30-11-2025, 09:49 PM
Apenas él me tomó la mano, sentí cómo me subía por el brazo un cosquilleo que no era ni agradable ni ofensivo… era alerta. De esas que se encienden cuando alguien cruza la línea sin medir el paso. Y cuando pasó de mis dedos a mi muñeca… y luego a mi antebrazo… la alerta dejó de ser sugerencia y pasó a ser frontera.
Me acomodé la tiara despacio —clic suave de metal contra metal— y dejé que mis pulseras sonaran al bajar la mano con toda la intención del mundo. Ese sonido, fino y frío, fue mi campanita de “hasta acá”. Enderecé la espalda en la silla, imponente sin esfuerzo, y retiré mi brazo con una naturalidad firme que no dejaba lugar a dudas.
— Cortala — dije, seca pero no brusca — Con las manos, no. No somos tan amigos como para eso.
Bajé apenas la mirada hacia sus dedos, luego volví a sus ojos con una expresión imposible de malinterpretar.
— No confundas lo de recién. Te defendí porque correspondía, porque tengo reglas, porque respeto a quien tengo al lado… no porque esté buscando otra cosa. Si mezclás eso, yo misma te acompaño a la puerta. — Mi voz no subió, pero sí se afiló — Sé poner límites, y los pongo ahora.
Solté un suspiro breve tomando mi taza de té y dándole un sorbo lento; ese que uso cuando necesito bajar la tensión sin romperla.
Fue entonces cuando noté el roce bajo la mesa: un toque fugaz en mi pantorrilla, tibio y mal calculado. No comenté nada; bastaba mi postura para que entendiera que lo había sentido. Y que no lo repitiera.
Esperé a que al fin tomara la carta, que la sostuviera como alguien que vuelve a su eje. Cuando lo hizo, retomé:
— Bien. Hiciste un festival de preguntas… dejame ordenarlas, porque fueron tantas que casi pido un anotador... es todo un tema — murmuré con humor seco, pero sin mala intención.
Señalé con un dedo, marcando cada punto:
— De dónde vengo: de mi casa.
Cuándo llegué: ayer.
Si hay muchos como nosotros: depende de dónde mires.
Si todos son tan altos como yo: no. Tengo mis particularidades.
Lo observé directo, serena, firme como quien sostiene una puerta enorme con dos dedos.
— Y lo de “beibi”… — una sonrisa leve me cruzó, fugaz, sincera — admito que me causó gracia. Pero no lo repitas. No te queda bien y yo no soy tu criatura mitológica personal.
La sonrisa se desvaneció despacio, dejando el terreno nivelado.
— Ahora… lo de ofrecerte como compañía — continué — se puede hablar. Pero desde un lugar más claro. Si querés que esta charla funcione, necesitás bajar un par de cambios: menos manos, menos intensidad súbita, más conversación real.
Tomé otro sorbo de té, dejando que el gesto marcara el ritmo nuevo.
— Probemos algo distinto. En vez de tirarme veinte piropos seguidos o querer adivinarme el origen, haceme una pregunta a la vez. Escuchá. Respondé. Y seguimos. Un ida y vuelta. Sin invadirme, sin correr antes de caminar.
Señalé la carta con un gesto ya relajado, casi casual.
— Pedí lo que quieras y hablame mientras tanto. Pero bien. Tranquilo. Sin adornos innecesarios ni dramatismos prestados. Si vas por ese camino, la charla va a ser más agradable para los dos.
Una sonrisa ladeada, apenas un filo de humor:
— Y si me querés impresionar, intentá con preguntas inteligentes. No con caricias furtivas.
Me recosté en la silla, cómoda en el territorio recién trazado.
— Así que… empecemos de nuevo. Preguntá una sola cosa. La que de verdad quieras saber. Y yo decido si te sigo el paso.
Me acomodé la tiara despacio —clic suave de metal contra metal— y dejé que mis pulseras sonaran al bajar la mano con toda la intención del mundo. Ese sonido, fino y frío, fue mi campanita de “hasta acá”. Enderecé la espalda en la silla, imponente sin esfuerzo, y retiré mi brazo con una naturalidad firme que no dejaba lugar a dudas.
— Cortala — dije, seca pero no brusca — Con las manos, no. No somos tan amigos como para eso.
Bajé apenas la mirada hacia sus dedos, luego volví a sus ojos con una expresión imposible de malinterpretar.
— No confundas lo de recién. Te defendí porque correspondía, porque tengo reglas, porque respeto a quien tengo al lado… no porque esté buscando otra cosa. Si mezclás eso, yo misma te acompaño a la puerta. — Mi voz no subió, pero sí se afiló — Sé poner límites, y los pongo ahora.
Solté un suspiro breve tomando mi taza de té y dándole un sorbo lento; ese que uso cuando necesito bajar la tensión sin romperla.
Fue entonces cuando noté el roce bajo la mesa: un toque fugaz en mi pantorrilla, tibio y mal calculado. No comenté nada; bastaba mi postura para que entendiera que lo había sentido. Y que no lo repitiera.
Esperé a que al fin tomara la carta, que la sostuviera como alguien que vuelve a su eje. Cuando lo hizo, retomé:
— Bien. Hiciste un festival de preguntas… dejame ordenarlas, porque fueron tantas que casi pido un anotador... es todo un tema — murmuré con humor seco, pero sin mala intención.
Señalé con un dedo, marcando cada punto:
— De dónde vengo: de mi casa.
Cuándo llegué: ayer.
Si hay muchos como nosotros: depende de dónde mires.
Si todos son tan altos como yo: no. Tengo mis particularidades.
Lo observé directo, serena, firme como quien sostiene una puerta enorme con dos dedos.
— Y lo de “beibi”… — una sonrisa leve me cruzó, fugaz, sincera — admito que me causó gracia. Pero no lo repitas. No te queda bien y yo no soy tu criatura mitológica personal.
La sonrisa se desvaneció despacio, dejando el terreno nivelado.
— Ahora… lo de ofrecerte como compañía — continué — se puede hablar. Pero desde un lugar más claro. Si querés que esta charla funcione, necesitás bajar un par de cambios: menos manos, menos intensidad súbita, más conversación real.
Tomé otro sorbo de té, dejando que el gesto marcara el ritmo nuevo.
— Probemos algo distinto. En vez de tirarme veinte piropos seguidos o querer adivinarme el origen, haceme una pregunta a la vez. Escuchá. Respondé. Y seguimos. Un ida y vuelta. Sin invadirme, sin correr antes de caminar.
Señalé la carta con un gesto ya relajado, casi casual.
— Pedí lo que quieras y hablame mientras tanto. Pero bien. Tranquilo. Sin adornos innecesarios ni dramatismos prestados. Si vas por ese camino, la charla va a ser más agradable para los dos.
Una sonrisa ladeada, apenas un filo de humor:
— Y si me querés impresionar, intentá con preguntas inteligentes. No con caricias furtivas.
Me recosté en la silla, cómoda en el territorio recién trazado.
— Así que… empecemos de nuevo. Preguntá una sola cosa. La que de verdad quieras saber. Y yo decido si te sigo el paso.
