20-11-2025, 12:00 PM
Ay, Eros… si supiera la ternura que me producía verle de esa forma, tan grandote y tan lleno de dudas al mismo tiempo. Me dieron hasta ganas de cogerle la mano a ese funebrero suyo, acompañarle y decirle “tranquilo, cariño, que no hace falta que te justifiques por existir”. Y aunque él admitiese sentirse en confianza conmigo, no sentía que esas palabras fuesen dignas de pronunciarse tan pronto; aunque hubiese confianza para compartir pensamientos, tal vez no opiniones acerca de la vida del ajeno.
Respiré un poquito más suave al verlo relajarse, como si de verdad hubiera estado conteniendo el aire. Y cuando me soltó esa broma suya de la “confianza” porque ya había visto su sangre, casi me da la risa—. Pues mira que eres tonto —le dije, sonriendo de lado—. Si por ver sangre se generara la confianza, yo sería la mejor amiga de medio mundo y otro tanto del submundo.
Tal vez no me dejaba en buen lugar como médico hablar del submundo. Pero escucharle hablar así… tan perdido con sus propios gustos, con qué hace, con qué no hace… me tocó una fibra. Yo también he pasado años sin saber quién era, viviendo al día, trabajando demasiado, cuidando de otros teniendo claro qué quería yo pero dudando de que fuese elección plena y totalmente libre, aunque siempre mirando al frente y siguiendo con esas decisiones. Y verle a él revolver su cabecita buscando algo que le definiera… uf, me vi reflejada. Todos tenemos claro que soy pequeña, que soy malhumorada, pero ¿qué más soy?
— Oye… —me incliné un poco hacia él, bajando la voz como si le fuera a revelar un secreto importante, aunque era más el miedo lo que hablaba— que hagas cosas “porque toca” no te hace aburrido. Te hace alguien que sobrevivió como pudo. Y eso ya es bastante admirable, no todos pueden hacerlo —y cuando dijo lo de pelear, casi le suelto una carcajada—. ¿Qué tienes, complejo de gallito de pelea? —pero había cariño en mi tono, un “no te rías de él, risa” pegado por dentro. Los hombres y su necesidad por demostrar su valía a través de los golpes. Quizás una pequeña parte de mí amaba la medicina por eso.
Aunque la verdad es que era bonito escucharle hablar de su familia, aunque fuera de algo tan raro como pelearse en grupo como pasatiempo. Al menos era un trocito suyo. Cuando mencionó las noches en vela, el mar, la tranquilidad… ahí ya sí que conecté del todo, si bien en mi caso era más por la curiosidad, por el estudio, la investigación.
— Eso sí lo entiendo —confesé, apoyando la barbilla en mi mano mientras lo escuchaba—. A mí también me gustan esos ratitos donde nadie tira de ti y puedes simplemente… existir. Aunque en mi caso suele ser bailando, o pensando, o mirando las estrellas como si fueran a responderme algo.
Y cuando soltó lo del alcohol… —. Pues mira, mejor —le dije con un tono medio regañón—. Así no me tengo que preocupar de encontrarte borracho tirado por ahí. Uno menos que rescatar. Yo, de hecho, tengo poca tolerancia al alcohol —admití con cierta vergüenza. Era una costumbre nociva bastante extendida. A veces me tomaba mi copa para socializar en momentos que parecía requerirse. Pero cuando se miró a sí mismo con esa pena, con ese “soy un fardo”, ahí sí que no me contuve. Me acerqué más, directa, sin rodeos, como soy yo cuando alguien toca una herida sin darse cuenta, malhumorada tal y como ya había dicho.
— No digas eso, Eros —le dije bajito, pero firme—. No eres un fardo. Eres alguien al que me apetece conocer. Y si no sabes qué te gusta… pues lo descubrimos, aunque no has dicho pocas cosas precisamente. Pero lo descubriremos, si quieres. Tú me enseñas a pegarle a cosas sin romperme la muñeca o tal vez cosas del mundo de la funeraria, y yo te enseño a hacer algo que no sea trabajar o pensar que estorbas.
Le toqué el brazo, un toquecito suave, apenas un roce—. No voy a retractarme. Ya te lo digo desde ya. Así que te aguantas —y con una sonrisa un poquito más descarada:—. Además… me caes bien. Aunque seas raro, a tu modo; como yo, a mi modo. Quizás por eso me caes bien.
Respiré un poquito más suave al verlo relajarse, como si de verdad hubiera estado conteniendo el aire. Y cuando me soltó esa broma suya de la “confianza” porque ya había visto su sangre, casi me da la risa—. Pues mira que eres tonto —le dije, sonriendo de lado—. Si por ver sangre se generara la confianza, yo sería la mejor amiga de medio mundo y otro tanto del submundo.
Tal vez no me dejaba en buen lugar como médico hablar del submundo. Pero escucharle hablar así… tan perdido con sus propios gustos, con qué hace, con qué no hace… me tocó una fibra. Yo también he pasado años sin saber quién era, viviendo al día, trabajando demasiado, cuidando de otros teniendo claro qué quería yo pero dudando de que fuese elección plena y totalmente libre, aunque siempre mirando al frente y siguiendo con esas decisiones. Y verle a él revolver su cabecita buscando algo que le definiera… uf, me vi reflejada. Todos tenemos claro que soy pequeña, que soy malhumorada, pero ¿qué más soy?
— Oye… —me incliné un poco hacia él, bajando la voz como si le fuera a revelar un secreto importante, aunque era más el miedo lo que hablaba— que hagas cosas “porque toca” no te hace aburrido. Te hace alguien que sobrevivió como pudo. Y eso ya es bastante admirable, no todos pueden hacerlo —y cuando dijo lo de pelear, casi le suelto una carcajada—. ¿Qué tienes, complejo de gallito de pelea? —pero había cariño en mi tono, un “no te rías de él, risa” pegado por dentro. Los hombres y su necesidad por demostrar su valía a través de los golpes. Quizás una pequeña parte de mí amaba la medicina por eso.
Aunque la verdad es que era bonito escucharle hablar de su familia, aunque fuera de algo tan raro como pelearse en grupo como pasatiempo. Al menos era un trocito suyo. Cuando mencionó las noches en vela, el mar, la tranquilidad… ahí ya sí que conecté del todo, si bien en mi caso era más por la curiosidad, por el estudio, la investigación.
— Eso sí lo entiendo —confesé, apoyando la barbilla en mi mano mientras lo escuchaba—. A mí también me gustan esos ratitos donde nadie tira de ti y puedes simplemente… existir. Aunque en mi caso suele ser bailando, o pensando, o mirando las estrellas como si fueran a responderme algo.
Y cuando soltó lo del alcohol… —. Pues mira, mejor —le dije con un tono medio regañón—. Así no me tengo que preocupar de encontrarte borracho tirado por ahí. Uno menos que rescatar. Yo, de hecho, tengo poca tolerancia al alcohol —admití con cierta vergüenza. Era una costumbre nociva bastante extendida. A veces me tomaba mi copa para socializar en momentos que parecía requerirse. Pero cuando se miró a sí mismo con esa pena, con ese “soy un fardo”, ahí sí que no me contuve. Me acerqué más, directa, sin rodeos, como soy yo cuando alguien toca una herida sin darse cuenta, malhumorada tal y como ya había dicho.
— No digas eso, Eros —le dije bajito, pero firme—. No eres un fardo. Eres alguien al que me apetece conocer. Y si no sabes qué te gusta… pues lo descubrimos, aunque no has dicho pocas cosas precisamente. Pero lo descubriremos, si quieres. Tú me enseñas a pegarle a cosas sin romperme la muñeca o tal vez cosas del mundo de la funeraria, y yo te enseño a hacer algo que no sea trabajar o pensar que estorbas.
Le toqué el brazo, un toquecito suave, apenas un roce—. No voy a retractarme. Ya te lo digo desde ya. Así que te aguantas —y con una sonrisa un poquito más descarada:—. Además… me caes bien. Aunque seas raro, a tu modo; como yo, a mi modo. Quizás por eso me caes bien.
