23-11-2025, 05:14 AM
Aún así me veía hermoso frente al espejo; Necesitaría una larga noche de sueño para poder recuperarme, salir un rato, explorar y por supuesto; comprar nueva ropa ya que el maldito oso le había hecho un gran rasguño a mi camisa.
Nos habíamos dispersado, por supuesto, no tan lejos ya que la ciudad era ligeramente… pequeña. Necesitaba un baño, igual, y cremas y acondicionador y muchas otras cosas. Por suerte había cargado algunos aditamentos.
Decidí darme una ducha, quitándome la ropa y usando el espejo para mirar la herida que seguía allí: roja, con algunos rastros de sangre seca y tierra. Tenía ese aspecto incómodo entre “no es grave” y “si la ignoro me va a reclamar después”. La limpié con cuidado, sintiendo el ardor recorrerme el costado y soltando uno que otro quejido que se perdía con el golpeteo del agua contra el azulejo. A este punto no me preocupaba demasiado; honestamente, nunca me quedaban cicatrices en el cuerpo, así que podía relajarme… al menos en teoría. Aun así, verla de cerca siempre despertaba esa punzada de incomodidad que prefería ignorar.
No me daba mucha confianza dejar mi ropa y pertenencias con una persona desconocida. La anciana no parecía ser mala, incluso tenía ese aire de abuela estricta pero amable que en otros tiempos me habría generado ternura. Pero yo no era tan ingenuo. Prefería no confiar tanto, mantener siempre un margen, una precaución. Y, obviamente, mi colgante no estaba a discusión. Eso iba conmigo. Aunque todo lo demás pudiera extraviarse, ensuciarse o cambiar de dueño por algún descuido, ese pequeño objeto tenía un valor que no estaba dispuesto a negociar ni por cortesía, ni por hospitalidad, ni por nada.
Entré en el onsen y cerré los ojos; en definitiva, esto era más de mi estilo. El suave murmullo del agua caliente envolvía mis oídos y el vapor me abrazaba como si quisiera convencerme de que nunca más saliera de ahí. Me relajé, tal vez de más. Sentía cómo cada músculo se aflojaba, cómo la tensión que cargaba desde hacía horas se disolvía entre las ondas del agua.
Poco a poco, mi respiración se volvió pesada y lenta, y mi cabeza cayó hacia atrás sin que me diera cuenta. Comenzaba a sentir que me quedaba dormido, casi como si el onsen mismo me estuviera arrullando. Un parpadeo más, otro… y mis pensamientos empezaron a desvanecerse, arrastrados por el calor, por la calma y por la deliciosa sensación de no tener que preocuparme por nada en ese instante, en ese entonces una voz femenina me despertó… ah, la arquera bonita. — A la próxima iré a un maldito festival en una ciudad… — Mascullé antes de hundir hasta el mentón en el agua. — Hiciste bien en escucharme ¿me entiendes? Sigue así y llegarás muy lejos. —
Nos habíamos dispersado, por supuesto, no tan lejos ya que la ciudad era ligeramente… pequeña. Necesitaba un baño, igual, y cremas y acondicionador y muchas otras cosas. Por suerte había cargado algunos aditamentos.
Decidí darme una ducha, quitándome la ropa y usando el espejo para mirar la herida que seguía allí: roja, con algunos rastros de sangre seca y tierra. Tenía ese aspecto incómodo entre “no es grave” y “si la ignoro me va a reclamar después”. La limpié con cuidado, sintiendo el ardor recorrerme el costado y soltando uno que otro quejido que se perdía con el golpeteo del agua contra el azulejo. A este punto no me preocupaba demasiado; honestamente, nunca me quedaban cicatrices en el cuerpo, así que podía relajarme… al menos en teoría. Aun así, verla de cerca siempre despertaba esa punzada de incomodidad que prefería ignorar.
No me daba mucha confianza dejar mi ropa y pertenencias con una persona desconocida. La anciana no parecía ser mala, incluso tenía ese aire de abuela estricta pero amable que en otros tiempos me habría generado ternura. Pero yo no era tan ingenuo. Prefería no confiar tanto, mantener siempre un margen, una precaución. Y, obviamente, mi colgante no estaba a discusión. Eso iba conmigo. Aunque todo lo demás pudiera extraviarse, ensuciarse o cambiar de dueño por algún descuido, ese pequeño objeto tenía un valor que no estaba dispuesto a negociar ni por cortesía, ni por hospitalidad, ni por nada.
Entré en el onsen y cerré los ojos; en definitiva, esto era más de mi estilo. El suave murmullo del agua caliente envolvía mis oídos y el vapor me abrazaba como si quisiera convencerme de que nunca más saliera de ahí. Me relajé, tal vez de más. Sentía cómo cada músculo se aflojaba, cómo la tensión que cargaba desde hacía horas se disolvía entre las ondas del agua.
Poco a poco, mi respiración se volvió pesada y lenta, y mi cabeza cayó hacia atrás sin que me diera cuenta. Comenzaba a sentir que me quedaba dormido, casi como si el onsen mismo me estuviera arrullando. Un parpadeo más, otro… y mis pensamientos empezaron a desvanecerse, arrastrados por el calor, por la calma y por la deliciosa sensación de no tener que preocuparme por nada en ese instante, en ese entonces una voz femenina me despertó… ah, la arquera bonita. — A la próxima iré a un maldito festival en una ciudad… — Mascullé antes de hundir hasta el mentón en el agua. — Hiciste bien en escucharme ¿me entiendes? Sigue así y llegarás muy lejos. —

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