26-11-2025, 02:04 AM
[personajeinvalido=2180]
— Te digo que no hay nada —Exclamó ¿Para quien? Para él.
Los arrozales de Isla Karate se extendían como un hermoso manto campestre que constrataba con la ciudad más cercana, meciendo las plantas crecidas con la brisa. El movimiento del campo al unísono con el viento era como una elegía suave para un recien partido de entre los vivos para él. La naturaleza parecía estar practicando sus pasos de baile, y él tenía la fortuna de poder observarlo. Poco a poco el sol comenzaba a menguar en el firmamento anunciando la llegada del ocaso, largas sombras se iban proyectando entre las plantas y estaba él.
El sepulturero caminaba cuidando no pisar las plantas con ambas botas ya empapadas, usando su mano derecha para evitar que alguna planta crecida por demás le pegase en la cara a medida que avanzaba.
— Te lo digo en serio... —murmuró, mirando hacia adelante sin ver nada más que tallos. — No debe haber nada más que plantas por aquí —Aclaró hablando consigo mismo.
El diminuto esqueleto con una calavera crecida por demás, de no más de veinte centímetros de alto que solo él podía ver, avanzaba por el campo con toda la confianza que solamente un amigo imaginario podría tener.
— Que no vi nada brillar por aquí —Se quejó el muchacho de cabellos violáceos dejando escapar un suspiro colmado de pesadez. — A este paso nos vamos a perder en mitad de la noche en el campo, y no veas para hallar el camino al pueblo cuando baje el sol. Yo no quiero dormir a la intemperie —Protestó en vano mientras seguía a su amigo imaginario pues, quizás, este tenía razón y encontraba algo que lo ayudase en su búsqueda ¿No?
La calaverita enérgicamente se detuvo. Entonces comenzó a agitar sus brazos enérgicamente cuando Eros entre las plantas vislumbró lo que parecía ser una silueta.
— ¿Qué? —preguntó casi en un susurro. Aunque, para variar, sus amigos imaginarios tendían a desaparecer cuando se asustaban dejándolo a él solo para enfrentar las situaciones. — Seguro es un espantapájaros —murmuró casi asumiendo su derrota contra sus propias alucinaciones. Pero no, era distinto. Había una silueta abrazando un espantapajaros.
Tragó con nerviosismo. Se podía decir muchas cosas de Eros Focalor, pero no precisamente que era un cobarde. Pese a su miedo, dio un par de pasos al frente lentamente como una criatura que acechaba de entre las plantas.
Eros sintió el corazón en la garganta. Era quizás... Definitivamente...
Elevó la voz cuando el pensamiento llegó a su cabeza. Aterrado tapo su boca, sabía que era tarde y ahora el fantasma que rondaba los arrozales le iba a dar caza. Entonces avanzó, pues claro, ante el miedo el siempre daba un paso hacia adelante. Puso ambas manos en alto.
— ¡F-Fuera fantasma! ¡No hay lugar para tí en este arro... Arro... Arrozal! ¡D-Deja de poseer a es espa-pa-pa-pantajaros!
Pero fue el sol en el horizonte, el crepúsculo, la posición relativa, la perspectiva y su mala vista pues. Teniéndola en frente notó que solo era una persona tan viva como él, seguramente un poquito más.
— Te digo que no hay nada —Exclamó ¿Para quien? Para él.
Los arrozales de Isla Karate se extendían como un hermoso manto campestre que constrataba con la ciudad más cercana, meciendo las plantas crecidas con la brisa. El movimiento del campo al unísono con el viento era como una elegía suave para un recien partido de entre los vivos para él. La naturaleza parecía estar practicando sus pasos de baile, y él tenía la fortuna de poder observarlo. Poco a poco el sol comenzaba a menguar en el firmamento anunciando la llegada del ocaso, largas sombras se iban proyectando entre las plantas y estaba él.
El sepulturero caminaba cuidando no pisar las plantas con ambas botas ya empapadas, usando su mano derecha para evitar que alguna planta crecida por demás le pegase en la cara a medida que avanzaba.
— Te lo digo en serio... —murmuró, mirando hacia adelante sin ver nada más que tallos. — No debe haber nada más que plantas por aquí —Aclaró hablando consigo mismo.
El diminuto esqueleto con una calavera crecida por demás, de no más de veinte centímetros de alto que solo él podía ver, avanzaba por el campo con toda la confianza que solamente un amigo imaginario podría tener.
— Que no vi nada brillar por aquí —Se quejó el muchacho de cabellos violáceos dejando escapar un suspiro colmado de pesadez. — A este paso nos vamos a perder en mitad de la noche en el campo, y no veas para hallar el camino al pueblo cuando baje el sol. Yo no quiero dormir a la intemperie —Protestó en vano mientras seguía a su amigo imaginario pues, quizás, este tenía razón y encontraba algo que lo ayudase en su búsqueda ¿No?
La calaverita enérgicamente se detuvo. Entonces comenzó a agitar sus brazos enérgicamente cuando Eros entre las plantas vislumbró lo que parecía ser una silueta.
— ¿Qué? —preguntó casi en un susurro. Aunque, para variar, sus amigos imaginarios tendían a desaparecer cuando se asustaban dejándolo a él solo para enfrentar las situaciones. — Seguro es un espantapájaros —murmuró casi asumiendo su derrota contra sus propias alucinaciones. Pero no, era distinto. Había una silueta abrazando un espantapajaros.
Tragó con nerviosismo. Se podía decir muchas cosas de Eros Focalor, pero no precisamente que era un cobarde. Pese a su miedo, dio un par de pasos al frente lentamente como una criatura que acechaba de entre las plantas.
Eros sintió el corazón en la garganta. Era quizás... Definitivamente...
— ¿¡F-Fantasma!?
Elevó la voz cuando el pensamiento llegó a su cabeza. Aterrado tapo su boca, sabía que era tarde y ahora el fantasma que rondaba los arrozales le iba a dar caza. Entonces avanzó, pues claro, ante el miedo el siempre daba un paso hacia adelante. Puso ambas manos en alto.
— ¡F-Fuera fantasma! ¡No hay lugar para tí en este arro... Arro... Arrozal! ¡D-Deja de poseer a es espa-pa-pa-pantajaros!
Pero fue el sol en el horizonte, el crepúsculo, la posición relativa, la perspectiva y su mala vista pues. Teniéndola en frente notó que solo era una persona tan viva como él, seguramente un poquito más.
