanta variedad y son tan raros que no me puedo resistir a coger uno tras otro. La música, de hecho, la toca un elegante pianista de pelos plateados y traje carmesí. No soy entendido en música, pero cada nota que sale del instrumento marca el compás de todos los trabajadores como si fueran bailarines profesionales y él, el director de orquesta.
Cerca de mi destino, la barra, me quedo embelesado por una ruleta de apuestas. El lanzamiento perfecto del croupier que hace girar la pelotita por los bordes de la mesa, el rebotar del marfil contra los separadores metálicos de los números, como la casilla verde se queda con la victoria y tumba la fortuna de todos los presentes... He de saborear la gloria ahí o morir en el intento, las copas pueden esperar. Engancho al camarero más cercano, uno joven que lleva la bandeja vacía y se dispone a recargar. -Oye camarero, disculpa...- Levanto el dedo índice para llamar su atención. Cerca, le hablo casi al susurro, con un rollo agradable, aunque imperativo. -Necesito dos cosas, colega. Urgente. La jarra de cerveza que le servirás al más picante de los Onis, al más grande de los gigantes y al más orgulloso de los Buccaneers, que soy yo. Eso lo primero.- cuando veo que se lo apunta en una libreta, sigo. -Y ahora y sin que apuntes, búscame a dos pivas de compañía bien majestuosas. Las mejores que tengas, que me gusta presumir. Dos Kuja o dos de lo que tengáis que me hagan compañía toda la noche.- le extiendo 20.000 berrys de forma descarada, enseñado que tengo cientos de miles. -Convence con esto y quédate con el cambio, campeón.- le doy un toque en la espalda con firmeza, en confianza.
Feliz y contento, no tarda en traerme lo que pido. La mejor bebida y la mejor compañía para el mejor pirata. Si destacaba por mi presencia, ahora destaco al completo, con un piquete galáctico. La gente me tomaría en serio no por mis músculos, sino por el dinero y por la facha que manejo. Hace tiempo que he perdido a Ubbe de vista. A saber cómo se las gasta ese. Capaz lo ha perdido todo, está siendo el más capo de la fiesta en algún juego o puede que esté hasta follando en algún baño. Me la suda, es hora de jugar.
-¿¿¡¡CÓMO!!??- grito furioso pasados un par de minutos. Le grito al que dirige el juego en la propia ruleta. Doy un golpe en la mesa que lanza a volar todas las fichas de aquellos que comparten espacio conmigo. Algunos se asustan, otros admiran mi gallardía, hay de todo. Las mujeres que me ha traído el muchacho reposan sobre mis hombros y mis brazos, mientras que la jarra ya está acabada por completo. Me vuelvo a encarar al dealer. -¡Apuesta mínima 5.000 berrys mis cojones! ¿Me ves cara de crío, puto imbécil?- lanzo los más de 700.000 berrys en billetes sobre la mesa, como si fueran calderilla, en señal dominante. -¡¡MI PUTA CABEZA YA VALE 200 MILLONES!!- me delato como buscado, lo hago consciencia y orgulloso. Lo mismo de antes con los que juegan cinmigo, algunos temen, a otros les fascina. -¡¡Llama ahora mismo a tu jefe, porque me niego a jugar con cobardes que tienen miedo a perder dinero!!- le ordeno. -¡¡CONFÍO EN EL CORAZÓN DE LAS CARTAS Y BUSCO UN DUELO DE VERDAD!!-
No obstante, este lugar desentona tanto conmigo como yo en él. Y lo noto tan rápido que apenas he entrado y ya soy asaltado por la curiosidad ajena. Puedo sentir la mirada de la gente ante la incredulidad de nuestros tamaños y músculos perfectos, desde la admiración hasta el miedo. De nuestras formas de vestir y ser. Y aunque todo el mundo intenta seguir a lo suyo, pues aparentemente una sala de juegos debería de ser una sala libre de cualquier tipo de discriminación, siempre está quién se pasa de la ralla, quien bebe de más o mi favorito, quien peca de preguntón.
Dos personas, de aspecto andrógeno ambas, se acercan a nosotros con ganas de fiesta y desenfreno. Sus cuerpos me generan rechazo, aunque admiro su valentia y arrojo. No hay nada más honorable que ser uno mismo y no esconderse tras ninguna mascara. Pero por desgracia, escogen terriblemente sus palabras. Además, se toman demasiadas confianzas y el tono de voz... Ese tono de voz me genera escozor anal... -Mira, no tengo nada en contra tuya, criatura diminuta.- digo con carácter sosegado, sin mirar directamente al okama de verde. Me resulta más interesante el servir del bartender tras la barra. -Pero como me vuelvas a llamar "Joni" o algo del estilo con ese tono de voz irritante, te juro por mis ancestros que te partiré el cuello.- empiezo a caminar de frente, sin siquiera prestar atención a si se aparta o chica contra mí. Ya se moverá si no quiere ser aplastada. Una vez he avanzado un par de pasos, que aún me escuchan, farfullo. -Y por cierto... No necesitamos la suerte de nadie, y menos de dos moscardones como vosotras. Nosotros moldeamos nuestro propio destino y nuestra suerte... ¿No es así, hermano?- y busco la aprobación de mi pana con un toque de hombro jugón, que es un profesional a la hora de cerrar discursos épicos, con ese estilo tan propio.
Me dirijo a la barra donde sirven copas, atravesando la inmensa sala de juegos del casino. Es tan grande que incluso yo me siento pequeño. Puedo moverme libremente e incluso podría esquivar a la gente si me diera la gana del espacio que hay. No lo hago porque soy el más chulo y me gusta que las personas se aparten de mi camino, pero por poder, podría ser yo. Casino Pegaso, de mis lugares favoritos.
Ver la danza de los camareros sirviendo por las mesas y llevando aperitivos de un lado a otro es casi tan hipnótico como ver el movimiento ágil de las cartas y los dados en cada juego de azar. Revolotean a mi alrededor al ritmo de la música y cada vez que uno se aproxima lo suficiente, le meto mano al plato que lleva para meterme entre pecho y espalda cualquier picoteo. Todos me saben a mierda, pero hay tanta variedad y son tan raros que no me puedo resistir a coger uno tras otro. La música, de hecho, la toca un elegante pianista de pelos plateados y traje carmesí. No soy entendido en música, pero cada nota que sale del instrumento marca el compás de todos los trabajadores como si fueran bailarines profesionales y él, el director de orquesta.
Cerca de mi destino, la barra, me quedo embelesado por una ruleta de apuestas. El lanzamiento perfecto del croupier que hace girar la pelotita por los bordes de la mesa, el rebotar del marfil contra los separadores metálicos de los números, como la casilla verde se queda con la victoria y tumba la fortuna de todos los presentes... He de saborear la gloria ahí o morir en el intento, las copas pueden esperar. Engancho al camarero más cercano, uno joven que lleva la bandeja vacía y se dispone a recargar. -Oye camarero, disculpa...- Levanto el dedo índice para llamar su atención. Cerca, le hablo casi al susurro, con un rollo agradable, aunque imperativo. -Necesito dos cosas, colega. Urgente. La jarra de cerveza que le servirás al más picante de los Onis, al más grande de los gigantes y al más orgulloso de los Buccaneers, que soy yo. Eso lo primero.- cuando veo que se lo apunta en una libreta, sigo. -Y ahora y sin que apuntes, búscame a dos pivas de compañía bien majestuosas. Las mejores que tengas, que me gusta presumir. Dos Kuja o dos de lo que tengáis que me hagan compañía toda la noche.- le extiendo 20.000 berrys de forma descarada, enseñado que tengo cientos de miles. -Convence con esto y quédate con el cambio, campeón.- le doy un toque en la espalda con firmeza, en confianza.
Feliz y contento, no tarda en traerme lo que pido. La mejor bebida y la mejor compañía para el mejor pirata. Si destacaba por mi presencia, ahora destaco al completo, con un piquete galáctico. La gente me tomaría en serio no por mis músculos, sino por el dinero y por la facha que manejo. Hace tiempo que he perdido a Ubbe de vista. A saber cómo se las gasta ese. Capaz lo ha perdido todo, está siendo el más capo de la fiesta en algún juego o puede que esté hasta follando en algún baño. Me la suda, es hora de jugar.
Pasados unos minutos
-¿¿¡¡CÓMO!!??- grito furioso pasados un par de minutos. Le grito al que dirige el juego en la propia ruleta. Doy un golpe en la mesa que lanza a volar todas las fichas de aquellos que comparten espacio conmigo. Algunos se asustan, otros admiran mi gallardía, hay de todo. Las mujeres que me ha traído el muchacho reposan sobre mis hombros y mis brazos, mientras que la jarra ya está acabada por completo. Me vuelvo a encarar al dealer. -¡Apuesta mínima 5.000 berrys mis cojones! ¿Me ves cara de crío, puto imbécil?- lanzo los más de 700.000 berrys en billetes sobre la mesa, como si fueran calderilla, en señal dominante. -¡¡MI PUTA CABEZA YA VALE 200 MILLONES!!- me delato como buscado, lo hago consciencia y orgulloso. Lo mismo de antes con los que juegan cinmigo, algunos temen, a otros les fascina. -¡¡Llama ahora mismo a tu jefe, porque me niego a jugar con cobardes que tienen miedo a perder dinero!!- le ordeno. -¡¡CONFÍO EN EL CORAZÓN DE LAS CARTAS Y BUSCO UN DUELO DE VERDAD!!-
En efecto, cajita feliz
