28-11-2025, 07:07 PM
(Última modificación: 29-11-2025, 01:32 PM por Tensui Marlin.)
—Como lo veo yo—exhalé despacio, dejando que cada palabra saliera cargada de la seguridad que solo da la verdad — sin mí no puedes completar tu cometido. — Levanté la barbilla apenas, no en desafío, sino en absoluta certeza, mis dedos golpearon suavemente el metal, un sonido hueco, sin burla, solo con seguridad. —A diferencia de mí, que sin ti puedo salir de aquí cuando me dé la gana. — No hubo arrogancia, solo hechos, solo la simple constatación de que estos barrotes jamás han sido un obstáculo real para un hombre que nada por la tierra como si fuera agua, entonces lo miré desde mi sombra, respirando hondo. Porque, aunque podía marcharme a mi estilo y hundirme en el suelo, desaparecer sin rastro, dejar esta jaula y esta isla atrás, hacerlo así sería desperdiciar la oportunidad que él representaba.
—Pero hacerlo a través de ti —continué, con mi voz grave, tranquila y firme— sería mejor— no por él, tampoco por la Marina y mucho menos por ningún ideal barato, sino porque tendría la cooperación de alguien a quien no le importa el “qué dirán”, alguien que está dispuesto a ensuciarse las manos con tal de llegar al fondo de este asunto y ahí estaba la verdad desnuda, yo no necesitaba al marine para escapar, pero sí podía ayudarlo y luego usarlo para algo más grande, para algo que realmente importaba.
Me tomó por sorpresa lo fácil que aceptó el trato. No dudó, no cuestionó, no intentó endulzar la propuesta ni disfrazarla con palabras bonitas; simplemente la tomó como si fuera un veredicto. Escuché lo que dijo después, claro que lo hice, pero no respondí, ya habíamos hablado suficiente, al final de cuentas, el acuerdo estaba hecho y cualquier cosa adicional habría sido pura pérdida de tiempo.
Yo cumpliría con el trabajo sucio que él necesitaba, y a cambio él abriría para mí las puertas de la mansión del conde Voldimore, ese nido de secretos donde, con suerte, encontraría las respuestas que buscaba. Para mí, eso bastaba. Él conseguía a su muerto, y yo un acceso que de otra forma sería imposible, un trato limpio, directo. Un ganar–ganar y si todo salía como esperaba, quizá también sería un paso más hacia la justicia que yo mismo llevaba años persiguiendo.
Esperé unos treinta minutos después de que él se marchara, sentado en aquella celda como si todavía fuera preso, con mi estoque ya enfundando en su sitio, y mi sartén bien amarrado en mi espalda, tomé de aquel saco unos binoculares y algo interesante que me parecía suficientemente interesante como para llevar al menos dos, dos granadas de humo, no harían daño, ni mucho ruido, pero el humo siempre es un buen distractor cuando uno llega por tierra, solo para asegurarme de que ningún idiota de la guardia intentara jugar al héroe de último momento. Cuando por fin decidí moverme, no escapé nadando bajo tierra como suelo hacer. No. Salí caminando por la puerta abierta, con paso firme, tranquilo, con esa sensación rara de quien acaba de ser liberado, no para “rehacer su vida” ni para “buscar un camino distinto”, sino para hacer exactamente lo que sabe hacer, enfrentar de frente al desgraciado que tiene que caer.
Caminé como si el mundo entero me perteneciera, como si cada adoquín bajo mis pies estuviera ahí para sostener mi voluntad. Aunque la verdad era mucho más simple y cruda, no iba en busca de gloria, ni de venganza todavía, solo de un malnacido, un incompetente que quizás, solo quizás, tuvo algo que ver con aquello que destruyó mi vida y si resulta que no fue él, bueno, igual le estaría quitando de encima a otro parásito al mundo.
Al llegar, me oculté entre unos matorrales lo bastante densos como para tragarme entero. Saqué los binoculares que había tomado del saco en la celda, uno de los pocos artefactos que tomé de la bolsa que me dio el marino y observé con calma cada ventana, cada sombra, cada movimiento. Conté diez guardias en total, si, diez. Bien armados, disciplinados o eso creerían ellos, para mí no eran más que obstáculos respirando, nada que realmente pudiera detenerme.
Mientras los vigilaba, tracé el plan en mi cabeza con la precisión de quien ya ha hecho cosas peores. Cuando uno de los guardias dio la espalda, aproveché el instante y lancé con fuerza una de las granadas de humo hacia el túnel cercano, la más próxima entrada al sistema subterráneo. El artefacto rodó un par de vueltas y, al activarse, empezó a escupir una cantidad absurda de humo, como si de pronto una nube entera hubiera decidido nacer ahí mismo, funcionó al instante, todos los guardias corrieron hacia la bocanada espesa, empujándose entre ellos, intentando averiguar qué clase de desgracia estaba ocurriendo. En segundos, se amontonaron en la entrada del túnel, justo donde yo quería que estuvieran. Eran diez hombres, bien armados y completamente ciegos, ahora era mi momento.
Me deslicé bajo la tierra con la misma calma con la que un depredador deja de respirar antes de atacar. El suelo me recibió como si todavía fuera agua, y avancé entre las rocas sin prisa, sin dudas, sin permitir que ningún pensamiento, ni siquiera los viejos, estorbara la única conclusión aceptable, esos hombres estaban muertos desde el momento en que decidieron ver el humo, cuando emergí detrás de ellos, desenvainé mi estoque con la precisión que da una vida entera de trabajar con las manos y matar sólo cuando es necesario. Una sola estocada para cada uno; directa al corazón, limpia, silenciosa. No hubo gritos, no hubo súplicas. Lo último que escucharon fue el latido que les quedaba.
Sus cuerpos cayeron juntos, como si la tierra los reclamara antes de que pudieran manchar más el aire. Desde la ventana opaca del segundo nivel, aquel bastardo seguía entregado a sus placeres, ajeno al hecho de que sus guardias ya no custodiaban nada. Así es la gente de la superficie, viven con la certeza de que otros morirán por ellos, hasta que descubren que ya no queda nadie a quien pedirle que reciba la bala.
Me sacudí el polvo de la ropa al salir del túnel y avancé entre los cuerpos todavía tibios, dejando que el silencio pesado me envolviera como una manta hecha de ira contenida. El olor a humedad y sangre fresca se mezclaba con el dulzón perfume del campo de cañas cercano, que se extendía a lo lejos como un mar verde mecido por el viento. Trepé por el borde del agujero y me senté sobre la tierra blanda, permitiéndome por primera vez respirar sin el zumbido de la adrenalina en los oídos.
Entonces volví a nadar, si, en tierra, nade y luego me sumergí para bucear hasta donde según yo estaba la casa y emergí en la sala de estar, en el primer piso, buscando las escaleras concretas que me llevarían al segundo piso.
—Pero hacerlo a través de ti —continué, con mi voz grave, tranquila y firme— sería mejor— no por él, tampoco por la Marina y mucho menos por ningún ideal barato, sino porque tendría la cooperación de alguien a quien no le importa el “qué dirán”, alguien que está dispuesto a ensuciarse las manos con tal de llegar al fondo de este asunto y ahí estaba la verdad desnuda, yo no necesitaba al marine para escapar, pero sí podía ayudarlo y luego usarlo para algo más grande, para algo que realmente importaba.
Me tomó por sorpresa lo fácil que aceptó el trato. No dudó, no cuestionó, no intentó endulzar la propuesta ni disfrazarla con palabras bonitas; simplemente la tomó como si fuera un veredicto. Escuché lo que dijo después, claro que lo hice, pero no respondí, ya habíamos hablado suficiente, al final de cuentas, el acuerdo estaba hecho y cualquier cosa adicional habría sido pura pérdida de tiempo.
Yo cumpliría con el trabajo sucio que él necesitaba, y a cambio él abriría para mí las puertas de la mansión del conde Voldimore, ese nido de secretos donde, con suerte, encontraría las respuestas que buscaba. Para mí, eso bastaba. Él conseguía a su muerto, y yo un acceso que de otra forma sería imposible, un trato limpio, directo. Un ganar–ganar y si todo salía como esperaba, quizá también sería un paso más hacia la justicia que yo mismo llevaba años persiguiendo.
Esperé unos treinta minutos después de que él se marchara, sentado en aquella celda como si todavía fuera preso, con mi estoque ya enfundando en su sitio, y mi sartén bien amarrado en mi espalda, tomé de aquel saco unos binoculares y algo interesante que me parecía suficientemente interesante como para llevar al menos dos, dos granadas de humo, no harían daño, ni mucho ruido, pero el humo siempre es un buen distractor cuando uno llega por tierra, solo para asegurarme de que ningún idiota de la guardia intentara jugar al héroe de último momento. Cuando por fin decidí moverme, no escapé nadando bajo tierra como suelo hacer. No. Salí caminando por la puerta abierta, con paso firme, tranquilo, con esa sensación rara de quien acaba de ser liberado, no para “rehacer su vida” ni para “buscar un camino distinto”, sino para hacer exactamente lo que sabe hacer, enfrentar de frente al desgraciado que tiene que caer.
Caminé como si el mundo entero me perteneciera, como si cada adoquín bajo mis pies estuviera ahí para sostener mi voluntad. Aunque la verdad era mucho más simple y cruda, no iba en busca de gloria, ni de venganza todavía, solo de un malnacido, un incompetente que quizás, solo quizás, tuvo algo que ver con aquello que destruyó mi vida y si resulta que no fue él, bueno, igual le estaría quitando de encima a otro parásito al mundo.
Al llegar, me oculté entre unos matorrales lo bastante densos como para tragarme entero. Saqué los binoculares que había tomado del saco en la celda, uno de los pocos artefactos que tomé de la bolsa que me dio el marino y observé con calma cada ventana, cada sombra, cada movimiento. Conté diez guardias en total, si, diez. Bien armados, disciplinados o eso creerían ellos, para mí no eran más que obstáculos respirando, nada que realmente pudiera detenerme.
Mientras los vigilaba, tracé el plan en mi cabeza con la precisión de quien ya ha hecho cosas peores. Cuando uno de los guardias dio la espalda, aproveché el instante y lancé con fuerza una de las granadas de humo hacia el túnel cercano, la más próxima entrada al sistema subterráneo. El artefacto rodó un par de vueltas y, al activarse, empezó a escupir una cantidad absurda de humo, como si de pronto una nube entera hubiera decidido nacer ahí mismo, funcionó al instante, todos los guardias corrieron hacia la bocanada espesa, empujándose entre ellos, intentando averiguar qué clase de desgracia estaba ocurriendo. En segundos, se amontonaron en la entrada del túnel, justo donde yo quería que estuvieran. Eran diez hombres, bien armados y completamente ciegos, ahora era mi momento.
Me deslicé bajo la tierra con la misma calma con la que un depredador deja de respirar antes de atacar. El suelo me recibió como si todavía fuera agua, y avancé entre las rocas sin prisa, sin dudas, sin permitir que ningún pensamiento, ni siquiera los viejos, estorbara la única conclusión aceptable, esos hombres estaban muertos desde el momento en que decidieron ver el humo, cuando emergí detrás de ellos, desenvainé mi estoque con la precisión que da una vida entera de trabajar con las manos y matar sólo cuando es necesario. Una sola estocada para cada uno; directa al corazón, limpia, silenciosa. No hubo gritos, no hubo súplicas. Lo último que escucharon fue el latido que les quedaba.
Sus cuerpos cayeron juntos, como si la tierra los reclamara antes de que pudieran manchar más el aire. Desde la ventana opaca del segundo nivel, aquel bastardo seguía entregado a sus placeres, ajeno al hecho de que sus guardias ya no custodiaban nada. Así es la gente de la superficie, viven con la certeza de que otros morirán por ellos, hasta que descubren que ya no queda nadie a quien pedirle que reciba la bala.
Me sacudí el polvo de la ropa al salir del túnel y avancé entre los cuerpos todavía tibios, dejando que el silencio pesado me envolviera como una manta hecha de ira contenida. El olor a humedad y sangre fresca se mezclaba con el dulzón perfume del campo de cañas cercano, que se extendía a lo lejos como un mar verde mecido por el viento. Trepé por el borde del agujero y me senté sobre la tierra blanda, permitiéndome por primera vez respirar sin el zumbido de la adrenalina en los oídos.
Entonces volví a nadar, si, en tierra, nade y luego me sumergí para bucear hasta donde según yo estaba la casa y emergí en la sala de estar, en el primer piso, buscando las escaleras concretas que me llevarían al segundo piso.
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