21-11-2025, 01:07 PM
La aclaración de la muchacha acerca de que era una cazarrecompensas le pilló un poco por sorpresa. Sabía de sobra que aquella mujer no era una pirata, la forma en la que se comportaba y la manera que tenía de hablar no la delataban como uno de ellos, pero lo que sí que no se imaginaba es que pudiera ser una mercenaria—. Con que una cazadora… —sonrió levemente.
En cierto sentido, aunque pudiera considerarse delincuente si tenemos en cuenta que la mayoría de los cazadores hacían hasta lo imperdonable para entregar a los piratas, quitándose de en medio a cualquier civil o marine solo por cobrar las recompensas. Incluso muchas veces ganándose una recompensa ellos. En cierto sentido, estaba de su parte. A fin de cuentas, acabar con los piratas, ya fuera matándolos o entregándolos era una manera que también ayudaba a limpiar el mundo de la gente mala. Pero aquello de que “lo demás era un obstáculo”, no le daba demasiada confianza. Si lo que había pensado era cierto, no le importaría agredir a cualquiera con tal de atrapar a aquel delincuente en potencia… Y eso, en cierto modo, podía ser útil, pero no era lo correcto.
Aunque, por otro lado, aquello de que si se volvían piratas significaba que tenía más cabezas que cazar le alegró la noche. Tal y como él había dicho antes, ahora mismo eran niños, y estaba en su mano o en mano de servicios sociales el protegerlos, pero ya lo que hicieran de adultos y el camino que decidieran seguir era cosa suya, y deberían asumir las consecuencias.
Pronto llegaron al primer barco y la muchacha se le adelantó con un trote digno de su media raza yegua, aunque con una escandalera digna de la expresión “un caballo en una cacharrería”. Abrió la puerta y tras un leve grito de alguien en el interior, Akira bajó corriendo y se lo encontró tendido en el suelo y con la nariz medio sangrando. No le cabía duda de que aquella muchacha le había golpeado de alguna manera, ¡acababa de escucharlo gritar!
—¡Pero que haces! —susurró de manera brusca agarrando a aquel hombre para balancearlo por los hombros para que retomara la conciencia, acompañando el balanceo de alguna leve torta en la mejilla para que despertara—. De mala suerte nada, fíjate en todo lo que tiene, este hombre sabe a quién buscamos —recolocó al pobre hombre, sentándolo en la cama del camarote como pudo para que no se cayera y esperando que retomara la conciencia—. Y a ti, no se te ocurra golpear de nuevo a alguien sin saber quién es ni lo que ha hecho —señaló a la chica que se hacía llamar Gray—. Y tú, ya puedes decirnos a quién le has comprado toda esa mierda que tienes ahí en los cajones —esta vez le dirigió la palabra al hombre que estaba ya con los ojos abiertos y acojonado con la situación. Sabía que si hacía algo que no les gustaba se iba a llevar otro madrazo de la humink, así que rápidamente empezó a soltar cuerda.
—Le… Le hacen llamar “el golosinas”. No lo encontraréis en un barco, aunque todas las noches viene al puerto… Yo me reuní con él en una caseta roja de los astilleros… El gordo, bajito, de pelo blanco… Huele mucho a azúcar… —ya tenían algo de lo que tirar—. Pues muchas gracias buen hombre. Lo vamos a dejar estar, pero si avisas al “golosinas” ya puedes temer por tu vida. Y esto me lo llevo —cogió las drogas que tenía en los cajones y salió del barco en dirección a la única caseta roja que había en los astilleros, esperando que Gray le siguiera.
Una vez allí, y tal y como dijo el pobre hombre que se llevó una patada, el olor a azúcar era tan intenso que, hasta Akira, que tenía un olfato bastante malo podía diferenciarlo—. Pues el chico tenía razón… Sí que huele dulce, sí. A este te dejo golpearlo —le dijo a su compañera cuando de una patada abrió la puerta de la caseta tirándola abajo. Y ahí estaba el gordito. El “golosinas”. Buen apodo para alguien que ofrecía “dulces”.
En cierto sentido, aunque pudiera considerarse delincuente si tenemos en cuenta que la mayoría de los cazadores hacían hasta lo imperdonable para entregar a los piratas, quitándose de en medio a cualquier civil o marine solo por cobrar las recompensas. Incluso muchas veces ganándose una recompensa ellos. En cierto sentido, estaba de su parte. A fin de cuentas, acabar con los piratas, ya fuera matándolos o entregándolos era una manera que también ayudaba a limpiar el mundo de la gente mala. Pero aquello de que “lo demás era un obstáculo”, no le daba demasiada confianza. Si lo que había pensado era cierto, no le importaría agredir a cualquiera con tal de atrapar a aquel delincuente en potencia… Y eso, en cierto modo, podía ser útil, pero no era lo correcto.
Aunque, por otro lado, aquello de que si se volvían piratas significaba que tenía más cabezas que cazar le alegró la noche. Tal y como él había dicho antes, ahora mismo eran niños, y estaba en su mano o en mano de servicios sociales el protegerlos, pero ya lo que hicieran de adultos y el camino que decidieran seguir era cosa suya, y deberían asumir las consecuencias.
Pronto llegaron al primer barco y la muchacha se le adelantó con un trote digno de su media raza yegua, aunque con una escandalera digna de la expresión “un caballo en una cacharrería”. Abrió la puerta y tras un leve grito de alguien en el interior, Akira bajó corriendo y se lo encontró tendido en el suelo y con la nariz medio sangrando. No le cabía duda de que aquella muchacha le había golpeado de alguna manera, ¡acababa de escucharlo gritar!
—¡Pero que haces! —susurró de manera brusca agarrando a aquel hombre para balancearlo por los hombros para que retomara la conciencia, acompañando el balanceo de alguna leve torta en la mejilla para que despertara—. De mala suerte nada, fíjate en todo lo que tiene, este hombre sabe a quién buscamos —recolocó al pobre hombre, sentándolo en la cama del camarote como pudo para que no se cayera y esperando que retomara la conciencia—. Y a ti, no se te ocurra golpear de nuevo a alguien sin saber quién es ni lo que ha hecho —señaló a la chica que se hacía llamar Gray—. Y tú, ya puedes decirnos a quién le has comprado toda esa mierda que tienes ahí en los cajones —esta vez le dirigió la palabra al hombre que estaba ya con los ojos abiertos y acojonado con la situación. Sabía que si hacía algo que no les gustaba se iba a llevar otro madrazo de la humink, así que rápidamente empezó a soltar cuerda.
—Le… Le hacen llamar “el golosinas”. No lo encontraréis en un barco, aunque todas las noches viene al puerto… Yo me reuní con él en una caseta roja de los astilleros… El gordo, bajito, de pelo blanco… Huele mucho a azúcar… —ya tenían algo de lo que tirar—. Pues muchas gracias buen hombre. Lo vamos a dejar estar, pero si avisas al “golosinas” ya puedes temer por tu vida. Y esto me lo llevo —cogió las drogas que tenía en los cajones y salió del barco en dirección a la única caseta roja que había en los astilleros, esperando que Gray le siguiera.
Una vez allí, y tal y como dijo el pobre hombre que se llevó una patada, el olor a azúcar era tan intenso que, hasta Akira, que tenía un olfato bastante malo podía diferenciarlo—. Pues el chico tenía razón… Sí que huele dulce, sí. A este te dejo golpearlo —le dijo a su compañera cuando de una patada abrió la puerta de la caseta tirándola abajo. Y ahí estaba el gordito. El “golosinas”. Buen apodo para alguien que ofrecía “dulces”.

