28-11-2025, 07:17 PM
—No me digas que te pusiste nervioso por un toque apenas. —Porque la afirmación lejos está de detenerla de hacer lo que quiera, sobre todo cuando la reacción ajena no hace más que entretenerla. Sin querer, el joven está invitando a la peliverde a que siga. Para el infortunio de su nuevo amiguito, ella nunca rechaza una invitación— .Dime, ¿qué harás si me atrevo a hacerlo una vez más?
¿Temblar? ¿Incomodarse más? ¿Podría ir más lejos él? ¿Atacarla, quizá? El abanico de posibilidades es tan amplio, y todas son oportunidades de juego.
—Eros, Eros... —Un nombre particular, acorde a quien lo porta. Tan estirado, tan educado... Tan gracioso, porque nunca había conocido a alguien así—. ¿Qué pistas buscarías aquí, en medio de estos arrozales? —Genuino es el interés, tal como la curiosidad que eleva su ceja—. ¿Un mapa del tesoro? ¿O es que estás perdido? —Allí está otra vez: malicia en sus ojos perezosos y toda la voluntad de saciar la duda de segundos atrás. ¿Hacerlo o hacerlo? Unos segundos esperará—. Alguien podría aprovecharse de eso, ¿sabes?
Una vez más, la distancia cero se vuelve cuando su dedo en el pecho del joven halla lugar y repicotea. Una, dos, tres veces toca, sin desviar los ojos del rostro que tiene al frente.
—¿Te podrías defender aquí entonces? ¿De mí? —Gracioso, ¿no? La manera en que la pregunta se desliza peligrosa de su boca, cuando por la diferencia de alturas es obvio quién pierde—. ¿No tienes miedo de las chicas con fijaciones incomprensibles como yo? Quizás muerdo, y tengo dientes muy afilados. —Los mismos que muestra en una sonrisa, aunque ella se refiere al filo de la daga que, de la nada, ha aparecido y apunta al hombre en el vientre—. Es broma, no te asustes.
Busca hacer que le crea al hundir el arma... que realmente no es un arma, sino un juguete. La punta no hace más que retraerse dentro del mango una vez es presionado contra la tela que viste Eros. Apenas Yuqi jala aquel objeto para sí, vuelve a hacerse presente aquel filo falso.
—Tadá. ¿Qué te pareció? —Como si hubiese sido lo más natural del mundo, irrelevante, pregunta—. Está siendo un éxito en juegos de niños. Ahora todos quieren ser piratas. —Pero lejos estaba eso de ser una queja—. No me digas que te orinaste encima.
Porque de la risa moriría allí mismo.
Sacó un caramelo de algún bolsillo que poseía el vestido, lo desenvolvió y se lo metió en la boca.
—¿Quieres uno? —Ofrecimiento que nada oculto tenía detrás, pues hasta le extendió el caramelo—. Y antes de que digas que no aceptas nada de desconocidos... —Su propio dedo índice la señaló, luego al contrario—. Yuqi, Eros. Eros, Yuqi.
—No somos más desconocidos.
¿Temblar? ¿Incomodarse más? ¿Podría ir más lejos él? ¿Atacarla, quizá? El abanico de posibilidades es tan amplio, y todas son oportunidades de juego.
—Eros, Eros... —Un nombre particular, acorde a quien lo porta. Tan estirado, tan educado... Tan gracioso, porque nunca había conocido a alguien así—. ¿Qué pistas buscarías aquí, en medio de estos arrozales? —Genuino es el interés, tal como la curiosidad que eleva su ceja—. ¿Un mapa del tesoro? ¿O es que estás perdido? —Allí está otra vez: malicia en sus ojos perezosos y toda la voluntad de saciar la duda de segundos atrás. ¿Hacerlo o hacerlo? Unos segundos esperará—. Alguien podría aprovecharse de eso, ¿sabes?
Una vez más, la distancia cero se vuelve cuando su dedo en el pecho del joven halla lugar y repicotea. Una, dos, tres veces toca, sin desviar los ojos del rostro que tiene al frente.
—¿Te podrías defender aquí entonces? ¿De mí? —Gracioso, ¿no? La manera en que la pregunta se desliza peligrosa de su boca, cuando por la diferencia de alturas es obvio quién pierde—. ¿No tienes miedo de las chicas con fijaciones incomprensibles como yo? Quizás muerdo, y tengo dientes muy afilados. —Los mismos que muestra en una sonrisa, aunque ella se refiere al filo de la daga que, de la nada, ha aparecido y apunta al hombre en el vientre—. Es broma, no te asustes.
Busca hacer que le crea al hundir el arma... que realmente no es un arma, sino un juguete. La punta no hace más que retraerse dentro del mango una vez es presionado contra la tela que viste Eros. Apenas Yuqi jala aquel objeto para sí, vuelve a hacerse presente aquel filo falso.
—Tadá. ¿Qué te pareció? —Como si hubiese sido lo más natural del mundo, irrelevante, pregunta—. Está siendo un éxito en juegos de niños. Ahora todos quieren ser piratas. —Pero lejos estaba eso de ser una queja—. No me digas que te orinaste encima.
Porque de la risa moriría allí mismo.
Sacó un caramelo de algún bolsillo que poseía el vestido, lo desenvolvió y se lo metió en la boca.
—¿Quieres uno? —Ofrecimiento que nada oculto tenía detrás, pues hasta le extendió el caramelo—. Y antes de que digas que no aceptas nada de desconocidos... —Su propio dedo índice la señaló, luego al contrario—. Yuqi, Eros. Eros, Yuqi.
—No somos más desconocidos.
