24-11-2025, 09:58 PM
Sus yemas recorrieron la superficie oxidada del aparato: áspera y porosa pero, sobre todo, herida por el uso durante tiempo prolongado. Y es que, el polvo anaranjado se le pegaba a los dedos, atrapado por la fina capa de sebo que siempre queda después de horas manipulando cualesquiera que sea el objeto. Y este, a su vez, viejo y fatigado, propiciaba que el metal se le deshaciera en pequeñas escamas que se quedaban adheridas a su piel como costras descarnadas.
Mas no era una molestia.
Pues, ma fuera con la que los retazos se enganchaban a su piel apenas era notoria —nada que no pudiera controlar.
Así que, meditabunda y curiosa, nada le impidió seguir el contorno del mecanismo, empezando por las bisagras y bajando por la junta con la paciencia maniática que tanto la caracterizaba cuando algo se le resistía; cada rasguño, cada hendidura, cada línea corroída le contaba algo… y lo que descubría no le gustaba: la ferrita parecía haberse convertido en una especie de pegamento áspero, una mezcla de humedad y óxido que soldaba las piezas entre sí.
Estaba tan concentrada, tan hundida en la textura quebradiza del metal, que no escuchó cuando Dong cruzó el umbral de la habitación.
Y quizás nunca se hubiera percatado de él si no hubieran ocurrido dos cosas casi a la vez: la primera que, al darse cuenta de que iba a necesitar algo con lo que despegar la tapa de la caja, debía levantarse. La segunda que alguién habló a su espalda justo cuando se estaba limpiando los dedos en el muslo, dejando un rastro de astillas metálicas y polvo rojizo sobre la tela del pijama.
En ese momento todo su cuerpo se erizó y se maldijo por no haber echado el cerrojo pese a estar despierta.
Pero tan pronto como la voz continuó hablando, la mujer —paralizada al inicio— comprendió de quien se trataba.
—Mierda, Dong —se quejó empezando a flexionarse para ponerse en pie y poder darse la vuelta.
Entonces, él la atrapó.
Y aunque no era un agarre agresivo, el contacto por la espalda la tensó como si la hubieran sorprendido en mitad de un momento íntimo.
Colocó su mano sobre las de Dong incómoda por la sensación que el otro le transmitía. Cerró sus manos sobre su muñeca y, por un instante, estuvo a punto de apartarlo.
No entendía esa necesidad afectiva hacia ella, de hecho, la cohibía, pero, justo cuando sus dedos se posaron sobre la cálida piel del hombre, recodó que él había estado para ella cuando nadie ni siquiera le hablaba.
Suspiró, tratando de relajarse, y terminó simplemente acariciándolo en un vano intento de disimular lo que había pasado por su cabeza.
Con suerte el otro no se daría cuenta.
Acarició entonces con su dedo suavemente al joven pese a que, el gesto, no tenía el calor que uno esperaría. Era más bien frío y controlado —igual el que aprendes por reflejo como si tu cuerpo recordara cómo acariciar pero tu mente no sintiera nada. Después, tras un rato de caricias sin cariño, apartó sus manos y se giró para mirarlo a los ojos.
—Dong —lo llamó mientras daba un pequeño paso atrás y sus alas chocaban contra el metal —.Necesito que apartes —añadió haciéndole un gesto para que se moviera mientras su voz escondía el súbito nudo de incomodidad que le subía por el pecho.
No por nada lo había apartado, pues sentía cómo el abrazo, por más amable que fuera, tensaba una parte de ella que prefería mantener a salvo.
Y aunque no quería ser cruel y echarlo le invitó a levantarse tomándole para ello de sus manos.
Fue entonces cuando notó que el hombre traía algo con él. Algo acartonado bajo sus mangas y que parecía ser pesado.
Bajó la mirada, con una expresión totalmente suave pero inexpresiva y colocó sus propias manos frente a las de él como gesto de buena voluntad para ayudarlo a cargar con lo que portaba.
Para su sorpresa, el hombre portaba de todo —casi como si hubiera pensado en una velada perfecta. Vino, flores, comida... Incluso un picardías y joyas para decorar su cuerpo.
—Dong... —pronunció con cierta tristeza.
No podía corresponderle.
No de aquella forma.
Ya que, su forma de amar era distinta a la de la mayoría; su amor no nacía del roce ni de la pertenencia, sino de qué tan profundo aprendizaje le ofrecía el otro. De esa fractura honesta que rompe esquemas mentales y te permite ver y comprender la verdad del cosmos.
Y con Dong… eso no ocurría. Aunque, para ser justos, ni con él ni con nadie.
Sin embargo, tras haberlo invitado a levantarse, le indicó con un gesto breve que se sentara en la cama. Después llevó el vino y la comida hasta la mesa, desplazó con el dorso del antebrazo un pequeño mar de hojas y abrió un hueco entre ellas.
Mientras las acomodaba, un abrecartas escondido entre los papeles resbaló y cayó al suelo con un sonido seco.
Bai se agachó para recogerlo. Lo sostuvo un momento entre los dedos sopesando su peso y el frío del metal. Al incorporarse, sus ojos volaron hacia el brasero. Luego regresaron al abrecartas… y finalmente decidió cruzar la estancia para intentar abrirlo.
Pero el metal se negaba a ceder; llevaba días atascado. Bai frunció el ceño, probó de nuevo, y al ver que seguía inmóvil, dejó escapar un suspiro irritado. Era una frustración pequeña, sí, pero suficiente como para tensar la línea de sus hombros. Cerró los ojos, exhaló soltando toda la frustración posible y clavó la punta con fuerza. Después, golpeó la empuñadura y el filo, deslizándose por la superficie, se desvió y cortó su mano.
Mas no era una molestia.
Pues, ma fuera con la que los retazos se enganchaban a su piel apenas era notoria —nada que no pudiera controlar.
Así que, meditabunda y curiosa, nada le impidió seguir el contorno del mecanismo, empezando por las bisagras y bajando por la junta con la paciencia maniática que tanto la caracterizaba cuando algo se le resistía; cada rasguño, cada hendidura, cada línea corroída le contaba algo… y lo que descubría no le gustaba: la ferrita parecía haberse convertido en una especie de pegamento áspero, una mezcla de humedad y óxido que soldaba las piezas entre sí.
Estaba tan concentrada, tan hundida en la textura quebradiza del metal, que no escuchó cuando Dong cruzó el umbral de la habitación.
Y quizás nunca se hubiera percatado de él si no hubieran ocurrido dos cosas casi a la vez: la primera que, al darse cuenta de que iba a necesitar algo con lo que despegar la tapa de la caja, debía levantarse. La segunda que alguién habló a su espalda justo cuando se estaba limpiando los dedos en el muslo, dejando un rastro de astillas metálicas y polvo rojizo sobre la tela del pijama.
En ese momento todo su cuerpo se erizó y se maldijo por no haber echado el cerrojo pese a estar despierta.
Pero tan pronto como la voz continuó hablando, la mujer —paralizada al inicio— comprendió de quien se trataba.
—Mierda, Dong —se quejó empezando a flexionarse para ponerse en pie y poder darse la vuelta.
Entonces, él la atrapó.
Y aunque no era un agarre agresivo, el contacto por la espalda la tensó como si la hubieran sorprendido en mitad de un momento íntimo.
Colocó su mano sobre las de Dong incómoda por la sensación que el otro le transmitía. Cerró sus manos sobre su muñeca y, por un instante, estuvo a punto de apartarlo.
No entendía esa necesidad afectiva hacia ella, de hecho, la cohibía, pero, justo cuando sus dedos se posaron sobre la cálida piel del hombre, recodó que él había estado para ella cuando nadie ni siquiera le hablaba.
Suspiró, tratando de relajarse, y terminó simplemente acariciándolo en un vano intento de disimular lo que había pasado por su cabeza.
Con suerte el otro no se daría cuenta.
Acarició entonces con su dedo suavemente al joven pese a que, el gesto, no tenía el calor que uno esperaría. Era más bien frío y controlado —igual el que aprendes por reflejo como si tu cuerpo recordara cómo acariciar pero tu mente no sintiera nada. Después, tras un rato de caricias sin cariño, apartó sus manos y se giró para mirarlo a los ojos.
—Dong —lo llamó mientras daba un pequeño paso atrás y sus alas chocaban contra el metal —.Necesito que apartes —añadió haciéndole un gesto para que se moviera mientras su voz escondía el súbito nudo de incomodidad que le subía por el pecho.
No por nada lo había apartado, pues sentía cómo el abrazo, por más amable que fuera, tensaba una parte de ella que prefería mantener a salvo.
Y aunque no quería ser cruel y echarlo le invitó a levantarse tomándole para ello de sus manos.
Fue entonces cuando notó que el hombre traía algo con él. Algo acartonado bajo sus mangas y que parecía ser pesado.
Bajó la mirada, con una expresión totalmente suave pero inexpresiva y colocó sus propias manos frente a las de él como gesto de buena voluntad para ayudarlo a cargar con lo que portaba.
Para su sorpresa, el hombre portaba de todo —casi como si hubiera pensado en una velada perfecta. Vino, flores, comida... Incluso un picardías y joyas para decorar su cuerpo.
—Dong... —pronunció con cierta tristeza.
No podía corresponderle.
No de aquella forma.
Ya que, su forma de amar era distinta a la de la mayoría; su amor no nacía del roce ni de la pertenencia, sino de qué tan profundo aprendizaje le ofrecía el otro. De esa fractura honesta que rompe esquemas mentales y te permite ver y comprender la verdad del cosmos.
Y con Dong… eso no ocurría. Aunque, para ser justos, ni con él ni con nadie.
Sin embargo, tras haberlo invitado a levantarse, le indicó con un gesto breve que se sentara en la cama. Después llevó el vino y la comida hasta la mesa, desplazó con el dorso del antebrazo un pequeño mar de hojas y abrió un hueco entre ellas.
Mientras las acomodaba, un abrecartas escondido entre los papeles resbaló y cayó al suelo con un sonido seco.
Bai se agachó para recogerlo. Lo sostuvo un momento entre los dedos sopesando su peso y el frío del metal. Al incorporarse, sus ojos volaron hacia el brasero. Luego regresaron al abrecartas… y finalmente decidió cruzar la estancia para intentar abrirlo.
Pero el metal se negaba a ceder; llevaba días atascado. Bai frunció el ceño, probó de nuevo, y al ver que seguía inmóvil, dejó escapar un suspiro irritado. Era una frustración pequeña, sí, pero suficiente como para tensar la línea de sus hombros. Cerró los ojos, exhaló soltando toda la frustración posible y clavó la punta con fuerza. Después, golpeó la empuñadura y el filo, deslizándose por la superficie, se desvió y cortó su mano.
