25-11-2025, 04:33 AM
El destino, si es que existe, tiene un sentido del humor bastante retorcido. Juntar a personas con objetivos distintos, pero que de alguna manera encajan tan bien entre sí, es un detalle especialmente peculiar. Era uno de esos días extraños, no por el clima ni por la actividad del puerto, sino por la atmósfera que se respiraba. Sorbet, con todas sus contradicciones, sería el escenario donde vería nacer una banda pirata compuesta por individuos particularmente distintos entre sí. Rakshasa. Un nombre que, sin proponérselo, comenzaba a envolverlos como parte de algo más grande. El significado de esa palabra, por si sola ya tiene un significado bastante tirado a lo místico, hasta filosófico.
Sanemi, uno de sus miembros, avanzaba cerca del muelle alejándose de la zona central. No era el barrio más pintoresco del reino, pero funcionaba. Vestía su ropa habitual: polo sin mangas, pantalón negro y, sobre los hombros, ese saco largo que rara vez se ponía de verdad. El astro rey descendía con lentitud, tiñendo el paisaje con tonos naranjas. Tras unos minutos más de caminar, su figura terminó por integrarse con el ir y venir de la costa.
A lo lejos divisó a Dharma. Ambos habían llegado a tiempo, aunque este último lo hizo con un toque de premura casi característica. Sanemi no le dio demasiada importancia. En su mente solo resonó un pequeño hábito mecánico -Uno… dos… tres… cuatro -No significaba nada en especial, no lo ayudaba, pero lo hacía igual, como parte de una costumbre que no recuerda cuando o por qué empezó.
Se acercó a su compañero hasta colocarse a su lado. Durante un instante se quedó simplemente observando el movimiento del muelle, el sonido de la madera crujiendo bajo las olas y el murmullo distante de los trabajadores.
—Es cierto… —murmuró Sanemi, rompiendo el silencio con una leve risa y una sonrisa ladeada—. Es un día que se presta…
Sanemi, uno de sus miembros, avanzaba cerca del muelle alejándose de la zona central. No era el barrio más pintoresco del reino, pero funcionaba. Vestía su ropa habitual: polo sin mangas, pantalón negro y, sobre los hombros, ese saco largo que rara vez se ponía de verdad. El astro rey descendía con lentitud, tiñendo el paisaje con tonos naranjas. Tras unos minutos más de caminar, su figura terminó por integrarse con el ir y venir de la costa.
A lo lejos divisó a Dharma. Ambos habían llegado a tiempo, aunque este último lo hizo con un toque de premura casi característica. Sanemi no le dio demasiada importancia. En su mente solo resonó un pequeño hábito mecánico -Uno… dos… tres… cuatro -No significaba nada en especial, no lo ayudaba, pero lo hacía igual, como parte de una costumbre que no recuerda cuando o por qué empezó.
Se acercó a su compañero hasta colocarse a su lado. Durante un instante se quedó simplemente observando el movimiento del muelle, el sonido de la madera crujiendo bajo las olas y el murmullo distante de los trabajadores.
—Es cierto… —murmuró Sanemi, rompiendo el silencio con una leve risa y una sonrisa ladeada—. Es un día que se presta…
