23-11-2025, 10:54 PM
Los caóticos espasmos se detuvieron y Enji, como un tronco hueco, se inclinó y luego se hundió en el agua. Juntando brazos y piernas al torso, formó una bola, dio una vuelta completa bajo la superficie y luego, con un abrupto despliegue de sus extremidades, emergió con fuerza.
—¡PWAH! Viejo, no empecemos a hablar de nuestras vidas. —Enji puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos. El agua corría fuera de su nariz y oídos como cataratas—. Puestos a comparar tragedias, tengo para hablar toooodo el santo día. Primero las carpas, después las charlas, va.
El tiempo apremiaba y su orgullo también. Era así cuando algo se le metía en la cabeza, como un toro que ve rojo y avanza recto, empujando fuera del camino todo lo que se le atraviese. El águila, en particular, estaba tocándole los huevos, sumergiéndose y sacando carpas con la facilidad natural de un cazador, un ave rapaz. Competir no tenía sentido. Enji, por supuesto, opinaba distinto, y quería irse del estanque habiendo atrapado más peces que el animal. ¿En qué momento se le metió esa idea en la cabeza? Difícil saberlo. Probablemente estuvo ahí, cosquilleando en el fondo de su trastocada mente, desde el instante en que vio al águila sumergirse.
Bufó.
—¿Ah? ¿Quedarse quieto y esperando? Me voy a morir de viejo si tengo que quedarme parado en el agua hasta que una de esas cosas se me acerque pensando que soy un palo seco. —Enji nadó hasta el borde del estanque, aferró sus manos a la tierra y se propulsó fuera. Al aterrizar lo primero que hizo fue acomodarse el boxer, que se había bajado por el peso del agua—. Carajo, este elástico no aguanta más… —masculló tras volverse a cubrir el trasero—. Ni creas que voy a dejar que tu pajarraco se lleve el crédito. Esas carpas son mías.
Se giró e irguió frente al estanque. Con los pies posados en el horizonte entre la tierra y el agua, fijó la mirada, y sus pupilas se contrajeron notablemente. Las pulsaciones de su corazón bajaron. Asumió una postura de largada, encorvado y en cuclillas. Los brazos al frente y las manos juntas, palma con palma, dedos extendidos y pegados unos con otros. Tenían la forma de una aleta. O la punta de una lanza.
Silencio, concentración… locura.
—¡AHÍ TE VOY HIJO DE PUTA! —exclamó, gritó, rugió como un animal salvaje, rompiendo cualquier tipo de sigilo. El pequeño grupo de carpas que seguía con la mirada se disgregó a causa del chillido. Una de ellas siguió en línea recta alejándose de Enji. Allí vio la oportunidad y se lanzó—. ¡ERES MÍO!
El estanque explotó en un gran levantamiento de agua cuando el cuerpo de Enji se sumergió como un torpedo en las profundidades.
Debajo del agua sus manos chocaron y empujaron al pez, que, desorientado, empezó a girar y hacer espirales. Los brazos del marine se movieron desesperados en todas direcciones hasta que sintió el familiar tacto de las escamas. Allí se aferró, apretando los dedos con la fuerza suficiente como para atravesar la babosa película que hacía resbalosos a los peces y arrancarlo del agua al mismo tiempo que emergía a la superficie.
—¡Lo tengo! ¡Ja! ¡Mira si voy a necesitar la ayuda de un pajarraco! —Abrazó su preciada captura mientras esta se removía furiosamente entre sus brazos, dándole un coletazo en la cara tras otro, cosa que nunca borró su triunfal sonrisa—. ¿Cuántos kilos debe tener? Este vale por cinco de los suyos.
Y, mientras celebraba su victoria parcial, un lagarto seguía moviéndose con fuerza entre sus brazos, llorando de desesperación ante el abrupto asalto que había sufrido mientras descansaba en lo profundo del estanque bajo una capa de sedimento.
—¡PWAH! Viejo, no empecemos a hablar de nuestras vidas. —Enji puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos. El agua corría fuera de su nariz y oídos como cataratas—. Puestos a comparar tragedias, tengo para hablar toooodo el santo día. Primero las carpas, después las charlas, va.
El tiempo apremiaba y su orgullo también. Era así cuando algo se le metía en la cabeza, como un toro que ve rojo y avanza recto, empujando fuera del camino todo lo que se le atraviese. El águila, en particular, estaba tocándole los huevos, sumergiéndose y sacando carpas con la facilidad natural de un cazador, un ave rapaz. Competir no tenía sentido. Enji, por supuesto, opinaba distinto, y quería irse del estanque habiendo atrapado más peces que el animal. ¿En qué momento se le metió esa idea en la cabeza? Difícil saberlo. Probablemente estuvo ahí, cosquilleando en el fondo de su trastocada mente, desde el instante en que vio al águila sumergirse.
Bufó.
—¿Ah? ¿Quedarse quieto y esperando? Me voy a morir de viejo si tengo que quedarme parado en el agua hasta que una de esas cosas se me acerque pensando que soy un palo seco. —Enji nadó hasta el borde del estanque, aferró sus manos a la tierra y se propulsó fuera. Al aterrizar lo primero que hizo fue acomodarse el boxer, que se había bajado por el peso del agua—. Carajo, este elástico no aguanta más… —masculló tras volverse a cubrir el trasero—. Ni creas que voy a dejar que tu pajarraco se lleve el crédito. Esas carpas son mías.
Se giró e irguió frente al estanque. Con los pies posados en el horizonte entre la tierra y el agua, fijó la mirada, y sus pupilas se contrajeron notablemente. Las pulsaciones de su corazón bajaron. Asumió una postura de largada, encorvado y en cuclillas. Los brazos al frente y las manos juntas, palma con palma, dedos extendidos y pegados unos con otros. Tenían la forma de una aleta. O la punta de una lanza.
Silencio, concentración… locura.
—¡AHÍ TE VOY HIJO DE PUTA! —exclamó, gritó, rugió como un animal salvaje, rompiendo cualquier tipo de sigilo. El pequeño grupo de carpas que seguía con la mirada se disgregó a causa del chillido. Una de ellas siguió en línea recta alejándose de Enji. Allí vio la oportunidad y se lanzó—. ¡ERES MÍO!
El estanque explotó en un gran levantamiento de agua cuando el cuerpo de Enji se sumergió como un torpedo en las profundidades.
Debajo del agua sus manos chocaron y empujaron al pez, que, desorientado, empezó a girar y hacer espirales. Los brazos del marine se movieron desesperados en todas direcciones hasta que sintió el familiar tacto de las escamas. Allí se aferró, apretando los dedos con la fuerza suficiente como para atravesar la babosa película que hacía resbalosos a los peces y arrancarlo del agua al mismo tiempo que emergía a la superficie.
—¡Lo tengo! ¡Ja! ¡Mira si voy a necesitar la ayuda de un pajarraco! —Abrazó su preciada captura mientras esta se removía furiosamente entre sus brazos, dándole un coletazo en la cara tras otro, cosa que nunca borró su triunfal sonrisa—. ¿Cuántos kilos debe tener? Este vale por cinco de los suyos.
Y, mientras celebraba su victoria parcial, un lagarto seguía moviéndose con fuerza entre sus brazos, llorando de desesperación ante el abrupto asalto que había sufrido mientras descansaba en lo profundo del estanque bajo una capa de sedimento.
