20-11-2025, 09:36 PM
(Última modificación: 25-11-2025, 05:50 PM por Ubbe.
Razón: Tenia el hide mal puesto, perdón
)
Ubbe salió del local un par de pasos detrás de Sigurd, encorvándose apenas para no llevarse por delante el marco destrozado de la puerta. El olor a sangre reciente le golpeó igual que el aire frío y agresivo de Drum; aun así, su gesto se mantuvo sereno, esa mezcla extraña entre tranquilidad y amenaza que sólo un buccaneer de cuatro metros podía llevar con naturalidad peligrosa. La luz blanquecina del exterior se posó sobre su pecho descubierto, marcando las cicatrices como líneas de guerra vieja.
En cuanto asomó la cabeza al porche, escuchó el “click” y el leve quejido de Sigurd. Ubbe entornó los ojos, bajó la mirada hacia el cepo oxidado que mordía la pierna de su compañero y luego levantó la vista hacia el marine, como si estuviera viendo la broma más mala del mundo y no un intento real de emboscada.
-Menudo recibimiento de mierda, baby… -murmuró con voz grave, larga y cargada- Para un héroe de verdad, empezar así es de lo más triste que he visto nunca.
La indignación le subió por el pecho como un fogonazo.
-Mira que los Marines me dais por culo, ¿eh? Pero esto… esto ya me cabrea que flipas, tío -dijo señalando la trampa como si fuera una ofensa personal- ¿Cómo pones esa mierda ahí? Eso no es ni justo ni honorable, ¡Man!
Gesticuló con ambos brazos como un rapero cabreado de un barrio conflictivo de una ciudad que ni sabía señalar en un mapa con una estatua de la libertad, como si eso existiera, y terminó cruzando los brazos contra su pecho enorme.
Y allí se quedó, quieto como un muro, mientras Sigurd rompía la trampa y comenzaba su discurso. Ubbe no intervino; simplemente dejó que la brisa helada agitara los pliegues de su chaleco abierto y permitió que su sombra cubriera parte del porche como si fuese un segundo edificio superpuesto.
Cada palabra de Sigurd retumbaba en la madera, en la nieve… y en él mismo. Ese odio a la Marina que llevaba pegado al alma desde niño ardía ahora con fuerza, chispeando en sus ojos amarillos. No podía evitarlo. Los uniformes azules le hervían la sangre, y aquel gato marine, pequeño para dos Buccaneers como ellos, pero vestido de autoridad, era un insulto viviente.
Cuando su compañero terminó la declaración de guerra, Ubbe parpadeó, sorprendido por la potencia del discurso, y soltó una exclamación explosiva:
- ¡UOH YEAH, bro! ¡Con esa entrada hasta mis bíceps se han motivado!
Y no era broma. Los flexionó ligeramente, y el chaleco crujió.
El ambiente se tensó. El aire helado pareció detenerse. La nieve dejó de caer durante un segundo, o tal vez simplemente fue la percepción distorsionada por la adrenalina. Ubbe dio un paso adelante, haciendo vibrar el porche entero. Miró al marine con un brillo peligroso en la mirada, deseando empezar la pelea.
-Los Marines… siempre igual -escupió con desprecio- Siempre escondiéndose detrás de sus banderas, detrás de sus discursos, detrás de sus números… pero nunca delante para parar los golpes, baby. Acabas de mandar a morir a muchos pavos, solo por miedo, vaya parguela...
Otro paso.
Otro temblor.
Ubbe no era tonto, aunque a veces lo pareciera, quizá no sabría señalar a Drum en un mapa, pero lo que si podría intuir es que aquel tipo no era un marine cualquiera de los que habían despedazado, ese tío era alguien a tener en cuenta, y aunque fueran dos tremendos Buccaneers, la cosa iba a ponerse seria, esta pelea era algo que no había que tomarse a la ligera.
Sintió un sabor metálico en la boca, mezcla de rabia y aire frío.
Sintió sus venas tensarse y la respiración hacerse más profunda.
Y entonces se colocó a unos metros de Sigurd mirando fijamente al marine.
Abrió los brazos, cruzándolos al frente como si marcara un X gigantesca de pura fuerza, y tensó todo su cuerpo. Sus músculos se encordaron como cables de acero, las piernas firmes, las plantas clavadas en la madera, la sombra proyectándose como un demonio enorme sobre el hielo.
El buccaneer inhaló, generando aún más tensión en el ambiente.
Con la postura preparada, llegaba la tormenta.
La Mole Negra estaba lista para pelear.
En cuanto asomó la cabeza al porche, escuchó el “click” y el leve quejido de Sigurd. Ubbe entornó los ojos, bajó la mirada hacia el cepo oxidado que mordía la pierna de su compañero y luego levantó la vista hacia el marine, como si estuviera viendo la broma más mala del mundo y no un intento real de emboscada.
-Menudo recibimiento de mierda, baby… -murmuró con voz grave, larga y cargada- Para un héroe de verdad, empezar así es de lo más triste que he visto nunca.
La indignación le subió por el pecho como un fogonazo.
-Mira que los Marines me dais por culo, ¿eh? Pero esto… esto ya me cabrea que flipas, tío -dijo señalando la trampa como si fuera una ofensa personal- ¿Cómo pones esa mierda ahí? Eso no es ni justo ni honorable, ¡Man!
Gesticuló con ambos brazos como un rapero cabreado de un barrio conflictivo de una ciudad que ni sabía señalar en un mapa con una estatua de la libertad, como si eso existiera, y terminó cruzando los brazos contra su pecho enorme.
Y allí se quedó, quieto como un muro, mientras Sigurd rompía la trampa y comenzaba su discurso. Ubbe no intervino; simplemente dejó que la brisa helada agitara los pliegues de su chaleco abierto y permitió que su sombra cubriera parte del porche como si fuese un segundo edificio superpuesto.
Cada palabra de Sigurd retumbaba en la madera, en la nieve… y en él mismo. Ese odio a la Marina que llevaba pegado al alma desde niño ardía ahora con fuerza, chispeando en sus ojos amarillos. No podía evitarlo. Los uniformes azules le hervían la sangre, y aquel gato marine, pequeño para dos Buccaneers como ellos, pero vestido de autoridad, era un insulto viviente.
Cuando su compañero terminó la declaración de guerra, Ubbe parpadeó, sorprendido por la potencia del discurso, y soltó una exclamación explosiva:
- ¡UOH YEAH, bro! ¡Con esa entrada hasta mis bíceps se han motivado!
Y no era broma. Los flexionó ligeramente, y el chaleco crujió.
El ambiente se tensó. El aire helado pareció detenerse. La nieve dejó de caer durante un segundo, o tal vez simplemente fue la percepción distorsionada por la adrenalina. Ubbe dio un paso adelante, haciendo vibrar el porche entero. Miró al marine con un brillo peligroso en la mirada, deseando empezar la pelea.
-Los Marines… siempre igual -escupió con desprecio- Siempre escondiéndose detrás de sus banderas, detrás de sus discursos, detrás de sus números… pero nunca delante para parar los golpes, baby. Acabas de mandar a morir a muchos pavos, solo por miedo, vaya parguela...
Otro paso.
Otro temblor.
Ubbe no era tonto, aunque a veces lo pareciera, quizá no sabría señalar a Drum en un mapa, pero lo que si podría intuir es que aquel tipo no era un marine cualquiera de los que habían despedazado, ese tío era alguien a tener en cuenta, y aunque fueran dos tremendos Buccaneers, la cosa iba a ponerse seria, esta pelea era algo que no había que tomarse a la ligera.
Sintió un sabor metálico en la boca, mezcla de rabia y aire frío.
Sintió sus venas tensarse y la respiración hacerse más profunda.
Y entonces se colocó a unos metros de Sigurd mirando fijamente al marine.
Abrió los brazos, cruzándolos al frente como si marcara un X gigantesca de pura fuerza, y tensó todo su cuerpo. Sus músculos se encordaron como cables de acero, las piernas firmes, las plantas clavadas en la madera, la sombra proyectándose como un demonio enorme sobre el hielo.
El buccaneer inhaló, generando aún más tensión en el ambiente.
Con la postura preparada, llegaba la tormenta.
La Mole Negra estaba lista para pelear.
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