25-11-2025, 08:39 PM
Me quedé inmóvil durante 10 segundos después de terminar de leer, mi pluma suspendida sobre el cuaderno de notas donde había transcrito cada palabra legible del diario, mi haki de observación aun expandido a 140 metros a la redonda. El viento soplaba con más fuerza a esta altura, haciendo que los bordes del pergamino temblaran bajo mis dedos. Estrith Zhakx. Año 5. Marqués de Dressrosa. Los fragmentos de información se reorganizaban en mi mente como piezas de un rompecabezas incompleto. Esto había ocurrido hace años, mucho antes de que la División 9 llegara a Mystoria. Una expedición pagada por la nobleza de Dressrosa para explorar y potencialmente conquistar esta isla. Y todos habían muerto. Releí las últimas entradas mientras completaba mi sketch del campamento. La caligrafía se deterioraba visiblemente con cada día. El miedo, el hambre y probablemente las heridas habían cobrado su precio – “Figura humanoide... brazos largos... cuencas vacías... gran poder.” – volví a leer, para mi mismo. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Fuera lo que fuera, había cazado metódicamente a un grupo de guerreros experimentados, persiguiéndolos como un depredador paciente. Y los había obligado a subir aquí, al volcán, porque la criatura tenía miedo de este lugar. Miedo del volcán. O de lo que vivía en él.
Guardé el pergamino cuidadosamente en mi mochila, envolviéndolo en una de mis vendas limpias para protegerlo. Los otros dos pergaminos seguían ahí, aún sin abrir. Los tomé y los examiné rápidamente, uno parecía contener dibujos borrosos, posiblemente los bocetos de fauna que Zhakx mencionaba. El otro estaba más deteriorado, con manchas de sangre seca en un borde. Entonces resonó el rugido. Más fuerte que antes, más cercano. El sonido atravesó el aire frío y se extendió por toda la isla, un lamento desgarrador que hizo eco contra las paredes rocosas del volcán. Expandí mi haki a 140 metros, concentrándome en la dirección del rugido. Nada. Fuera lo que fuera, estaba más allá de mi rango de detección. Regresé mi atención al último apunte de mis notas – “Dos sombras enormes... color negro... dra...” – Dragones. Zhakx había visto dragones, en plurar. Nosotros habíamos ganado a uno, el que consideramos regente de Mystoria. Pero si había mas de uno, la cosa se iba a poner fea. Guardé los otros dos pergaminos junto al diario y terminé mi sketch, añadiendo notas sobre las dimensiones del campamento y la posición de cada elemento. Luego saqué mi Den Den Mushi y consideré hacer otra llamada. Joe, Karl y Apolo debían saber esto. Pero ¿qué les diría? ¿Que había encontrado un diario de una expedición fallida de hace años? ¿Que posiblemente quedaba otro dragón vivo en la cima? No. Todavía no tenía suficiente información.
Me puse de pie, ajustando las correas de mi mochila. Miré hacia arriba, hacia las cumbres del volcán Tanazos que se alzaban sobre mi cabeza. El cielo se veía más oscuro allá arriba, las nubes más densas. La temperatura había bajado considerablemente desde que inicié el ascenso. Dos opciones se presentaban ante mí: descender, regresar con mis compañeros, mostrarles el diario y planear una expedición coordinada con todo el equipo. Sería lo sensato, lo protocolar. O continuar ascendiendo solo, siguiendo ese rugido que cada vez sonaba más desesperado, más lleno de dolor. Pensé en Zhakx y Soloth, acampando aquí mismo, probablemente debatiendo la misma decisión. Ellos habían elegido quedarse, esperar, tal vez enfrentar lo que fuera que los perseguía. Y habían muerto. Pero yo no era Zhakx. Era un Comodoro de la Marina, entrenado en Haki, experto en Gyojin Karate, con conocimientos médicos que podrían ser cruciales si lo que estaba allá arriba estaba herido. Y, sobre todo, había algo en ese rugido que no podía ignorar, no era el sonido de un depredador hambriento, era el llanto de una criatura en agonía.
La decisión estaba tomada desde antes de pensarla. Zhakx había visto dos criaturas, según lo que narro en aquel pergamino. Nosotros nos habíamos enfrentado a una, el dragón que Karl noqueó con su haki del conquistador antes de que desapareciera. Pero si Zhakx vio dos, y una seguía con vida aquí arriba ¿dónde estaba la otra? ¿Y qué le había pasado a la que enfrentamos para que simplemente se esfumara después de caer inconsciente? Demasiadas preguntas sin respuesta. Me concentre en mi haki de observación nuevamente, manteniéndolo expandido en 140 metros mientras comenzaba a ascender. Cada 50 metros me detendría para evaluar, para escuchar, para sentir. Si detectaba cualquier movimiento estaría preparado para pelear. Pero ese rugido... ese rugido necesitaba respuesta. Dejé el campamento atrás y continué subiendo por las rocas volcánicas, mis botas encontrando apoyo firme en las grietas naturales de la piedra negra. El viento aullaba más fuerte ahora, y el olor a azufre se intensificaba con cada metro de ascenso. No sabía cuánto más tendría que ascender hasta encontrar la fuente de ese sonido, pero estaba decidido a continuar. Y fuera lo que fuera que me esperaba allá arriba, pronto lo descubriría.
Guardé el pergamino cuidadosamente en mi mochila, envolviéndolo en una de mis vendas limpias para protegerlo. Los otros dos pergaminos seguían ahí, aún sin abrir. Los tomé y los examiné rápidamente, uno parecía contener dibujos borrosos, posiblemente los bocetos de fauna que Zhakx mencionaba. El otro estaba más deteriorado, con manchas de sangre seca en un borde. Entonces resonó el rugido. Más fuerte que antes, más cercano. El sonido atravesó el aire frío y se extendió por toda la isla, un lamento desgarrador que hizo eco contra las paredes rocosas del volcán. Expandí mi haki a 140 metros, concentrándome en la dirección del rugido. Nada. Fuera lo que fuera, estaba más allá de mi rango de detección. Regresé mi atención al último apunte de mis notas – “Dos sombras enormes... color negro... dra...” – Dragones. Zhakx había visto dragones, en plurar. Nosotros habíamos ganado a uno, el que consideramos regente de Mystoria. Pero si había mas de uno, la cosa se iba a poner fea. Guardé los otros dos pergaminos junto al diario y terminé mi sketch, añadiendo notas sobre las dimensiones del campamento y la posición de cada elemento. Luego saqué mi Den Den Mushi y consideré hacer otra llamada. Joe, Karl y Apolo debían saber esto. Pero ¿qué les diría? ¿Que había encontrado un diario de una expedición fallida de hace años? ¿Que posiblemente quedaba otro dragón vivo en la cima? No. Todavía no tenía suficiente información.
Me puse de pie, ajustando las correas de mi mochila. Miré hacia arriba, hacia las cumbres del volcán Tanazos que se alzaban sobre mi cabeza. El cielo se veía más oscuro allá arriba, las nubes más densas. La temperatura había bajado considerablemente desde que inicié el ascenso. Dos opciones se presentaban ante mí: descender, regresar con mis compañeros, mostrarles el diario y planear una expedición coordinada con todo el equipo. Sería lo sensato, lo protocolar. O continuar ascendiendo solo, siguiendo ese rugido que cada vez sonaba más desesperado, más lleno de dolor. Pensé en Zhakx y Soloth, acampando aquí mismo, probablemente debatiendo la misma decisión. Ellos habían elegido quedarse, esperar, tal vez enfrentar lo que fuera que los perseguía. Y habían muerto. Pero yo no era Zhakx. Era un Comodoro de la Marina, entrenado en Haki, experto en Gyojin Karate, con conocimientos médicos que podrían ser cruciales si lo que estaba allá arriba estaba herido. Y, sobre todo, había algo en ese rugido que no podía ignorar, no era el sonido de un depredador hambriento, era el llanto de una criatura en agonía.
La decisión estaba tomada desde antes de pensarla. Zhakx había visto dos criaturas, según lo que narro en aquel pergamino. Nosotros nos habíamos enfrentado a una, el dragón que Karl noqueó con su haki del conquistador antes de que desapareciera. Pero si Zhakx vio dos, y una seguía con vida aquí arriba ¿dónde estaba la otra? ¿Y qué le había pasado a la que enfrentamos para que simplemente se esfumara después de caer inconsciente? Demasiadas preguntas sin respuesta. Me concentre en mi haki de observación nuevamente, manteniéndolo expandido en 140 metros mientras comenzaba a ascender. Cada 50 metros me detendría para evaluar, para escuchar, para sentir. Si detectaba cualquier movimiento estaría preparado para pelear. Pero ese rugido... ese rugido necesitaba respuesta. Dejé el campamento atrás y continué subiendo por las rocas volcánicas, mis botas encontrando apoyo firme en las grietas naturales de la piedra negra. El viento aullaba más fuerte ahora, y el olor a azufre se intensificaba con cada metro de ascenso. No sabía cuánto más tendría que ascender hasta encontrar la fuente de ese sonido, pero estaba decidido a continuar. Y fuera lo que fuera que me esperaba allá arriba, pronto lo descubriría.
Resumen
Haki
Off

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