22-11-2025, 12:54 AM
El gyojin esbozó algo medio parecido a una sonrisa ante la oferta de Iggy. Bajo sus pétreos y caídos mofletes, y sobre las hundidas comisuras de sus enormes labios, centenares de afilados dientes se volvieron visibles por un brevísimo instante. Pareció aprobar el entusiasmo del pelimorado. "No lo creo," se limitó a decir, "pero tal vez tenga trabajo para ti más adelante."
Mientras, con una tranquilidad pasmosa, Iggy se sentaba sobre la barra, el Berryelder comenzaba a bullir de nuevo. La actividad, que parecía haberse paralizado desde la llegada del enorme gyojin, empezaba a reanudarse, aunque de una forma algo distinta, sin la alegría y el sosegado distendimiento de antes. Por aquí y allá volaban las acusaciones, los insultos, las sospechas. El enorme gyojin, que parecía ser el jefe de aquel particular cotarro, se sentó con pesadez sobre un mullido sillón verde cercano a la barra. "Pero señorita Go...", murmuró con nerviosismo un hombre de bigote larguísimo, acercándose, tal vez demasiado, a la mujer de pelo azul. Con un movimiento firme, pero cortés y sin llegar a mostrar hostilidad, ella lo sujetó de los hombros. "No es momento, Rigar," aseguró ella, como reconfortándolo, animándolo. Le ajustó las solapas en un gesto sorprendentemente maternal, y le palpó los bolsillos de la chaqueta con disimulo. "No te pongas nervioso, cuando se aclare esto todos os podréis ir," aseguró. "Que os jodan," dijo Retz, casi escupiendo, dirigiéndose a la muchedumbre. La multitud se empezaba a dividir en varios grupos, presumiblemente, correspondientes a distintos grupos criminales y alianzas entre los mismos. La confianza que solía reinar en aquel local se había resquebrajado, y, como resultado, cada cual se refugiaba con los suyos. Como cada vez que el gyojin daba una calada, el local se llenó de una espesa cortina de humo de puro. Con la maña de quien lo ha hecho un millón de veces, Iggy colocó la guitarra sobre su regazo, y sus dedos empezaron a correr con familiaridad por aquellos trastes que conocían tan bien. El tontatta crupier, para su sorpresa, saltó sobre la barra y se sentó a su lado, quitándose el sombrero y escuchando la música con atención.
Antes de que todo se fuera de madre, el enorme gyojin no tuvo más que hacer un gesto con la mano, ante lo cual se volvió a hacer el silencio. Solo el humo del puro, grueso como el brazo de un niño, y el punteo de Iggy adornaban el caldeado ambiente del Berryelder. "Todo el mundo, sin excepción, será registrado por las señoritas Belseth," se limitó a afirmar, haciendo un lento ademán con la cabeza hacia las guardias que cuidaban de la puerta. "Poneos cómodos y dejad que hagan su trabajo." Todos los presentes sabían que no era necesario que las guardianas Belseth estuviesen en su puesto, estacionadas junto a la puerta; si alguien intentaba salir de allí, por rápido que fuera, ellas lo serían más, incluso desde el otro extremo del bar. Más que ellas, de hecho, sus sables. Tras suspirar, exasperada ante la situación, la mujer de pelo azul abrió su bolso y, tras rebuscar un poco, sacó un pequeño pintalabios, aprovechando para retocarse con delicadeza reflejándose, a modo de espejo, sobre una de las copas de la mesa. "¿Y quién se queda el corazón, Big Bosco?," inquirió Retz, dando unos pasos hacia el sillón donde reposaba el gyojin. Las guardias, las tales Belseth, empezaban ya a registrar a algunos de los clientes alrededor de las mesas del fondo. El gyojin negó con la cabeza en un ademán sutil. "El Corazón se lo quedará su legítimo propietario, el Sindicato Bossa Nova, claro," afirmó con sequedad. "¿O es que no pensabas entregárselo a tus jefes cuando lo tuvieses?," preguntó el gyojin de forma punzante. Big Bosco, que así se llamaba, parecía conocer bien a los parroquianos. Cuando uno tenía un lugar como el Berryelder, era una parte fundamental del negocio. Retz pareció entender que no podía salir de esa sin decir algo; Bosco no era el tipo de persona cuyas preguntas uno pudiese simplemente dejar sin responder. "Claro que iba a entregárselo," afirmó Retz, arremangándose correctamente las mangas de la camisa y encendiéndose un pitillo. "Sabes que yo no lo quiero para nada." Big Bosco no respondió, ni dio acuse de recibo, simplemente continuó dando caladas a su puro. Al cabo de unos segundos, perplejo, Retz se acercó a uno de los varios grupos que se habían formado. Iggy vio cómo se ponía a hablar acaloradamente con el hombre de las patillas y el traje verde.
Le llegó el turno al sudoroso tipo del traje blanco, que no dudó en girar todos los bolsillos de su traje y dejarse registrar. En su labor, las guardianas Belseth no parecían andarse con chiquitas. Iggy vio cómo agarraban a un tipo por los tobillos y lo sacudían, de forma que cayese al suelo cuanto tuviese en los bolsillos. A otro, directamente, lo sujetaron, inmovilizándolo para que no pudiese resistirse al cacheo. Eran un espectáculo de fría eficiencia. Repentinamente, la mujer de pelo azul colocó su copa en la barra, a escasa distancia de Iggy, y le hizo un ademán con la cabeza. "Sabes que esos de ahí quieren tu cabeza, ¿no?," dijo, echando una mirada a uno de los grupos, en que se encontraba el tipo del bigote. "Si no fuera por Bosco, algo me dice que estaríamos en una situación New Piano, aunque no sé si esta vez tendrías tanta suerte," afirmó, sonriendo. El camarero hizo una inclinación de cabeza ante la mujer. "No tiente a la suerte, señorita Goltz, haga el favor," bromeó. "¿Qué canción era esa?," preguntó la mujer, contemplando la guitarra de Iggy.
Repentinamente, se oyó un murmullo. "¡Aquí está!," gritaron varias voces. "¡Lo tenía él, Big Bosco!". Un enorme círculo se abrió entre la muchedumbre. En su centro quedaron las dos pétreas guardianas, cada una sujetando por un hombro a una única persona: el hombre del bigote largo, a quien la mujer de pelo azul había consolado minutos atrás. Se oyeron gritos ahogados, reprimendas y alguna copa rompiéndose entre dedos tensos. La mujer de pelo azul, la tal Goltz, apretó los labios, que formaron una delgada línea. Frente al sospechoso, una hermosa gema de color rosáceo yacía en el oscuro suelo de madera.
Cientos de susurros empezaron a correr por la multitud, que, lejos de dispersarse, empezaba a mezclarse nuevamente. El grupo con el que el tipo del bigote se había juntado, sin embargo, quedó al margen. Big Bosco se levantó con monstruosa pesadez del sillón, que crujió dolorosamente. Todo el mundo volvió a detenerse y enmudecer. "Nadie toca el Corazón," sentenció lacónicamente. Caminó con lentitud y seguridad hasta el lugar, contemplando al ladrón. Las guardianas lo seguían sujetando con fuerza, imposibilitando cualquier movimiento. El tipo contenía sus lágrimas, pero el color de su piel, que se había vuelto pálida como la cera, lo delataba. Big Bosco tomó la gema en su enorme mano y la observó detenidamente. "Déjame que me lo cargue, Bosco," exigió inmediatamente Retz, tirando la colilla al suelo y pisoteándola con rabia, pero sin atreverse a acercarse al ladrón sin recibir permiso explícito antes. Big Bosco cerró el puño, sujetando la gema, y acercó su monstruosa cabeza al tipo del bigote. Era difícil acertar a adivinar una expresión en aquella mole de textura pétrea, pero se pudo oler cómo olisqueaba, como intentando encontrar un aroma particular en el ambiente. "Sí, tienes el olor de un ladrón," afirmó entre centenares de dientes como agujas. "Hueles a ladrón."
Mientras, con una tranquilidad pasmosa, Iggy se sentaba sobre la barra, el Berryelder comenzaba a bullir de nuevo. La actividad, que parecía haberse paralizado desde la llegada del enorme gyojin, empezaba a reanudarse, aunque de una forma algo distinta, sin la alegría y el sosegado distendimiento de antes. Por aquí y allá volaban las acusaciones, los insultos, las sospechas. El enorme gyojin, que parecía ser el jefe de aquel particular cotarro, se sentó con pesadez sobre un mullido sillón verde cercano a la barra. "Pero señorita Go...", murmuró con nerviosismo un hombre de bigote larguísimo, acercándose, tal vez demasiado, a la mujer de pelo azul. Con un movimiento firme, pero cortés y sin llegar a mostrar hostilidad, ella lo sujetó de los hombros. "No es momento, Rigar," aseguró ella, como reconfortándolo, animándolo. Le ajustó las solapas en un gesto sorprendentemente maternal, y le palpó los bolsillos de la chaqueta con disimulo. "No te pongas nervioso, cuando se aclare esto todos os podréis ir," aseguró. "Que os jodan," dijo Retz, casi escupiendo, dirigiéndose a la muchedumbre. La multitud se empezaba a dividir en varios grupos, presumiblemente, correspondientes a distintos grupos criminales y alianzas entre los mismos. La confianza que solía reinar en aquel local se había resquebrajado, y, como resultado, cada cual se refugiaba con los suyos. Como cada vez que el gyojin daba una calada, el local se llenó de una espesa cortina de humo de puro. Con la maña de quien lo ha hecho un millón de veces, Iggy colocó la guitarra sobre su regazo, y sus dedos empezaron a correr con familiaridad por aquellos trastes que conocían tan bien. El tontatta crupier, para su sorpresa, saltó sobre la barra y se sentó a su lado, quitándose el sombrero y escuchando la música con atención.
Antes de que todo se fuera de madre, el enorme gyojin no tuvo más que hacer un gesto con la mano, ante lo cual se volvió a hacer el silencio. Solo el humo del puro, grueso como el brazo de un niño, y el punteo de Iggy adornaban el caldeado ambiente del Berryelder. "Todo el mundo, sin excepción, será registrado por las señoritas Belseth," se limitó a afirmar, haciendo un lento ademán con la cabeza hacia las guardias que cuidaban de la puerta. "Poneos cómodos y dejad que hagan su trabajo." Todos los presentes sabían que no era necesario que las guardianas Belseth estuviesen en su puesto, estacionadas junto a la puerta; si alguien intentaba salir de allí, por rápido que fuera, ellas lo serían más, incluso desde el otro extremo del bar. Más que ellas, de hecho, sus sables. Tras suspirar, exasperada ante la situación, la mujer de pelo azul abrió su bolso y, tras rebuscar un poco, sacó un pequeño pintalabios, aprovechando para retocarse con delicadeza reflejándose, a modo de espejo, sobre una de las copas de la mesa. "¿Y quién se queda el corazón, Big Bosco?," inquirió Retz, dando unos pasos hacia el sillón donde reposaba el gyojin. Las guardias, las tales Belseth, empezaban ya a registrar a algunos de los clientes alrededor de las mesas del fondo. El gyojin negó con la cabeza en un ademán sutil. "El Corazón se lo quedará su legítimo propietario, el Sindicato Bossa Nova, claro," afirmó con sequedad. "¿O es que no pensabas entregárselo a tus jefes cuando lo tuvieses?," preguntó el gyojin de forma punzante. Big Bosco, que así se llamaba, parecía conocer bien a los parroquianos. Cuando uno tenía un lugar como el Berryelder, era una parte fundamental del negocio. Retz pareció entender que no podía salir de esa sin decir algo; Bosco no era el tipo de persona cuyas preguntas uno pudiese simplemente dejar sin responder. "Claro que iba a entregárselo," afirmó Retz, arremangándose correctamente las mangas de la camisa y encendiéndose un pitillo. "Sabes que yo no lo quiero para nada." Big Bosco no respondió, ni dio acuse de recibo, simplemente continuó dando caladas a su puro. Al cabo de unos segundos, perplejo, Retz se acercó a uno de los varios grupos que se habían formado. Iggy vio cómo se ponía a hablar acaloradamente con el hombre de las patillas y el traje verde.
Le llegó el turno al sudoroso tipo del traje blanco, que no dudó en girar todos los bolsillos de su traje y dejarse registrar. En su labor, las guardianas Belseth no parecían andarse con chiquitas. Iggy vio cómo agarraban a un tipo por los tobillos y lo sacudían, de forma que cayese al suelo cuanto tuviese en los bolsillos. A otro, directamente, lo sujetaron, inmovilizándolo para que no pudiese resistirse al cacheo. Eran un espectáculo de fría eficiencia. Repentinamente, la mujer de pelo azul colocó su copa en la barra, a escasa distancia de Iggy, y le hizo un ademán con la cabeza. "Sabes que esos de ahí quieren tu cabeza, ¿no?," dijo, echando una mirada a uno de los grupos, en que se encontraba el tipo del bigote. "Si no fuera por Bosco, algo me dice que estaríamos en una situación New Piano, aunque no sé si esta vez tendrías tanta suerte," afirmó, sonriendo. El camarero hizo una inclinación de cabeza ante la mujer. "No tiente a la suerte, señorita Goltz, haga el favor," bromeó. "¿Qué canción era esa?," preguntó la mujer, contemplando la guitarra de Iggy.
Repentinamente, se oyó un murmullo. "¡Aquí está!," gritaron varias voces. "¡Lo tenía él, Big Bosco!". Un enorme círculo se abrió entre la muchedumbre. En su centro quedaron las dos pétreas guardianas, cada una sujetando por un hombro a una única persona: el hombre del bigote largo, a quien la mujer de pelo azul había consolado minutos atrás. Se oyeron gritos ahogados, reprimendas y alguna copa rompiéndose entre dedos tensos. La mujer de pelo azul, la tal Goltz, apretó los labios, que formaron una delgada línea. Frente al sospechoso, una hermosa gema de color rosáceo yacía en el oscuro suelo de madera.
Cientos de susurros empezaron a correr por la multitud, que, lejos de dispersarse, empezaba a mezclarse nuevamente. El grupo con el que el tipo del bigote se había juntado, sin embargo, quedó al margen. Big Bosco se levantó con monstruosa pesadez del sillón, que crujió dolorosamente. Todo el mundo volvió a detenerse y enmudecer. "Nadie toca el Corazón," sentenció lacónicamente. Caminó con lentitud y seguridad hasta el lugar, contemplando al ladrón. Las guardianas lo seguían sujetando con fuerza, imposibilitando cualquier movimiento. El tipo contenía sus lágrimas, pero el color de su piel, que se había vuelto pálida como la cera, lo delataba. Big Bosco tomó la gema en su enorme mano y la observó detenidamente. "Déjame que me lo cargue, Bosco," exigió inmediatamente Retz, tirando la colilla al suelo y pisoteándola con rabia, pero sin atreverse a acercarse al ladrón sin recibir permiso explícito antes. Big Bosco cerró el puño, sujetando la gema, y acercó su monstruosa cabeza al tipo del bigote. Era difícil acertar a adivinar una expresión en aquella mole de textura pétrea, pero se pudo oler cómo olisqueaba, como intentando encontrar un aroma particular en el ambiente. "Sí, tienes el olor de un ladrón," afirmó entre centenares de dientes como agujas. "Hueles a ladrón."
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