19-11-2025, 08:08 PM
OST
El ambiente del Berryelder pareció helarse incluso antes de que Iggy estallase, por algún motivo, en carcajadas. El Den Den Mushi seguía reproduciendo música, el tipo de clásicos que le sentaban como un guante a noches como aquela, pero las risas y el bullicio habían cesado por completo. Solo se oyeron tintinear un par de copas, algún taburete girándose. De fondo, el camarero continuaba su labor, atareado, tras la barra. Todas las miradas del distinguido local, del speakeasy del submundo de Samba, estaban clavadas en él como frías astillas, con una multitud que parecía esperar a ver cuál era su siguiente paso. Más que estupor, entre los presentes predominaba la actitud de quien está más que acostumbrado a lidiar con jugadores problemáticos y malos perdedores. No era la primera vez que las pulidas paredes del Berryelder veían cómo alguien, simplemente, se negaba a pagar lo que debía tras perder una mano que no debería haber jugado. Era complicado para Iggy determinar si aquello había sido, de hecho, una emboscada, o si simplemente las cosas habían salido así de catastróficamente mal, dado que ni siquiera podía recordar cómo había llegado a entrar en aquel exclusivo club. Fuera como fuere, aquella era la situación en la que estaba envuelto ahora.
Las monedas tintinearon tristemente sobre la mesa, cayendo y rodando junto a los dados que acababan de sentenciar su suerte. Nadie pareció siquiera la irresponsabilidad, la rastrera falta de respeto del gesto que acababa de perpetrar. En la puerta del Berryelder, las dos enormes mujeres-estatua contemplaban directamente a Iggy. Podía sentir sus penetrantes miradas analizando cada uno de sus gestos, incluso tras los cristales oscuros de sus gafas. Ambas se habían limitado a colocar una mano en la empuñadura de su sable, contemplando la situación en silencio. Cuando Iggy metió la mano en el bolsillo, sin embargo, pudo percibir que allí no había nada. El bolsillo en que antaño reposaba el Corazón estaba ahora aún más vacío que el de las monedas. Cuando afirmó que ni siquiera tenía la gema allí, realmente dijo, sin haberlo anticipado, la verdad.
Cuando Iggy amenazó con que se repitiese lo del New Piano, seguido aquellas particulares florituras con la palanca de hierro, la multitud continuó muda, perpleja. La barra hizo silbar el aire a medida que el pelimorado realizaba un molinillo, como queriendo dar más peso a la amenaza que acababa de efectuar. El mink cerdo, que había quedado tan enmudecido como quienes los rodeaban, rompió el silencio con un lento aplauso. "Bravo. ¡Bravo, bravo, bravo, bravo!" clamó, sonriente, dando rítmicas palmadas. El estupor impregnó el ambiente, que se llenó de cejas arqueándose, miradas cruzándose, codazos y discretos cuchicheos. El cerdo se ajustó el cuello de la chaqueta con elegancia, haciendo un ademán con su otra mano hacia Iggy. "¡He aquí al autor de la masacre de New Piano!," exclamó, como presentándolo ante los parroquianos. Dio un par de pasos, caminando alrededor de la mesa. El tontatta crupier, que permanecía sobre la mesa, giró sobre sí mismo, siguiendo con la mirada al cerdo, que se aproximó algunos pasos hacia Iggy. "Resulta que el artista, el virtuoso, la leyenda, la estrella que se ha pasado todo el día durmiendo la mona en un taburete, delante de nuestras narices... ¡es el artífice de lo ocurrido el otro día!," explicó al público, por el que empezaban a correr murmullos y risotadas. Su tono de voz, la forma en que la proyectaba, cambió repentinamente tras decir aquello. "Y el muy hijo de la gran puta tiene las narices de venir a nuestro local... ¡a nuestra isla!," dijo, bajando la voz y colocando una mano sobre el borde de la mesa, "¡e intentar estafar al gran Retz en un juego de dados! ¡Y todo ello, haciéndose el héroe, tómandonos a todos por gilipollas!". Su expresión se había tornado sombría, y el público murmuraba con desaprobación. "¡Todo el mundo cree que este es un tugurio peligroso, que somos todos unos malandrines, gente mala que roba a los demás... y no le falta razón al que lo piense, ciertamente!," afirmó, con un timing comédico perfecto. El público se partió de risa. "Pero el Berryelder es una institución prestigiosa, en la que las puertas están abiertas a todo el que tenga algo que contar, a todo el que quiera trabajar, ¡a todo el que necesite una oportunidad!" exclamó, abriendo los brazos y buscando la aprobación del público, asintiendo con la cabeza. La muchedumbre le dio la razón. "Y así nos lo pagan," afirmó, haciendo un ademán con su dedo pulgar hacia Iggy. "Viniendo aquí a estafarnos, a robarnos, a meterse en los negocios del Sindicato, ¡pero también en los de todos los demás! Decidme, ¿creéis que eso está bien?," inquirió, pasando una mano por el hombro de Iggy con familiaridad y alzando una ceja. "Y encima nos amenaza... ¡Amenaza a toda la distinguida clientela de nuestro querido Berryelder! ¡A todos los que venimos aquí a charlar, a echarnos unas partidas, a disfrutar!" afirmó. "No, eso no está bien," se respondió a sí mismo, bajando la voz.
Lo siguiente fue un puñetazo en la mandíbula de Iggy, que le propinó con la misma mano con que había estado gesticulando hacia el público. Los dientes del pelimorado crujieron audiblemente bajo los anillos de oro del cerdo, que ni siquiera se dignó a mirarlo. Nadie en la audiencia pareció sorprenderse cuando ocurrió aquello, aunque más de uno se giró para ver cómo una de las dos enormes guardias de la puerta había empezado a caminar hacia la muchedumbre, en silencio, empezando a desenvainar el sable que colgaba de su cintura. Enfurecido, y habiéndose arremangado los puños de su camisa, Retz se disponía a continuar la tunda, aproximándose a Iggy tras el puñetazo. Agarró al pelimorado por las solapas de su chaleco rojo, e Iggy pudo percibir, tras el embriagador perfume de la colonia que llevaba, el furioso aliento que brotaba desde aquella boca de dientes puntiagudos y toscos. La muchedumbre empezaba a volverse más ruidosa, más revoltosa. Los nervios comenzaban a aflorar. Se olía en el ambiente que venía una pelea, una oportunidad que muchos de los allí presentes no estaban dispuestos a desperdiciar. Algunos empezaron a abrir paso, aterrorizados, ante la llegada de la guardiana, que caminaba en sepulcran silencio hacia Iggy y Retz. Su mano, blanca y de dedos alargados, sujetó la empuñadura del sable, que comenzó a salir de su vaina, silbando al rascar el brocal. Retz alzó el puño, mientras todos los músculos se su cuerpo se tensaban visiblemente.
"Suficiente."
Una voz calmada y ronca emergió de entre la muchedumbre, una voz llena de gravedad, de firmeza, de autoridad, incluso entre aquel hatajo de bandidos y maleantes; una voz abisal. Aquella palabra fue suficiente para que todo se congelase. Incluso la gélida guardiana gris se paralizó, permitiendo que el sable volviese a entrar en su vaina, sin inmutarse. Retz se detuvo en seco, alzando sus cejas y mirando en la dirección de la voz. El gentío se abrió, dando paso a un enorme gyojin de casi tres metros de altura, cuyas espinas casi rozaban las vigas del techo, vestido con una simple camisa blanca arremangada, un chaleco negro y pantalones oscuros a medida. Junto a él estaba la mujer de pelo azul. Su figura era sólida, pesada, y se parecía más a una masa viva de roca que a cualquier pez que Iggy hubiera visto. Su piel, grisácea y con parches irregulares verdosos y ocres, era rugosa, escarpada, con múltiples espinas, protuberancias y grietas que se asemejaban a formaciones rocosas. Según el ángulo, se le podría haber confundido con un trozo de coral. Su frente era ancha y aplastada, con hendiduras que parecían fracturas en la piedra. Sus ojos, apenas visibles, eran amarillos pero intensos, de gran expresividad. Su boca, grande y de labios gruesos aunque ligeramente caídos hacia las comisuras, le daba un aire de juicio constante.
La mujer de pelo azul, que se encontraba a su lado, abrió su bolso y extrajo una pequeña funda de cuero y una cajita de cerillas, entregando ambas al gyojin. En silencio y con apabullante calma, ante la gélida mirada de todos los presentes, este tomó la funda, sacó un enorme puro y empezó a encendérselo. Una calada, y otra, mientras prendía el extremo. La llama del fósforo iluminó su cara por breves instantes. Exhaló varias bocanadas de humo consecutivas antes de agitar la cerilla para apagarla, tendiéndosela de vuelta a la mujer. Fumó un poco más, asegurándose de que hubiera prendido correcta y regularmente, antes de volver a sujetarlo con su enorme mano. Nadie se atrevió a hacer el más mínimo ruido. Nadie se movió. El silencio era total: solo se oía la música de fondo, y el crepitar apagado del puro, consumiéndose en la mano del gyojin como si todo el mundo contuviese la respiración a su alrededor. Retz, aún agarrando a Iggy por las solapas, tragó saliva.
El gyojin dio un solo paso hacia ellos, y el suelo pareció tensarse bajo su peso. "Retz, suéltalo."
El cerdo obedeció de inmediato, dejando caer a Iggy como si hubiese estado sosteniendo dinamita. El gyojin inspiró despacio, soltando una larga exhalación de humo. "Hace años que mantengo este sitio en paz. No voy a permitir que un asunto..." sus ojos, dos rendijas amarillas, se clavaron en Iggy, "ajeno convierta mi club en un matadero. Nadie sale de aquí hasta que encontremos lo que falta," sentenció, haciendo un lento ademán con la cabeza hacia las guardianas, que volvieron a sus puestos junto a la puerta.
Off

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