[EVENTO CAMBIO ZONA] El camino para ser alguien; Parte 3 [BARCO COMERCIAL]
#7
[personajeinvalido=2283]
Sentía el aire golpear mi rostro, un aire lleno de salitre. Debía estar montando a caballo junto al mar, a juzgar por las sacudidas que sentía mi cuerpo. No recordaba haber adquirido ningún caballo, ni siquiera había tenido trato con ninguno más allá de las apuestas del hipódromo. Si pudiese volver a ver correr a mi querido Faraón... el más rápido, el que más me hizo ganar. Seguro que estaba subido sobre él, pues no creo que haya otro que se pueda mover a esta velocidad. Una lástima no poder verlo mientras me lleva hasta la meta.

Mi cuerpo avanzaba por el aire, como si de un río de sal y viento se tratara, arrastrada sin remos, sin mapa. Nada a mi alrededor estaba definido, solo se que me desplazaba, o al menos mi consciencia. No había dolor, ni pena, solo un vértigo suave, como el de un niño al que recuestan en la cuna y la gravedad le recuerda el orden de las cosas. Creía que flotaba. No el el agua, pues no estaba mojado, pero sí empujado por un haz azul que me guiaba hasta mi siguiente visión. No era un azul cualquiera; un azul limpio, que parecía traer consigo la memoria del cielo.

El empuje se detuvo, pero no así el movimiento de mi cuerpo. Ya no avanzaba, ni si quiera sentía el paso del caballo. Sin embargo, mi ser se mecía en un suave vaivén, como si estuviera disfrutando de un día de playa en mi hamaca. Sentía el calor rodear mi cuerpo, como si el propio sol hubiese decidido abrazarme. Para nada era una opresión que me lastimase, sino una compresión que ordenaba mis piezas sueltas. Experimenté una sensación reconfortante en el pecho, como si pudiese notar los mismos latidos del mundo que me rodeaba, apretándose contra mi ser. La playa parecía cobrar vida, pues pronto dejó de estar desierta para dejar paso a la voz de un vendedor que gritaba ofreciendo su producto estrella.

¿Algodón de azúcar en una playa?,  pensé al oír lo que debía ser una llamada a los clientes. Giré mi consciencia hacía allí, para ver cómo la playa terminaba en lo que parecía ser un parque de atracciones. Una noria gigante, un espectáculo de fuegos artificiales, un tiovivo al cuál debió ir a parar mi caballo y una enorme bola de algodón de azúcar. Debía ser la más grande que había visto o vería en mi vida, pues podía percibir que era más alta que yo mismo. Las nubes parecían hilos de azúcar estirados y el arcoíris una piruleta, lo que hizo que me chocase aún más el intenso olor a whisky que inundaba la feria. Me proponía a investigar la feria, en un alarde de olvido ante la incapacidad de moverme a placer, cuando todo cambió. Las risas se fundieron en las sombras, los puestos se encogieron y la noria se hizo montaña. 

No parecía más un accidente geográfico, sino más bien un ser con vida propia. Se dobló sobre mi y me rodeó con sus faldas, dejándome sin escapatoria. Nos elevó, tan alto que sentí ir más allá de las nubes, hasta alcanzar las estrellas. Noté el peso del universo mismo plegándose sobre mi, cubriendo cada parte de mi cuerpo. Sin duda, no debía estar vivo. ¿O se trataría más bien de un sueño? El caso es que no había lógica en que una montaña te aplastara y alzase sin dolor ninguno. 

Mi consciencia se trasladó de nuevo. Parecía haber sido absorbida por la misma montaña, atravesando pasadizos de humo y luz. El movimiento me llevó dentro; no al vientre de la montaña, sino a un latido enorme que debía ser su corazón. Entramos en el pulso mismo de la montaña, descendiendo a la base de nuevo. Las paredes eran brillantes y me conducían hacia el suelo, soltando al fin el abrazo de la roca. En ese momento pude verlo. Un caramelo, fabricado posiblemente por el mismo confitero que aquel algodón de azúcar al ver el tamaño del mismo. Con un envoltorio que declaraba su sabor a chocolate. Una figura dulce y absurda colgando entre unas membranas de roca. Quise alcanzarlo. Mi ambición se transformó en unos brazos que se alargaban buscando atraparlo, que trepaban hacia ese dulce redentor. Sentía que allí estaba todo lo que deseaba: viajar para encontrar a mis padres, volverme más fuerte para no volver a ser como una hoja arrastrada por el viento. Ese hambre, tan mío, me empujaba. Mis dedos casi rozaron la superficie brillante y, justo antes de poder palparla, la escena se volvió más oscura. La montaña retumbó llevándose consigo toda la luz, como si alguien apagase una vela con un soplido firme.

 
Un eco llenó la estancia. Reverberó en cada esquina y rebotó en cada pared, de haberlas. Algo ininteligible, carente de sentido, más propio de un ser de otro mundo que de una persona. El temblor se sentía como una sacudida a mi alrededor. Todo parecía dar vueltas, pese a estar en la más profunda oscuridad. Giros, giros y más giros, cada uno a más velocidad que el anterior. De haber sabido donde estaba, habría perdido sin dudarlo el sentido de la orientación. Hasta que el mundo paró y un extraño ente apareció ante mis ojos. Sin cuerpo, ni forma. Algo difícil de percibir, pero que sin duda estaba ahí. Un fantasma.

Corrí para huir de él, pues comenzó a seguirme mientras el eco de su voz se hacía cada vez más palpable. Corría sin rumbo ni fatiga, pero parecía no avanzar en aquella infinita oscuridad. Tampoco parecía aumentar la distancia entre mi ser y el fantasma, que no cesaba en su empeño por darme alcance. Continué durante unos instantes que parecieron ser siglos hasta que percibí una pequeña luz más allá. No era una luz titilante como la de una antorcha, pero tampoco algo fijo como el sol. Corrí cuanto pude en su dirección, sin pensar en lo que me perseguía, con toda la esperanza de que aquello me diese la posibilidad de huir de allí. La luz se separó en dos haces según me fui aproximando. Reposaban en el suelo, como dos cuerpos sin vida a la espera de ser encontrados. Y eso es lo que resultaron ser. La escena cambió levemente. En mitad de la noche, un niño y su madre yacían sobre el muelle. Continué aproximándome a ellos con calma, mientras observaba los humildes harapos con los que iban vestidos. Me acerqué al chico, lo tomé de la solapa para ver su cara, y el terror se apoderó de mi.

Eran Aosaba y su madre. Aquel chico gyojin de ojos grandes al que intenté sacar de la miseria de Samba y acabé dejando a merced de aquellos desgraciados. Di un salto hacia atrás y caí sobre mi espalda. El eco se hacía cada vez más claro. No paraba de repetirse, torturándome una y otra vez: "Yo los ayudé, yo los condené".

Llevé mis manos hacia donde se suponía que debían estar mis oídos, con la intención de bloquear aquellas voces. Sin embargo, fue en vano. La frase se instalaba dentro de mi a cada repetición, como si fuera mi propia voz castigándome. Una inscripción repetida que martilleaba el mismo clavo. El chico y su madre se alzaron, como si pretendiesen erguirse sobre un par de piernas de las que carecían. Sus rostros comenzaron a virar, en extraños movimientos que los deformaban a placer. Sus formas ya no eran las mismas, habían variado a algo aún más terrorífico; los fantasmas de mis padres venían a atormentarme.

Yo los ayudé, yo los condené.

Era lo único que repetían. Me giré para huir de aquella escena, pero el fantasma me cortaba el paso. Cada vez más cerca de mi. No había casi hueco entre lo que me perseguía y mi consciencia. Y entonces, tomó forma. Un hombre, horondo y envejecido, con aires del que sabe que el tiempo es suyo, pues posee todo el dinero que otros no se atreven ni a soñar. Una cara conocida, que sujetaba un puro entre los labios, y que acababa en una papada rolliza. El peor monstruo de mis pesadillas; Destrutore Reena.

Llevé mis manos a mi rostro y grité como si tratase de sacar algo desde lo más profundo de mi, como si tratase de acallar aquellas voces que aún se repetían. Puse todo mi empeño, todas mis energías en acallarlo, en alejar a aquel monstruo de mi. Quería ir lejos del jefe. Todo a mi alrededor comenzó a temblar con fuerza. Hasta que una potente luz lo inundó todo, arrastrando la oscuridad. Levanté la vista para encontrar el foco de aquella luz. Una nueva visión estaba ante mi. Mi colgante, aquel que me había entregado mi madre la noche que los perdí. El mismo que supuso mi huida de Samba tras recuperarlo. Siempre había sido el faro que iluminaba mi camino, y una vez más, volvió para hacerlo. Los dos seres que se habían convertido en mis padres comenzaron a susurrar algunas palabras: Sirenas, Gigantes, Samurái. Voces sueltas, sin contexto, como las migas de pan que marcan un camino a seguir. La luz del collar se debilitó un poco, no tanto como para dejar paso de nuevo a la oscuridad, pero si lo suficiente como para dejarme ver lo que nos rodeaba. Imágenes de mis padres preparando sus viajes, pidiéndome que no me metiera en líos y comentando acerca de los pueblos en los que iban en busca.

Todo tembló de nuevo. El suelo bajo mis pies se desvaneció y sentí que mi ser volvía a descender. Sin embargo, esta vez no pude ver a donde iba. Tan solo de nuevo un haz de luz azul que me rodeaba. Me sentía protegido e incluso sentí la agradable sensación de acostarte bajo unas mantas en una noche fría de invierno. Un abrazo cálido que no se pregunta por méritos ni culpas, sino que simplemente cubre y sostiene. Y mientras el calor me abrazaba, pensé que si volvía a despertar, no me bastaría con dejarme llevar como una hoja caída. Sería la semilla que arraigase con fortaleza. Movería la tierra que hiciera falta para encontrar un lugar para mis raíces.



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RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El camino para ser alguien; Parte 3 [BARCO COMERCIAL] - por Varoganchin - 25-11-2025, 04:21 PM

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