22-11-2025, 04:46 PM
25 de otoño, año 16
La habitación de la posada era igual que un cajón de madera vieja. Un ataúd que respiraba igual que un pulmón vivo, crujiendo sin cuidado en cuanto se expandía y silbando como un respiro al contraerse.
Pero lo peor no era cuando se quejaba, sino cuando la humedad era alta y las paredes, apenas unidas por clavos oxidados, dejaban filtrar hilos de aire frío que se colaban como susurros indeseados.
Ese era su cuarto.
El mismo del que no había salido durante casi todo el día cuando, tras recopilar grandes cantidades de información sobre el clima, había decidido encerrarse junto a una brillante lámpara de aceite que, temblorosa y obstinada, proyectaba sombras irregulares que trepaban por el techo inclinado, como si intentaran escapar de aquel encierro.
Se estaba haciendo tarde.
Las estrellas brillaban en medio de la bóveda celestial; la luna, alta y gibosa, derramaba su luz pálida sobre la isla. Y, aun así, apenas llegaba claridad a aquella parte del reino donde las casas, apretadas unas contra otras como si temieran el frío de la noche, se alzaban formando una muralla irregular que devoraba cualquier resplandor.
Suerte tenían algunos si los hilos plateados de la luna lograban filtrarse entre los techos superpuestos y los callejones estrechos, deslizándose hasta la ventana de su hogar.
Y ese no era su caso.
Pues Bai, sentada ante una mesa coja —cuyo cuarto pie había sido reemplazado por un grueso tomo de filosofía que llevaba meses sin abrir debido al idioma de este—, con la tímida insistencia de un visitante que no quiere molestar, inclinaba la cabeza sobre sus notas.
A su lado, un montón de libros formaba una torre. Casi todos relacionados con datos climáticos y mapas topográficos; algunos sobre fauna, otros sobre flora y, unos pocos, manuales incompletos de cómo adentrarse en la selva escritos con tinta vencida.
Bai cabeceó.
Dos medias lunas moradas decoraban su rostro acariciado por el sol, denotando cansancio. A su vez, la pluma con la que escribía, gastada, avanzó con un rasgueo áspero en cuanto su mano se desvió por el sueño.
—Mierda —gimoteó al darse cuenta de lo que había hecho.
Luego rió.
Le costaba trabajo escribir, de hecho, luchaba constantemente contra el papel de mala calidad que la posadera vendía a precio de lujo. Y, en cambio, con ese único movimiento, lo había manchado.
Sus ojos hundidos por las noches insomnes siguieron los trazos con una paciencia casi religiosa en busca de una solución. No la había. Estaba manchado y no podría hacer más.
Se llevó los dedos índice y gordo al puente de la nariz que, a continuación, masajeó.
El viento hizo vibrar las tablas de la ventana y las cubiertas se agitaron.
Con languidez dejó la pluma sobre el tintero y se levantó para ir hasta un pequeño brasero que la posadera le había dado. Uno diminuto usado única y exclusivamente para quitar la humedad del río. No sabía usarlo, esa era la verdad, pero poco necesitaba aprender a hacerlo. Solo debía buscar los recovecos y analizarlo bien.
