24-11-2025, 02:28 PM
Al crupier tontatta no pareció hacerle ni un poco de gracia que Iggy se refiriese a él como "el chiquitajo". "Tengo cuarenta y seis años," espetó, aún sentado sobre la barra del bar. Tomó un vaso de chupito, que para él era prácticamente una pinta, y dio un enorme (proporcionalmente) trago de licor, suspirando con satisfacción. "Para no tenerla terminada, suena bien," afirmó la señorita G0ltz, esbozando una sonrisa. "Pero no, no canto, solo nanas," afirmó con una carcajada, dando otro sorbito de vino. La conversación en la barra del bar, mientras se producían los registros, parecía discurrir con una calma impropia de la situación. Sin embargo, en un lugar como el Berryelder, la calma nunca dura demasiado.
Cuando Iggy preguntó a la mujer de pelo azul por su opinión sobre la gema, la señorita ya se estaba separando con pereza de la barra, dirigiéndose hacia el otro extremo del local. "Es la llave para la producción de las Terre," susurró antes de alejarse, dándole una palmadita en el hombro. Allí, casi como de un escenario dramáticamente iluminado se tratase, el siempre imponente Big Bosco sujetaba la gema en la inmensidad de su puño junto al piano del local, mientras meditaba cómo proceder con el ladrón. Su mano cerrada, que jugueteaba con la gema eneaédrica en su interior, se asemejaba más a una enorme roca repleta de corales que a cualquier mano que Iggy hubiese visto. Continuaba exhalando enormes cortinas de humo de puro que llenaban medio local. Al mismo tiempo, entre algunos de los grupos más alejados de Big Bosco, y más cercanos a Iggy, empezaron a cruzarse reproches, acusaciones e insultos, todo entre susurros mal disimulados. El tipo del bigote, aún férreamente sujeto frente al propio Bosco por las inquietantes guardianas Belseth, estaba más pálido que nunca. Apenas podía más que balbucear. La presencia de Big Bosco era suficiente como para hacer titubear hasta al más mordaz criminal; las lenguas más afiladas de Samba se volvían romas en su presencia. Enormes chorros de sudor corrían por su piel, y empezaban a humedecer su ropa. Parecía alguien que hubiese acabado de entrar después de caminar bajo una lluvia abundante. Sus captoras permanecían inmóviles, inamovibles, impertérritas, como dos columnas de frío y delicado mármol que simplemente cumplían una función. Un movimiento en vano por parte del ladrón y todo acabaría rápido, tal vez tan rápido como le hubiese gustado. Siempre es sencillo especular y afirmar que una muerte rápida e indolora es lo mejor, pero, cuando llega el momento, pocos son capaces de exigirla. Todos prefieren aguantar un poco más, agarrarse a una última y minúscula esperanza de que tal vez, si no se dan por vencidos todavía, haya una forma de salir de una situación complicada. Es un instinto humano, al fin y al cabo. El ladrón sabía que provocar a las Belseth hubiera sido lo más sensato; que su cabeza rodase por el suelo en un abrir y cerrar de ojos, y ahorrarse cuanto sabía, y con certeza, que estaba por venir. Pero, ¿y si todo se solucionaba? ¿Y si lograba salir de esta en el último momento?
La señorita Goltz llegó hasta el lugar de los hechos, y Big Bosco abrió su mano, permitiéndole observar de cerca la gema rosada. Pasó unos segundos observándola, antes de asentir con la cabeza, confirmando que aquello debía de ser, en efecto, el Corazón que todos buscaban. En aquel instante, todo el ambiente del Berryelder pareció, por un lado, relajarse, y por el otro, tensarse, todo al mismo tiempo. Se relajaba porque la gema había sido encontrada y, por ende, la búsqueda terminaba; se restauraba la libre circulación, y cualquiera podía volver a entrar o salir. Se tensaba, por otra parte, por dos motivos: por un lado, porque todos sabían que estaban a punto de presenciar la ejecución del tipo del bigote, y, por el otro, porque algo como la gema podía abrir la caja de Pandora de la codicia. Alguno de los presentes podía envalentonarse de más e intentar hacerse con ella por las malas. Aquella gema, fuese lo que fuese, parecía despertar auténticas pasiones, como si tuviera un poder sobrenatural para sacar lo peor de cuantos se hallasen en su presencia, y no se podía descartar que algo así pudiese ocurrir ahora que parecía estar a tiro. Si algo mantenía las aguas calmadas, en cualquier caso, era la monstruosa presencia, y la precedente reputación, de Big Bosco.
Habiendo recibido la confirmación de que aquello era, de hecho, lo que habían estado buscando, el enorme gyojin, dando una calada a su puro, se guardó la gema en el bolsillo interior de su chaleco. Hizo un ademán con la mano hacia las guardianas, que dejaron caer al suelo al tipo del bigote y regresaron a sus puestos, junto a la puerta. "Se levanta el cierre del local. Quien quiera, puede irse. Fin del espectáculo," sentenció, sus amarillentos ojos clavados en el sudoroso ladrón, sin dejar de observarlo ni un mero instante. Nadie se movió del sitio, claro. El mórbido deseo, la grotesca curiosidad, el espantoso sentido del espectáculo llevaba a todos a querer ver qué pasaba con el ladrón. El enorme grupo más cercano a Iggy, sin embargo, parecía absorto en numerosos cruces de insultos y acusaciones, en un ambiente que empezaba a caldearse. Alguien ahí la había cagado monumentalmente, y los ánimos entre aquella muchedumbre se estaban caldeando, casi ajenos a cuanto sucedía en el otro extremo del local, junto al piano. Cuando hay tantos involucrados, las cosas se pueden poner muy feas, muy rápido. Antes siquiera de que Big Bosco se enterase, o se quisiese enterar, todo el grupo estaba murmurando y señalando hacia Iggy, aún sentado sobre la barra. Al pelimorado solo le dio tiempo a ver cómo, al otro extremo del Berryelder, Big Bosco tomaba al ladrón con una de sus manos, como quien agarra un muñeco. Pequeñas espinas cartilaginosas emergieron de su brazo, punzando con sencillez varios puntos de la piel del ladrón. Este comenzó inmediatamente a gritar, dejándose la garganta. Entonces, cuando hubieron comenzado los chillidos, la tensión que se había estado arremolinando cerca de Iggy pareció saltar por los aires, y la multitud se abalanzó sobre nuestro protagonista, blandiendo puños americanos, navajas y porras extensibles de diverso calibre.
Cuando Iggy preguntó a la mujer de pelo azul por su opinión sobre la gema, la señorita ya se estaba separando con pereza de la barra, dirigiéndose hacia el otro extremo del local. "Es la llave para la producción de las Terre," susurró antes de alejarse, dándole una palmadita en el hombro. Allí, casi como de un escenario dramáticamente iluminado se tratase, el siempre imponente Big Bosco sujetaba la gema en la inmensidad de su puño junto al piano del local, mientras meditaba cómo proceder con el ladrón. Su mano cerrada, que jugueteaba con la gema eneaédrica en su interior, se asemejaba más a una enorme roca repleta de corales que a cualquier mano que Iggy hubiese visto. Continuaba exhalando enormes cortinas de humo de puro que llenaban medio local. Al mismo tiempo, entre algunos de los grupos más alejados de Big Bosco, y más cercanos a Iggy, empezaron a cruzarse reproches, acusaciones e insultos, todo entre susurros mal disimulados. El tipo del bigote, aún férreamente sujeto frente al propio Bosco por las inquietantes guardianas Belseth, estaba más pálido que nunca. Apenas podía más que balbucear. La presencia de Big Bosco era suficiente como para hacer titubear hasta al más mordaz criminal; las lenguas más afiladas de Samba se volvían romas en su presencia. Enormes chorros de sudor corrían por su piel, y empezaban a humedecer su ropa. Parecía alguien que hubiese acabado de entrar después de caminar bajo una lluvia abundante. Sus captoras permanecían inmóviles, inamovibles, impertérritas, como dos columnas de frío y delicado mármol que simplemente cumplían una función. Un movimiento en vano por parte del ladrón y todo acabaría rápido, tal vez tan rápido como le hubiese gustado. Siempre es sencillo especular y afirmar que una muerte rápida e indolora es lo mejor, pero, cuando llega el momento, pocos son capaces de exigirla. Todos prefieren aguantar un poco más, agarrarse a una última y minúscula esperanza de que tal vez, si no se dan por vencidos todavía, haya una forma de salir de una situación complicada. Es un instinto humano, al fin y al cabo. El ladrón sabía que provocar a las Belseth hubiera sido lo más sensato; que su cabeza rodase por el suelo en un abrir y cerrar de ojos, y ahorrarse cuanto sabía, y con certeza, que estaba por venir. Pero, ¿y si todo se solucionaba? ¿Y si lograba salir de esta en el último momento?
La señorita Goltz llegó hasta el lugar de los hechos, y Big Bosco abrió su mano, permitiéndole observar de cerca la gema rosada. Pasó unos segundos observándola, antes de asentir con la cabeza, confirmando que aquello debía de ser, en efecto, el Corazón que todos buscaban. En aquel instante, todo el ambiente del Berryelder pareció, por un lado, relajarse, y por el otro, tensarse, todo al mismo tiempo. Se relajaba porque la gema había sido encontrada y, por ende, la búsqueda terminaba; se restauraba la libre circulación, y cualquiera podía volver a entrar o salir. Se tensaba, por otra parte, por dos motivos: por un lado, porque todos sabían que estaban a punto de presenciar la ejecución del tipo del bigote, y, por el otro, porque algo como la gema podía abrir la caja de Pandora de la codicia. Alguno de los presentes podía envalentonarse de más e intentar hacerse con ella por las malas. Aquella gema, fuese lo que fuese, parecía despertar auténticas pasiones, como si tuviera un poder sobrenatural para sacar lo peor de cuantos se hallasen en su presencia, y no se podía descartar que algo así pudiese ocurrir ahora que parecía estar a tiro. Si algo mantenía las aguas calmadas, en cualquier caso, era la monstruosa presencia, y la precedente reputación, de Big Bosco.
Habiendo recibido la confirmación de que aquello era, de hecho, lo que habían estado buscando, el enorme gyojin, dando una calada a su puro, se guardó la gema en el bolsillo interior de su chaleco. Hizo un ademán con la mano hacia las guardianas, que dejaron caer al suelo al tipo del bigote y regresaron a sus puestos, junto a la puerta. "Se levanta el cierre del local. Quien quiera, puede irse. Fin del espectáculo," sentenció, sus amarillentos ojos clavados en el sudoroso ladrón, sin dejar de observarlo ni un mero instante. Nadie se movió del sitio, claro. El mórbido deseo, la grotesca curiosidad, el espantoso sentido del espectáculo llevaba a todos a querer ver qué pasaba con el ladrón. El enorme grupo más cercano a Iggy, sin embargo, parecía absorto en numerosos cruces de insultos y acusaciones, en un ambiente que empezaba a caldearse. Alguien ahí la había cagado monumentalmente, y los ánimos entre aquella muchedumbre se estaban caldeando, casi ajenos a cuanto sucedía en el otro extremo del local, junto al piano. Cuando hay tantos involucrados, las cosas se pueden poner muy feas, muy rápido. Antes siquiera de que Big Bosco se enterase, o se quisiese enterar, todo el grupo estaba murmurando y señalando hacia Iggy, aún sentado sobre la barra. Al pelimorado solo le dio tiempo a ver cómo, al otro extremo del Berryelder, Big Bosco tomaba al ladrón con una de sus manos, como quien agarra un muñeco. Pequeñas espinas cartilaginosas emergieron de su brazo, punzando con sencillez varios puntos de la piel del ladrón. Este comenzó inmediatamente a gritar, dejándose la garganta. Entonces, cuando hubieron comenzado los chillidos, la tensión que se había estado arremolinando cerca de Iggy pareció saltar por los aires, y la multitud se abalanzó sobre nuestro protagonista, blandiendo puños americanos, navajas y porras extensibles de diverso calibre.
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