Todo tipo de servico, todo tipo de etiquetas [Pasad | Asherah Bel-Nadin | +18}
#4
Al caminar hice sonar mis pulseras conforme elevaba las manos y acomodaba mi tiara para mitigar los nervios, de esos que se me pegan cuando la injusticia me roza, y finalizaba jalando la tela de mi polera sobre el busto de llegada a la mesa. Él se movía con una ligereza que llamaba la atención; yo iba atenta a no arrastrar nada con la capa. La alfombra tragaba cada paso como si quisiera comerse el silencio que quedaba entre nosotros.

— Nervios o no — murmuré mientras me sentaba en ese asiento adaptado que parecía más un trono que una silla — igual podrían avisar que atienden cuando se alinean los astros. Digo… una señal mínima. Un guiño. Algo. Es todo un tema.

Mi nuevo compañero de mesa se acomodó a mi izquierda con un respeto que no esperaba. No solemos ser muy ceremoniales entre los nuestros —la caída te quita varios gustos— pero él tenía ese aire ordenado, casi refinado, como alguien que aprendió a sobrevivir sin perder la compostura.

Cuando se presentó, levanté con gracilidad la mirada tomando el menú entre las manos.

—Asherah — respondí— Un gusto también.

Y ahí soltó la observación que estuvo colgando en el aire desde el primer momento en su mirada: el parecido. Sus alas hicieron ese pequeño aleteo orgulloso, como un gesto automático. Las mías —plegadas, escondidas bajo la capa— se tensaron por reflejo.

— Parecido tenemos, claro, somos de la misma raza… — dije con un tono que buscó ser liviano, aunque la obviedad me pinchó por dentro — Pero los demás en su mayoría nos miran creyendo que somos mitos o señales de mal agüero. O de buena suerte, según el idiota que toque dependiendo el día, hhh-heh-hhh. — Mi risa fue breve, casi seca, pero no mala. Simplemente honesta.

Y entonces llegó el mesero.

El pobre Mink temblaba más que una lámpara en tormenta, pero aun así logró dirigir la voz hacia mí, obviando por completo la existencia de Heras. Pensaba ordenar algo suave —arroz al vapor, pescado al té, nada que me pusiera el estómago en guerra— pero el intercambio que siguió me heló la sangre.

Tomé aire como si el té caliente de la mesa pudiera entrar directo a mis pulmones y calmarme. No funcionó, pero al menos me dio un segundo para ordenar la avalancha que se venía. Heras acababa de recibir un “asco no, váyase” en un restaurante que, sinceramente, no estaba a la altura de tanto rojo, tanto dorado ni tanta soberbia. Y de golpe hizo ademán de levantarse.

NO.

Ni loca dejaba que lo echaran así delante mío. Era todo un tema, pero había líneas que no se cruzaban… al menos no sin tropezarse conmigo primero.

Extendí la mano hacia él —sin tocarlo, sólo una indicación clara— y me incorporé un poco, enderezando la espalda. Mis alas siguieron el movimiento con un leve temblor metálico al descubrirse, ese que a veces aparece cuando mi balanza interior se mueve un poquito hacia un alineamiento punzante. No siempre lo controlo, pero tampoco me molesta usarlo cuando corresponde.

— Sentate — murmuré, con una firmeza suave pero imposible de discutir — Todavía no terminamos acá.

El mesero pegó un respingo, como si recién se diera cuenta de que yo no era una estatua gigante apoyada en la silla. Pobre. La ignorancia es liviana hasta que te cae encima desde cuatro metros de altura.

— Disculpá — dije, girando la cabeza apenas hacia él, con esa sonrisa que no es sonrisa, la que uso para negociar piezas valiosas y para desactivar idiotas — Creo que hay un malentendido. Él es mi invitado. Y vos estás levantándole la voz a una clienta con reservación… algo inusual, ¿no?

Lo miré a los ojos. Sin parpadear. Sin dejar que se escondiera en ningún rincón del salón.

— No me interesa la etiqueta de este local — continué, suave como sedas caras, firme como un serrucho — Me interesa comer. Y si él no cumple su estándar de vestimenta, entonces ajusten el estándar, porque dudo que alguien aquí pueda pedirle a un Lunarian que se disfrace para encajar en una posible noche de lluvia.

Un segundo de silencio. Tenso.

Otro.

El mesero abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir como si buscara oxígeno. Tal vez lo estaba. O tal vez estaba pensando cuánto podría costarle desafiar a una mujer que, por tamaño y porte, podría sentarse tranquilamente en el trono ese del Rey del Kárate y nadie se animaría a pedirle pruebas de identidad... bueno, quizás exageraba, pero las primeras impresiones hacen mella.

— Si todavía es un problema — añadí — llamá al gerente. Pero no quiero volver a escuchar “asco” en referencia a ningún cliente. Ni hoy, ni nunca.

El mink bajó la cabeza. Murmuró algo parecido a un “disculpe” y retrocedió un paso. Todavía temblaba, pero al menos no insistió.

Lo dejé irse y recién ahí me giré hacia Heras — Sentate — repetí por si todavía no lo habia hecho o incluso para bajarlo a tierra, esta vez con un tono más cálido — No pienso comer sola y mucho menos dejar que alguien te trate como si fueras un trapo. Si necesitan adaptarse a vos, que se adapten. No sos vos el problema.

Me acomodé en mi silla y dejé caer un mechón rebelde detrás de la oreja. La tensión del momento se me escurrió en un suspiro largo.

— Además — agregué mientras le alcanzaba la carta lacada para que la viera también — vine a comer bien. Y algo me dice que si te vas, el gusto se me arruina. Y ya tuve suficiente mal gusto últimamente.
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RE: Todo tipo de servico, todo tipo de etiquetas [Pasad | Asherah Bel-Nadin} - por Asherah Bel-Nadin - 28-11-2025, 06:04 AM

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