27-11-2025, 05:20 AM
Sería una mentira barata decir que perdí la noción del tiempo aquí dentro. No, yo sé exactamente cuántos días, horas, minutos y malditos segundos llevo encerrado en este hueco que llaman celda. Lo cuento todo, es la única forma de no olvidar quién soy mientras intento no sofocarme con este olor a óxido, humedad y estupidez humana y claro que podría salir cuando quisiera. Mis manos, mis piernas, mi propio cuerpo son más que suficientes para romper estas paredes raídas, pero no lo hago. No por ellos, sino por mí, porque si me escapo sin juicio, entonces les regalo la satisfacción de creer que tenían razón y no pienso concederle nada a esta guardia mediocre.
Algunos le dirían a este sitio ¨infierno¨. Yo simplemente lo llamo por lo que es, un intento torpe de matar a un hombre antes siquiera de escucharlo, pero entre todas las cosas que esta isla pretende saber sobre mí, hay una sola verdad que llevo clavada en los huesos, aunque a estos idiotas de Samba les cueste entenderlo, soy inocente, por no decir que soy una víctima del mal al que la marina y los reinos llaman Gobierno mundial.
Me encontraba sentado en el suelo helado de esta celda miserable, con la espalda apoyada en una pared que se sentía igual de muerta que el ambiente. Tenía las manos posadas sobre los barrotes, ese hierro frío y oxidado que parecía querer contagiarme su podredumbre. Hacía horas que habían dejado la miseria que llaman comida, un cuenco de gachas que olían a trapo viejo y un vaso de agua que probablemente llevaba más días estancada que yo aquí dentro. Ni me digné a mirarlos, prefería aguantar el hambre antes que permitir que algo tan repugnante entrara a mi cuerpo. Normalmente, después de esa porquería, el celador idiota, el mismo que lleva días trayéndome la comida como si estuviera alimentando a un perro callejero, venía a reírse de mí, a recordarme que soy ¨el único prisionero de este maldito lugar¨, como si fuera un chiste del que él estuviese orgulloso, pero hoy ya ni eso me importaba. Si venía, bien, si no, mejor y entonces la escuché.
No era su voz. No era la del imbécil de siempre, era otra, más firme, más segura, demasiado limpia para pertenecer a alguien de aquí. Escuché cómo hablaba con el celador, ambos lo bastante lejos como para que no pudiera verlos, pero no tan lejos como para que mis oídos no captaran cada palabra que decían, entonces alcé lentamente la vista hacia el pasillo oscuro, sintiendo cómo el aire cambiaba, algo o alguien nuevo había llegado y eso, en un sitio donde nada cambia, significa problemas o una oportunidad.
La charla entre esos dos apenas duró un par de minutos, pero suficiente para despertarme cierta intriga. No alcanzaba a distinguir todas las palabras, pero el tono, oh ese tono sí lo capté, tenso, incómodo, como cuando alguien está a punto de hacer una estupidez demasiado grande para echarse atrás y entonces ocurrió, un disparo, seco, lejano, pero tan claro que me atravesó el pecho como si hubiera sido dirigido a mí. El sonido rebotó en las paredes de piedra y me encogí de inmediato, apretando los dientes. No fue aquí, no fue para mí, pero eso no impidió que mi cuerpo reaccionara como si el infierno entero se hubiera abierto bajo mis pies.
No pensé en el celador, ni en si el otro tipo lo había matado, eso me daba igual, lo que me hundió fue la memoria, ese disparo, ese maldito, único disparo que selló la muerte de mi pequeña, el mismo que se llevó su risa, su voz, su vida y que todavía, tantos meses después, sigue sonando en mi cabeza como si no hubiera pasado un solo día, sentí el estómago revolverse y la vista nublarse en mi por un instante. Mi corazón golpeaba contra mis costillas como queriendo escapar, pero me obligué a mantenerme de pie, a respirar hondo, a no caer de rodillas como un desgraciado incapaz de enfrentar un simple sonido.
La impotencia me quemó por dentro, un gyojin como yo, con mi fuerza, con mi tamaño, con todo lo que he sobrevivido ¿Y aún así un disparo basta para desarmarme por dentro? Apreté los barrotes hasta que mis nudillos se pusieron blancos y es que soy fuerte, lo sé, pero ese sonido, ese maldito sonido siempre encontrará la forma de recordarme que no fui lo suficientemente fuerte cuando importaba. Los pasos que resonaban en el pasillo no eran los de un guardia común, eran firmes, pesados, casi calculados y cada uno me apretaba el pecho un poco más, no porque temiera por mi vida, eso hace mucho que dejó de importarme, sino porque por un instante pensé que quizá y solo quizá era uno de ellos, los mismos bastardos que me habían secuestrado, los mismos que dispararon, los mismos que me arrebataron a mi hija.
Mi mente corrió más rápido que mis propios latidos, preparándose para hundirse bajo tierra y destrozar a cualquiera que intentara siquiera acercarse, pero algo no encajaba en ese cuadro, el celador lo llamó señor. ¿“Señor”? ¿A un cazador de niños? ¿A un criminal? No tenía ningún sentido, pero cuando la figura finalmente apareció frente a la celda, todo ese revoltijo de miedo, sospecha y furia simplemente se disipó. No porque se calmara, sino porque se transformó en otra cosa.
Era un humano, ropajes azules y blancos, una capa demasiado limpia para este basurero y un porte que ningún rufián ni mercenario podría imitar, un marine y no un soldado raso, sino alguien con rango, con presencia, con autoridad suficiente para que incluso ese celador idiota se cuadrara como si le hubieran metido un palo en la espalda. ¿Pero qué rayos hacía un marine aquí? ¿En esta celda? ¿En esta ciudad donde nadie mete mano en nada que realmente importa?
Cuando me saludó con aquella voz tranquila, educada, casi amable, fue peor. La cortesía siempre me ha sabido a veneno cuando viene de gente uniformada, lo miré directo a los ojos, aunque no podia verlos, tenia unos lentes tan negros como el mismo abismo, aún apoyado en los barrotes, con la mandíbula tensa y la respiración forzada por el recuerdo del disparo que aún vibraba en mis huesos. —¿Vienes a burlarte, marino? —escupí con un tono seco y frío, porque si algo tengo claro es que si alguien se acerca a un hombre injustamente encerrado, no es por amabilidad, nunca.
La voz del marine siguió fluyendo como si mis palabras hubieran sido humo, como si el veneno que le lancé no tuviera peso alguno. Esa tranquilidad, esa compostura nunca me ha gustado la gente que puede sostener una mirada o siquiera una presencia sin inmutarse, pero lo que realmente me descolocó fue ver Spien, mi estoque, mi única pieza de familia que aún me queda, colgando de su espalda como si fuera un simple recuerdo recogido del suelo.
Se me tensó la mandíbula. Se me crispó la piel, mis dedos se apretaron contra los hierros, la sensación fría del metal casi crujió bajo mi agarre y ahí estaba él, hablando de justicia, ellos siempre hablan de justicia, una justicia que nunca llega a quienes realmente la necesitan, una justicia que no salvó a mi hija, una justicia que dejó libre a sus asesinos y al principio pensé en rechazarlo. Mandarlo al diablo, a la Marina entera y su sentido de moral acomodada, no quería ser parte de ninguna operación suya, ningún favor militar ni ninguna misión que me pusiera bajo su sombra.
Pero entonces lo escuché decir, cazadores de personas, en esta isla, cerca de mí, demasiado cerca y allí fue cuando algo dentro de mí se quebró y se volvió filo, me incliné un poco hacia adelante, mis manos rugieron contra los barrotes y casi los arranco de la pared, no por fuerza, sino por rabia, por la clase de rabia que sólo nace cuando uno se entera de que el mismo dolor de su pasado podría estar repitiéndose frente a sus ojos. —¿Conque hay cazadores de personas aquí? —murmuré, y cada palabra salió como si estuviera triturando vidrio con los dientes, quizá uno de esos malnacidos, quizá uno de ellos, quizá el que apretó el gatillo aquella noche, mi respiración se volvió pesada.
—Voy a ayudarte —dije finalmente, no como un gesto de buena voluntad, sino como una sentencia —pero tengo una condición. — Lo miré fijamente, no sé por qué lo hice si sabía que no podía verme, pero igual lo miré, porque algo en él, algo me decía que no necesitaba ojos para leerme, que podía sentir la intención, la tierra, la vibración, mi ira, todo. —Necesito que encuentres la manera de hacerme entrar a la mansión del conde Voldimore. — Ahí estaba mi precio, mi único precio, no quería dinero, no quería un favor, no quería un perdón de la Marina, solo quería entrar ahí, aunque fuera lo último que hiciera.
—No intentes engañarme, marino —le advertí, con una calma que me costó horrores sostener —Si quieres un trato justo, lo tendremos. Cada quien cumple su parte. ¿Qué dices? — Extendí mi mano hacia adelante, mis nudillos chocaron levemente contra los barrotes, un sonido metálico, corto, seco, que sabía que su oído entrenado captaría con claridad y allí me quedé, mi mano firme, tensa, esperando, no como un gesto de amistad, sino como un pacto, uno de esos pactos marcado por la rabia, por la necesidad y por la justicia que ambos parecíamos buscar, por razones muy distintas.
Algunos le dirían a este sitio ¨infierno¨. Yo simplemente lo llamo por lo que es, un intento torpe de matar a un hombre antes siquiera de escucharlo, pero entre todas las cosas que esta isla pretende saber sobre mí, hay una sola verdad que llevo clavada en los huesos, aunque a estos idiotas de Samba les cueste entenderlo, soy inocente, por no decir que soy una víctima del mal al que la marina y los reinos llaman Gobierno mundial.
Me encontraba sentado en el suelo helado de esta celda miserable, con la espalda apoyada en una pared que se sentía igual de muerta que el ambiente. Tenía las manos posadas sobre los barrotes, ese hierro frío y oxidado que parecía querer contagiarme su podredumbre. Hacía horas que habían dejado la miseria que llaman comida, un cuenco de gachas que olían a trapo viejo y un vaso de agua que probablemente llevaba más días estancada que yo aquí dentro. Ni me digné a mirarlos, prefería aguantar el hambre antes que permitir que algo tan repugnante entrara a mi cuerpo. Normalmente, después de esa porquería, el celador idiota, el mismo que lleva días trayéndome la comida como si estuviera alimentando a un perro callejero, venía a reírse de mí, a recordarme que soy ¨el único prisionero de este maldito lugar¨, como si fuera un chiste del que él estuviese orgulloso, pero hoy ya ni eso me importaba. Si venía, bien, si no, mejor y entonces la escuché.
No era su voz. No era la del imbécil de siempre, era otra, más firme, más segura, demasiado limpia para pertenecer a alguien de aquí. Escuché cómo hablaba con el celador, ambos lo bastante lejos como para que no pudiera verlos, pero no tan lejos como para que mis oídos no captaran cada palabra que decían, entonces alcé lentamente la vista hacia el pasillo oscuro, sintiendo cómo el aire cambiaba, algo o alguien nuevo había llegado y eso, en un sitio donde nada cambia, significa problemas o una oportunidad.
La charla entre esos dos apenas duró un par de minutos, pero suficiente para despertarme cierta intriga. No alcanzaba a distinguir todas las palabras, pero el tono, oh ese tono sí lo capté, tenso, incómodo, como cuando alguien está a punto de hacer una estupidez demasiado grande para echarse atrás y entonces ocurrió, un disparo, seco, lejano, pero tan claro que me atravesó el pecho como si hubiera sido dirigido a mí. El sonido rebotó en las paredes de piedra y me encogí de inmediato, apretando los dientes. No fue aquí, no fue para mí, pero eso no impidió que mi cuerpo reaccionara como si el infierno entero se hubiera abierto bajo mis pies.
No pensé en el celador, ni en si el otro tipo lo había matado, eso me daba igual, lo que me hundió fue la memoria, ese disparo, ese maldito, único disparo que selló la muerte de mi pequeña, el mismo que se llevó su risa, su voz, su vida y que todavía, tantos meses después, sigue sonando en mi cabeza como si no hubiera pasado un solo día, sentí el estómago revolverse y la vista nublarse en mi por un instante. Mi corazón golpeaba contra mis costillas como queriendo escapar, pero me obligué a mantenerme de pie, a respirar hondo, a no caer de rodillas como un desgraciado incapaz de enfrentar un simple sonido.
La impotencia me quemó por dentro, un gyojin como yo, con mi fuerza, con mi tamaño, con todo lo que he sobrevivido ¿Y aún así un disparo basta para desarmarme por dentro? Apreté los barrotes hasta que mis nudillos se pusieron blancos y es que soy fuerte, lo sé, pero ese sonido, ese maldito sonido siempre encontrará la forma de recordarme que no fui lo suficientemente fuerte cuando importaba. Los pasos que resonaban en el pasillo no eran los de un guardia común, eran firmes, pesados, casi calculados y cada uno me apretaba el pecho un poco más, no porque temiera por mi vida, eso hace mucho que dejó de importarme, sino porque por un instante pensé que quizá y solo quizá era uno de ellos, los mismos bastardos que me habían secuestrado, los mismos que dispararon, los mismos que me arrebataron a mi hija.
Mi mente corrió más rápido que mis propios latidos, preparándose para hundirse bajo tierra y destrozar a cualquiera que intentara siquiera acercarse, pero algo no encajaba en ese cuadro, el celador lo llamó señor. ¿“Señor”? ¿A un cazador de niños? ¿A un criminal? No tenía ningún sentido, pero cuando la figura finalmente apareció frente a la celda, todo ese revoltijo de miedo, sospecha y furia simplemente se disipó. No porque se calmara, sino porque se transformó en otra cosa.
Era un humano, ropajes azules y blancos, una capa demasiado limpia para este basurero y un porte que ningún rufián ni mercenario podría imitar, un marine y no un soldado raso, sino alguien con rango, con presencia, con autoridad suficiente para que incluso ese celador idiota se cuadrara como si le hubieran metido un palo en la espalda. ¿Pero qué rayos hacía un marine aquí? ¿En esta celda? ¿En esta ciudad donde nadie mete mano en nada que realmente importa?
Cuando me saludó con aquella voz tranquila, educada, casi amable, fue peor. La cortesía siempre me ha sabido a veneno cuando viene de gente uniformada, lo miré directo a los ojos, aunque no podia verlos, tenia unos lentes tan negros como el mismo abismo, aún apoyado en los barrotes, con la mandíbula tensa y la respiración forzada por el recuerdo del disparo que aún vibraba en mis huesos. —¿Vienes a burlarte, marino? —escupí con un tono seco y frío, porque si algo tengo claro es que si alguien se acerca a un hombre injustamente encerrado, no es por amabilidad, nunca.
La voz del marine siguió fluyendo como si mis palabras hubieran sido humo, como si el veneno que le lancé no tuviera peso alguno. Esa tranquilidad, esa compostura nunca me ha gustado la gente que puede sostener una mirada o siquiera una presencia sin inmutarse, pero lo que realmente me descolocó fue ver Spien, mi estoque, mi única pieza de familia que aún me queda, colgando de su espalda como si fuera un simple recuerdo recogido del suelo.
Se me tensó la mandíbula. Se me crispó la piel, mis dedos se apretaron contra los hierros, la sensación fría del metal casi crujió bajo mi agarre y ahí estaba él, hablando de justicia, ellos siempre hablan de justicia, una justicia que nunca llega a quienes realmente la necesitan, una justicia que no salvó a mi hija, una justicia que dejó libre a sus asesinos y al principio pensé en rechazarlo. Mandarlo al diablo, a la Marina entera y su sentido de moral acomodada, no quería ser parte de ninguna operación suya, ningún favor militar ni ninguna misión que me pusiera bajo su sombra.
Pero entonces lo escuché decir, cazadores de personas, en esta isla, cerca de mí, demasiado cerca y allí fue cuando algo dentro de mí se quebró y se volvió filo, me incliné un poco hacia adelante, mis manos rugieron contra los barrotes y casi los arranco de la pared, no por fuerza, sino por rabia, por la clase de rabia que sólo nace cuando uno se entera de que el mismo dolor de su pasado podría estar repitiéndose frente a sus ojos. —¿Conque hay cazadores de personas aquí? —murmuré, y cada palabra salió como si estuviera triturando vidrio con los dientes, quizá uno de esos malnacidos, quizá uno de ellos, quizá el que apretó el gatillo aquella noche, mi respiración se volvió pesada.
—Voy a ayudarte —dije finalmente, no como un gesto de buena voluntad, sino como una sentencia —pero tengo una condición. — Lo miré fijamente, no sé por qué lo hice si sabía que no podía verme, pero igual lo miré, porque algo en él, algo me decía que no necesitaba ojos para leerme, que podía sentir la intención, la tierra, la vibración, mi ira, todo. —Necesito que encuentres la manera de hacerme entrar a la mansión del conde Voldimore. — Ahí estaba mi precio, mi único precio, no quería dinero, no quería un favor, no quería un perdón de la Marina, solo quería entrar ahí, aunque fuera lo último que hiciera.
—No intentes engañarme, marino —le advertí, con una calma que me costó horrores sostener —Si quieres un trato justo, lo tendremos. Cada quien cumple su parte. ¿Qué dices? — Extendí mi mano hacia adelante, mis nudillos chocaron levemente contra los barrotes, un sonido metálico, corto, seco, que sabía que su oído entrenado captaría con claridad y allí me quedé, mi mano firme, tensa, esperando, no como un gesto de amistad, sino como un pacto, uno de esos pactos marcado por la rabia, por la necesidad y por la justicia que ambos parecíamos buscar, por razones muy distintas.
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