23-11-2025, 05:52 PM
La selva recibió el estallido de furia de Lelith como si lo estuviera esperando desde hacía horas, respondiendo con un viento fuerte, como si cada tronco sintiera la vibración y la devolviera de nuevo al aire. Las luces del sendero distorsionado parpadearon en un ritmo burlón, casi acompasado con la respiración acelerada de la muchacha, y acelerado por la sustancia que había consumido.
Y entonces el conejo, con su silueta nívea, demasiado brillante y demasiado insolente, se detuvo un instante a unos metros por delante. Había conseguido sacarle ventaja en su huida, suficiente para tomarse unos segundos para recrearse en ella.
Giró la cabeza lentamente hacia ella, como buscándola con la mirada. Sus orejas se movieron con un tembleque irritante, burlón, mientras una sonrisa se dibujaba en sus pequeños labios, asomando sus dientecitos con gracia.
Su voz surgió de nuevo, chillona, aguda, como una cuchilla oxidada rascando metal.
-¿Eso es correr? Pensé que querías atraparme, leeeeenta... -Canturreó, estirando la última palabra hasta volverla insoportable. -Qué lenta. Lenta. LEEEENTA. -El eco repitió la palabra, fragmentándola y haciendo que envolviera a la asesina.
Entonces, el conejo se incorporó sobre sus patas traseras por un instante, inflando el pecho con una arrogancia absurda para una criatura de su tamaño. Una de sus patitas delanteras hizo un gesto que solo podía interpretarse de una manera: Ven y cógeme, si puedes.
Luego, volvió a caer a cuatro patas y se inclinó hacia adelante, preparándose para huir de nuevo.
-Mira, te enseñaré cómo se hace. -Dijo con un brillito cruel en los ojos. -Así es como corre alguien realmente rápido. -Y, tras decir aquello, desapareció.
No corrió, sino que saltó, y su salto quebró la lógica del espacio. Su figura blanca se duplicó, luego se triplicó, generando rastros luminosos que serpenteaban entre los árboles como líneas de tiza dibujadas con violencia, brotando de cada salto nuevo que pegaba aquel grácil animal. Cada copia dejaba escapar una risa distinta.
-¡Más ráaaapidoooo!
-¡Vamos, leeeeenta!
-¿Sigues ahí atrás? ¡Qué penaaaa!
Podía ser alguien tremendamente molesto, pero era igualmente rápido. No sería fácil agarrarle, aunque el conejito sabía que, si ella lo lograba, pagaría caras esas osadías. Por eso no pensaba vender barata su piel.
-¡Jamás me cogerás! -Gritaba mientras continuaba huyendo, mirando cada pocos segundos hacia atrás para cerciorarse de que la presa de sus burlas seguía recibiéndolas en la distancia, hasta que, tras un último giro, su destino quedó sellado en un choque. Golpeó de bruces un enorme muro, un pequeño acantilado que bloqueaba su huida.
Finalmente, nuestra querida pelirroja tenía una oportunidad.
Y entonces el conejo, con su silueta nívea, demasiado brillante y demasiado insolente, se detuvo un instante a unos metros por delante. Había conseguido sacarle ventaja en su huida, suficiente para tomarse unos segundos para recrearse en ella.
Giró la cabeza lentamente hacia ella, como buscándola con la mirada. Sus orejas se movieron con un tembleque irritante, burlón, mientras una sonrisa se dibujaba en sus pequeños labios, asomando sus dientecitos con gracia.
Su voz surgió de nuevo, chillona, aguda, como una cuchilla oxidada rascando metal.
-¿Eso es correr? Pensé que querías atraparme, leeeeenta... -Canturreó, estirando la última palabra hasta volverla insoportable. -Qué lenta. Lenta. LEEEENTA. -El eco repitió la palabra, fragmentándola y haciendo que envolviera a la asesina.
Entonces, el conejo se incorporó sobre sus patas traseras por un instante, inflando el pecho con una arrogancia absurda para una criatura de su tamaño. Una de sus patitas delanteras hizo un gesto que solo podía interpretarse de una manera: Ven y cógeme, si puedes.
Luego, volvió a caer a cuatro patas y se inclinó hacia adelante, preparándose para huir de nuevo.
-Mira, te enseñaré cómo se hace. -Dijo con un brillito cruel en los ojos. -Así es como corre alguien realmente rápido. -Y, tras decir aquello, desapareció.
No corrió, sino que saltó, y su salto quebró la lógica del espacio. Su figura blanca se duplicó, luego se triplicó, generando rastros luminosos que serpenteaban entre los árboles como líneas de tiza dibujadas con violencia, brotando de cada salto nuevo que pegaba aquel grácil animal. Cada copia dejaba escapar una risa distinta.
-¡Más ráaaapidoooo!
-¡Vamos, leeeeenta!
-¿Sigues ahí atrás? ¡Qué penaaaa!
Podía ser alguien tremendamente molesto, pero era igualmente rápido. No sería fácil agarrarle, aunque el conejito sabía que, si ella lo lograba, pagaría caras esas osadías. Por eso no pensaba vender barata su piel.
-¡Jamás me cogerás! -Gritaba mientras continuaba huyendo, mirando cada pocos segundos hacia atrás para cerciorarse de que la presa de sus burlas seguía recibiéndolas en la distancia, hasta que, tras un último giro, su destino quedó sellado en un choque. Golpeó de bruces un enorme muro, un pequeño acantilado que bloqueaba su huida.
Finalmente, nuestra querida pelirroja tenía una oportunidad.
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