23-11-2025, 01:46 PM
El reloj parlante, las sombras inclinándose, ese maldito brillo blanco moviéndose donde no debía… Todo ello debería haberme divertido. Pero esa palabra... “Lenta".
Ese tono. Esa voz irritante, quebró mi sonrisa.
- ¿Cómo has dicho? -susurré, y la selva pareció tensarse con mi voz-.
De entre los árboles, el conejito parloteó su provocación como si fuera una criatura con derecho a existir.
- Cógeme si puedes, lenta -resonó el eco profundamente-.
Mi ceja tembló, noté como se hinchaba la vena de mi frente y un calor comenzaba a recorrer mi cuerpo...
- ¿Lenta? -repetí más alto, cómo si no pudiera creerlo- ¿LENTA?
El aire alrededor de mi mejilla vibró cuando lancé el primer corte, un tajo rápido, invisible, dirigido a la nada solo para descargar el impulso asesino que me rugía por dentro. La hoja de mi arma dejó una estela brillante en la luz distorsionada.
- ¡Voy a arrancarte esas orejas y a usarlas de adorno en mis botas, maldito roedor inflado de aire y estupidez! -escupí, lanzandome ya hacia él-.
Di otro tajo al aire. Otro más. Cortes limpios, perfectos diría, demasiado cerca de troncos que se doblaron solo un poquito para esquivarlos. O eso parecía. O tal vez era la seta. Daba igual.
- ¿Lenta yo? ¡VEN AQUÍ! ¡Voy ha hacerte suplicar que te mate! ¡Pienso desollarte, destriparte mientras aun respiras y luego arrancarte esas patitas tan monas...! -rugí con una carcajada que se me escapó casi sin permiso, tensa de irritación y furia-.
<< A pesar de que solo suelo disfrutar con la tortura si son personas, ya que los animales no gritan suplicándome de forma deliciosa que los "MATE YA". Hoy, ahora, este Conejito, quizá por las setas, quién sabe... acaba de conseguir que la prioridad número uno en mi existencia, sea ARREBATÁRSELO TODO. Quiero deleitarme en su sufrimiento hasta que se apague toda luz en su asquerosa mirada, hacerle desear el no haber aprendido a hablar jamás. Aunque... ¿desde cuándo pueden hacer eso? >>
El sendero se abría ante mí. Un pasillo de luces ondulantes, por las que el conejito se deslizaba, fanfarrón, burlesco, demasiado blanco para seguir existiendo. La selva respiraba en mis oídos, el pulso de la droga marcando un ritmo que hacía vibrar la sangre.
- ¡CORRE! -grité detrás del conejo, entrando en el sendero como quien entra en una arena de espectáculo-. ¡CORRE TODO LO QUE PUEDAS!
Mi risa rebotó contra los troncos, afilada, temblorosa, hambrienta.
Y así, con la hoja ya alzada y la sangre hirviendo, me lancé tras él sin mirar atrás.
Ese tono. Esa voz irritante, quebró mi sonrisa.
- ¿Cómo has dicho? -susurré, y la selva pareció tensarse con mi voz-.
De entre los árboles, el conejito parloteó su provocación como si fuera una criatura con derecho a existir.
- Cógeme si puedes, lenta -resonó el eco profundamente-.
Mi ceja tembló, noté como se hinchaba la vena de mi frente y un calor comenzaba a recorrer mi cuerpo...
- ¿Lenta? -repetí más alto, cómo si no pudiera creerlo- ¿LENTA?
El aire alrededor de mi mejilla vibró cuando lancé el primer corte, un tajo rápido, invisible, dirigido a la nada solo para descargar el impulso asesino que me rugía por dentro. La hoja de mi arma dejó una estela brillante en la luz distorsionada.
- ¡Voy a arrancarte esas orejas y a usarlas de adorno en mis botas, maldito roedor inflado de aire y estupidez! -escupí, lanzandome ya hacia él-.
Di otro tajo al aire. Otro más. Cortes limpios, perfectos diría, demasiado cerca de troncos que se doblaron solo un poquito para esquivarlos. O eso parecía. O tal vez era la seta. Daba igual.
- ¿Lenta yo? ¡VEN AQUÍ! ¡Voy ha hacerte suplicar que te mate! ¡Pienso desollarte, destriparte mientras aun respiras y luego arrancarte esas patitas tan monas...! -rugí con una carcajada que se me escapó casi sin permiso, tensa de irritación y furia-.
<< A pesar de que solo suelo disfrutar con la tortura si son personas, ya que los animales no gritan suplicándome de forma deliciosa que los "MATE YA". Hoy, ahora, este Conejito, quizá por las setas, quién sabe... acaba de conseguir que la prioridad número uno en mi existencia, sea ARREBATÁRSELO TODO. Quiero deleitarme en su sufrimiento hasta que se apague toda luz en su asquerosa mirada, hacerle desear el no haber aprendido a hablar jamás. Aunque... ¿desde cuándo pueden hacer eso? >>
El sendero se abría ante mí. Un pasillo de luces ondulantes, por las que el conejito se deslizaba, fanfarrón, burlesco, demasiado blanco para seguir existiendo. La selva respiraba en mis oídos, el pulso de la droga marcando un ritmo que hacía vibrar la sangre.
- ¡CORRE! -grité detrás del conejo, entrando en el sendero como quien entra en una arena de espectáculo-. ¡CORRE TODO LO QUE PUEDAS!
Mi risa rebotó contra los troncos, afilada, temblorosa, hambrienta.
Y así, con la hoja ya alzada y la sangre hirviendo, me lancé tras él sin mirar atrás.
