21-11-2025, 11:41 AM
Ryoma había sido, alguna vez, un hombre tranquilo.
No cualquiera lo diría al verlo ahora, con la espalda ancha, el gesto pétreo y la violencia brotándole por los poros como una segunda piel. Pero hubo un tiempo en que sus días consistían en entrenar al amanecer, comer arroz sin sal, y reírse con los demás aprendices del dojo mientras el maestro los hacía repetir cien posturas bajo el sol.
Un tiempo en que la disciplina templaba su fuego, no lo alimentaba. Lo que quebró esa calma no fue un acto heroico, ni un trauma profundo, fue algo más simple, más humano y, quizás, más triste.
Ryoma descubrió que la fuerza era lo único que le hacía sentir algo.
El respeto de los demás no lo llenaba, las enseñanzas del maestro no lo inspiraban, La armonía del dojo, esa búsqueda de perfección interior, le resultaba insoportable.
Pero cuando golpeaba…Cuando su puño encontraba hueso…Cuando un rival caía de rodillas con los ojos nublados…
Ahí, en ese instante exacto, algo dentro de él se ordenaba.
Una claridad cruda, primaria, casi animal. No era maldad. No era sadismo.
Era la única manera que conocía de sentir paz.
Hasta que un día, fracturó el brazo de un compañero estando ya fuera de combate. No por accidente. No porque se le escapara la fuerza.
Sino porque, por un par de segundos, sintió de nuevo esa serenidad absoluta… y quiso prolongarla.
Lo expulsaron al instante.
Y desde entonces, Ryoma buscó esa misma calma donde fuera, como un adicto buscando la primera dosis:
En cada puerta rota, en cada alumno derrotado, en cada dojo pequeño que se interponía en su camino.
Aquella mañana, en el claro del bosque, había encontrado por fin un momento de silencio.
El sol descendía en rayos rectos. El bambú se mecía con un ritmo lento. La tierra olía a humedad y sudor seco.
Por un instante, muy breve, todo estuvo quieto.
Muy quieto.
Casi perfecto.
Hasta que un puñetazo de acero le partió el pecho.
El golpe sonó como un madero partiéndose.
El cuerpo de Ryoma se arqueó hacia atrás con brusquedad cuando los nudillos de acero se hundieron en su esternón. El aire le estalló en el pecho en un gruñido ronco, una exhalación forzada que levantó motas de polvo en el claro. La marca del Jarngréipr quedó impresa en la piel tensa y enrojecida, un rectángulo perfecto de dolor que aún vibraba cuando Enji ya había retrocedido.
Por un instante, apenas un parpadeo, el bosque pareció contener la respiración.
Los bambúes dejaron de murmurar.
El viento dejó de moverse.
Hasta la luz pareció detenerse en mitad del golpe.
Pero Ryoma no cayó, aún mareado y desorientado se acabó irguiendo.
Se tambaleó un paso atrás, hundió los talones en la tierra blanda, y dejó que la vibración del impacto recorriera su torso desnudo. El rostro se le descompuso en una mueca que mezclaba sorpresa, rabia y una sonrisa torcida, más animal que humana. Pasó un pulgar por la zona golpeada y escupió al suelo.
-Solo te responderé si me ganas... -murmuró, la voz grave, cargada de una excitación oscura- Marine...
El cuello crujió cuando lo giró hacia un lado. El sonido resonó entre los troncos como si alguien hubiese quebrado una rama seca. Sus pupilas se afilaron, una chispa de violencia pura encendida tras el impacto.
No era la mirada de alguien intimidado.
Era la mirada de alguien que llevaba demasiado tiempo esperando una excusa. El Martillo flexionó las rodillas, y la tierra bajo él respondió con un leve hundimiento. La tensión subió desde los pies a los hombros, piel a piel, músculo a músculo, como una ola ascendente. El cuerpo entero se le transformó en un resorte.
-¡VENGA! -rugió de repente, la voz explotando como un cañonazo.
La reacción llegó con la velocidad de un depredador.
Ryoma cargó hacia él sin dudar, sin medir, sin preguntar.
Un sprint brutal, directo, sin técnica, abriendo los brazos como si quisiera arrancar del aire todo lo que se interpusiera en su camino.
Las zancadas levantaron hojas, astillaron pequeños brotes de bambú, y dejaron marcas profundas en el barro húmedo.
Cerró la distancia en un suspiro.
El primer ataque del martillo, fue un puñetazo directo, buscando desequilibrar a Enji.
Tras el golpe, Ryoma se quedó en posición de combate esperando la respuesta de su rival.
El combate había comenzado de verdad.
No cualquiera lo diría al verlo ahora, con la espalda ancha, el gesto pétreo y la violencia brotándole por los poros como una segunda piel. Pero hubo un tiempo en que sus días consistían en entrenar al amanecer, comer arroz sin sal, y reírse con los demás aprendices del dojo mientras el maestro los hacía repetir cien posturas bajo el sol.
Un tiempo en que la disciplina templaba su fuego, no lo alimentaba. Lo que quebró esa calma no fue un acto heroico, ni un trauma profundo, fue algo más simple, más humano y, quizás, más triste.
Ryoma descubrió que la fuerza era lo único que le hacía sentir algo.
El respeto de los demás no lo llenaba, las enseñanzas del maestro no lo inspiraban, La armonía del dojo, esa búsqueda de perfección interior, le resultaba insoportable.
Pero cuando golpeaba…Cuando su puño encontraba hueso…Cuando un rival caía de rodillas con los ojos nublados…
Ahí, en ese instante exacto, algo dentro de él se ordenaba.
Una claridad cruda, primaria, casi animal. No era maldad. No era sadismo.
Era la única manera que conocía de sentir paz.
Hasta que un día, fracturó el brazo de un compañero estando ya fuera de combate. No por accidente. No porque se le escapara la fuerza.
Sino porque, por un par de segundos, sintió de nuevo esa serenidad absoluta… y quiso prolongarla.
Lo expulsaron al instante.
Y desde entonces, Ryoma buscó esa misma calma donde fuera, como un adicto buscando la primera dosis:
En cada puerta rota, en cada alumno derrotado, en cada dojo pequeño que se interponía en su camino.
Aquella mañana, en el claro del bosque, había encontrado por fin un momento de silencio.
El sol descendía en rayos rectos. El bambú se mecía con un ritmo lento. La tierra olía a humedad y sudor seco.
Por un instante, muy breve, todo estuvo quieto.
Muy quieto.
Casi perfecto.
Hasta que un puñetazo de acero le partió el pecho.
El golpe sonó como un madero partiéndose.
El cuerpo de Ryoma se arqueó hacia atrás con brusquedad cuando los nudillos de acero se hundieron en su esternón. El aire le estalló en el pecho en un gruñido ronco, una exhalación forzada que levantó motas de polvo en el claro. La marca del Jarngréipr quedó impresa en la piel tensa y enrojecida, un rectángulo perfecto de dolor que aún vibraba cuando Enji ya había retrocedido.
Por un instante, apenas un parpadeo, el bosque pareció contener la respiración.
Los bambúes dejaron de murmurar.
El viento dejó de moverse.
Hasta la luz pareció detenerse en mitad del golpe.
Pero Ryoma no cayó, aún mareado y desorientado se acabó irguiendo.
Se tambaleó un paso atrás, hundió los talones en la tierra blanda, y dejó que la vibración del impacto recorriera su torso desnudo. El rostro se le descompuso en una mueca que mezclaba sorpresa, rabia y una sonrisa torcida, más animal que humana. Pasó un pulgar por la zona golpeada y escupió al suelo.
-Solo te responderé si me ganas... -murmuró, la voz grave, cargada de una excitación oscura- Marine...
El cuello crujió cuando lo giró hacia un lado. El sonido resonó entre los troncos como si alguien hubiese quebrado una rama seca. Sus pupilas se afilaron, una chispa de violencia pura encendida tras el impacto.
No era la mirada de alguien intimidado.
Era la mirada de alguien que llevaba demasiado tiempo esperando una excusa. El Martillo flexionó las rodillas, y la tierra bajo él respondió con un leve hundimiento. La tensión subió desde los pies a los hombros, piel a piel, músculo a músculo, como una ola ascendente. El cuerpo entero se le transformó en un resorte.
-¡VENGA! -rugió de repente, la voz explotando como un cañonazo.
La reacción llegó con la velocidad de un depredador.
Ryoma cargó hacia él sin dudar, sin medir, sin preguntar.
Un sprint brutal, directo, sin técnica, abriendo los brazos como si quisiera arrancar del aire todo lo que se interpusiera en su camino.
Las zancadas levantaron hojas, astillaron pequeños brotes de bambú, y dejaron marcas profundas en el barro húmedo.
Cerró la distancia en un suspiro.
El primer ataque del martillo, fue un puñetazo directo, buscando desequilibrar a Enji.
Tras el golpe, Ryoma se quedó en posición de combate esperando la respuesta de su rival.
El combate había comenzado de verdad.
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