12-08-2023, 05:46 PM
Aquella persecución le estaba pareciendo tan divertida, en parte, porque era consciente de su propia superioridad, tanto en velocidad como en fuerza. Por su mente pasaron historias de épocas antiguas, esas leyendas que se contaban los marinos sobre sirenas que embaucaban a los hombres y los arrojaban al mar. Seguramente solo se trataba de gyojins, que, como ella, se aprovechaban del desconocimiento del contrario para echarse unas risas, y durante un tiempo funcionó, pues los hombres siempre se mostraron cautos hacia aquella mitológica figura. Aunque hoy en día ya no era así, pues prácticamente todo el mundo conocía aquella raza, aun así, aún quedaba ese extraño misticismo.
Podía oír todo lo que decía, al fin y al cabo estaban chillando, y su cuerpo estaba muy cerca de la superficie. Escuchó la palabra arpón y supo que era momento de concentrarse, aceleró un poco su nado. Estaba casi segura de que podría esquivarlo, aún así sus ojos miraban hacia atrás por voluntad propia, un acto de supervivencia, intentando estar lo más preparada posible. Entonces vio como aquel armatoste de acero se hundía en el agua como un peso muerto, clavándose en el fondo marino.
La curiosidad la carcomió y decidió asomar los ojos por encima de la superficie. ¿Qué estaba haciendo aquel hombre? Primero el pez, ahora el arpón. Sentía como su corazón iba a mil por hora, entre la adrenalina del momento y la emoción de ese último acto casi poético, por un momento pensó que el pecho le explotaría. El hombre saltó al agua de cabeza, la sorpresa de Derya era tal que reaccionó por puro instinto, acercándose rápidamente a él. No tardó ni tres segundos en llegar a su ubicación. Le analizó con la mirada. Parecía tan... inofensivo, debajo del agua. Todos los humanos lo eran, lo que en parte le resultaba encantador.
Volvió a suceder, ese momento mágico y extraño. Ella nadaba cerca de él, sin miedo, dejándose ver y viceversa. La mirada de aquel hombre, con esos ojos azules como el mismo mar parecían irradiar la misma curiosidad que ella sentía. Entonces fue consciente de que el tiempo estaba pasando, de que los humanos, al contrario que ella, no podían respirar bajo el agua. A ver, él podía salir a la superficie cuando quisiera, sin embargo, a Derya no le hacía gracia tener cerca a ese barco, era como si un depredador te mirase desde las alturas. Así que dejándose llevar por sus deseos más egoístas, rompió la cuerda que sujetaba a aquel hombre con el barco de un mordisco, y rápidamente le agarró de ambas manos y salió nadando donde aquel pescador no pudiese encontrarles.
Quería estar a solas con él, ¿eso podía considerarse un secuestro? A Derya ni se le pasó por la mente. Le llevó hasta un claro cercano, lo más rápido que pudo para que no se le acabara el aire a su acompañante. Le sacó hasta la superficie y entonces ambos pudieron observar con claridad el lugar donde estaban. Era una especie de cueva submarina, únicamente accesible por aquel tunel que habían atravesado, sin embargo, no estaba a oscuras, pues justo arriba de ellos había una pequeña abertura circular por la que se colaban como podían los rayos del sol. Era un lugar precioso que Derya había encontrado el otro día, y el primer sitio en el que pensó ir cuando le arrastró con ella. Se quedó mirandole muy de cerca, con sus cuerpos casi pegados debajo del agua. Se sentía como si hubiese encontrado a un extraño espécimen, un humano único. El corazón le iba tan rápido que le daba incluso vergüenza, así que no se atrevió a decir ni una palabra, por si por desgracia, arruinaba aquel momento tan especial.
