20-11-2025, 08:28 PM
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colores, aromas, sonidos enigmáticos... todos menos entretenimiento digno o un pequeño bocado que no me aburriera.
Fue entonces cuando las vi. Un par de setitas solitarias, surgiendo del musgo como una joya torpe. Grandes, de colores que en cualquier otro lugar indicarían un mal presagio, pero que aquí se me aparecían como una invitación descarada...
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Las tomé con delicadeza del suelo, las observé girándolas... el perfume que se desprendía era dulce y acariciaba mis sentidos con una suavidad no esperada. El sabor estalló de forma brutal, como si de un bocado hubiese probado la selva entera. Un segundo después, una oleada cálida recorría mi cuerpo, cosquilleando bajo la piel. Quizá esta isla si tuviese algo interesante que ofrecer...
De pronto, sintiéndome observada giré la cabeza bruscamente y me sorprendí de mi acechador, quien había aparecido de la nada como un destello blanco. Un movimiento mínimo entre las marañas verdes y las sombras fue lo que lo delató...
Un conejito. Un conejito.
Blandura encarnada, torpeza y calidez tan fuera de lugar que casi me hizo reír. ¿Una broma del propio entorno o... una pieza colocada a propósito ahí...? Me sostuvo la mirada. Era adorable su acto de inútil valentía... Repentinamente se giró y saltó entre los matorrales, haciéndome esbozar una sonrisa.
- ¿Te vas sin presentarte si quiera? Qué mala educación... -dije ensanchando la sonrisa sin darme cuenta-.
La jungla vibró a mi alrededor. Nada exagerado… solo un leve temblor, como si cada hoja reaccionara un segundo tarde al viento, como si los colores decidieran respirar... Una desviación tan sutil que cualquiera la habría atribuido al calor. Yo, en cambio, la sentí como una caricia prometedora. Mis sentidos se abrían apenas un poco más de lo necesario por la expectación de la persecución que emprendería. De tal forma, me lancé tras él, ligera como una sombra, moviéndome entre raíces y fragancias espesas. A cada salto mío, el mundo parecía inclinarse apenas, como si la selva jugara a acompasar mis pasos. Y ese tímido desfase, esa insinuación de que algo estaba a punto de volverse más intenso, me hizo sonreír aún más.
- Ven, pequeño... -canturreé-.
Esta vez la risa surgiendo sin que yo la llamara, fina y brillante, escapando de mis labios incesantemente... no era carcajada ni delirio, todavía. Era solo el inicio. Un temblor de risa que prometía crecer.
- Muéstrame quién te ha puesto aquí… -añadí entre risas suaves, casi musicales-. O deja que lo descubra por mí misma...
Porque en un lugar tan hostil, un conejito no es nunca solo un conejito. Y yo tenía hambre.
