20-11-2025, 03:37 PM
El silencio que coronó finalmente las palabras de la pequeña médica no le resultó incómodo sino más bien cálido, como si estuviese siendo arropado por los cuidados y la serena comprensión que ella le ofrecía. Eros sostuvo su mirada sobre la misma con calma, siguiendo la cadencia de su parpadeo lento, para finalmente volverse en ese vaivén entre el pudor y la sorpresa. Era raro para él ser visto sin sentirse juzgado, desde que se había embarcado que esto se estaba volviendo una realidad más latente, y eso removía cosas en su interior que él mismo desconocía.
— Podrías ser amiga de todos los que te propusieses —murmuró risueño. — Eres alguien que se preocupa por los demás, genuinamente... Y por lo visto no solo sabes tratar dolores físicos, también los dolores de adentro del alma y la mente —finalmente el funebrero respiró hondo exhalando el aire que retumbaba en su pecho, dejando salir quizás sus preocupaciones ahora que se hallaba sorprendentemente sereno y en sosiego. — Aunque sea un gallito de pelea y esté un poquito roto, todavía sirvo.
A medida que la escuchaba hablar más entendía que pese a la diferencia de tamaño que tenían, el porte y el carácter de la médica es lo que habían hecho que él nunca dimensione ese detalle hasta ahora. Nunca la había comprendido cómo alguien de talla pequeña por el respeto que imponía, era una persona con carácter que sabía hacerse notar, no se callaba lo que tenía decir y siempre hacía sentir su peso en las deberes que realizaba. Verdaderamente no era alguien que uno pudiese ignorar, y ni olvidar. El sepulturero definitivamente la respetaba.
— ¿Y te han respondido alguna vez? Las estrellas —Inquirió juguetón. — A mi si... Pero no te voy a decir lo que me dijeron, es un secreto entre ellas y yo —Cerró sus parpados con serenidad, permitiéndose bajar la guardia. — Va a ser divertido, aprender otras cosas que no sean trabajar... —A medida que hablaban su respiración se iba acompasando con el sereno vaivén del barco, su pecho subía y bajaba en una cadencia cada vez más profunda. El sueño estaba llegando a él, y si bien luchaba por quedarse despierto cada vez costaba más.
Quizás la camilla era demasiado blanda para su gusto, pero también cálida. Escucharla decir que no iba a retractarse de ser su amiga le trajo serenidad, quizás era la paz que sentían los difuntos que se iban en paz. — Me caes bien, Alana —Musitó su nombre quizás por primera vez sin tartamudear, sin pedir permiso, y sin cortesía impuesta por la formalidad. Finalmente sus manos reposaron sobre su pecho, y su mente cabalgó hacia lo onírico sumiendo al oriundo de Baterilla en los brazos de Morfeo.
— Podrías ser amiga de todos los que te propusieses —murmuró risueño. — Eres alguien que se preocupa por los demás, genuinamente... Y por lo visto no solo sabes tratar dolores físicos, también los dolores de adentro del alma y la mente —finalmente el funebrero respiró hondo exhalando el aire que retumbaba en su pecho, dejando salir quizás sus preocupaciones ahora que se hallaba sorprendentemente sereno y en sosiego. — Aunque sea un gallito de pelea y esté un poquito roto, todavía sirvo.
A medida que la escuchaba hablar más entendía que pese a la diferencia de tamaño que tenían, el porte y el carácter de la médica es lo que habían hecho que él nunca dimensione ese detalle hasta ahora. Nunca la había comprendido cómo alguien de talla pequeña por el respeto que imponía, era una persona con carácter que sabía hacerse notar, no se callaba lo que tenía decir y siempre hacía sentir su peso en las deberes que realizaba. Verdaderamente no era alguien que uno pudiese ignorar, y ni olvidar. El sepulturero definitivamente la respetaba.
— ¿Y te han respondido alguna vez? Las estrellas —Inquirió juguetón. — A mi si... Pero no te voy a decir lo que me dijeron, es un secreto entre ellas y yo —Cerró sus parpados con serenidad, permitiéndose bajar la guardia. — Va a ser divertido, aprender otras cosas que no sean trabajar... —A medida que hablaban su respiración se iba acompasando con el sereno vaivén del barco, su pecho subía y bajaba en una cadencia cada vez más profunda. El sueño estaba llegando a él, y si bien luchaba por quedarse despierto cada vez costaba más.
Quizás la camilla era demasiado blanda para su gusto, pero también cálida. Escucharla decir que no iba a retractarse de ser su amiga le trajo serenidad, quizás era la paz que sentían los difuntos que se iban en paz. — Me caes bien, Alana —Musitó su nombre quizás por primera vez sin tartamudear, sin pedir permiso, y sin cortesía impuesta por la formalidad. Finalmente sus manos reposaron sobre su pecho, y su mente cabalgó hacia lo onírico sumiendo al oriundo de Baterilla en los brazos de Morfeo.
