02-12-2025, 12:32 AM
El anciano permaneció inmóvil durante unos segundos que se hicieron densos como el aire antes de una tormenta. Sus ojos, profundamente hundidos, se movían entre Ryota y Runin con un brillo inquietante, como si intentara seguir varias conversaciones invisibles al mismo tiempo. Algunas veces parecía a punto de reír, otras a punto de llorar, y en un par de momentos incluso susurró algo para sí mismo, como si discutiera con alguien que solo él podía escuchar.
Las palabras sobre dinero, peleas clandestinas, fuerza, el festival, las promesas…
Le removieron algo por dentro, lo rompieron un poco más.
Finalmente apretó el bo, y el crujido de la madera en sus manos fue como un disparo silencioso.
Su postura cambió por completo.
Los pies se anclaron, el centro bajó, los músculos tensos bajo la piel curtida.
Una postura tan perfecta que resultaba incompatible con la mirada desquiciada que llevaba.
-El niño… -susurró con un temblor retorcido en la boca- Él es mi diamante. Él entiende. Él obedece. Él sirve. Y vosotros… venís aquí… a hablarme… a tentarme… a quitarme lo único que funciona…
Una risa rota escapó de su garganta.
Breve y seca, completamente fuera de lugar.
-Si queréis su sitio… si queréis mis contactos… si queréis entrar en mis peleas… entonces demostradlo -Sus ojos se abrieron demasiado, como si el brillo de la locura los expandiera- Demostrad que valéis MÁS que él. Que valéis más que su inútil padre.
Demostrad que no sois ruido… sino fuerza.
No hubo aviso.
El maestro se lanzó hacia adelante con una velocidad increíble para su edad, moviéndose como un resorte humano al borde de estallar. El bo surcó el aire en un arco horizontal, rápido, limpio, preciso… y completamente decidido, buscando al chico que tenía delante. No fue un golpe mortal, pero sí uno que buscaba quebrar guardias, medir reflejos y forzar una respuesta inmediata.
Un juicio.
Un examen.
Un castigo.
-¡DEMOSTRADLO! -bramó con un temblor en la voz que resonó como si fueran dos voces superpuestas—.
¡Demostrad que merecéis RESPIRAR en mi dojo!
El bo descendió, y el combate comenzó bajo las sombras del bambú.
Las palabras sobre dinero, peleas clandestinas, fuerza, el festival, las promesas…
Le removieron algo por dentro, lo rompieron un poco más.
Finalmente apretó el bo, y el crujido de la madera en sus manos fue como un disparo silencioso.
Su postura cambió por completo.
Los pies se anclaron, el centro bajó, los músculos tensos bajo la piel curtida.
Una postura tan perfecta que resultaba incompatible con la mirada desquiciada que llevaba.
-El niño… -susurró con un temblor retorcido en la boca- Él es mi diamante. Él entiende. Él obedece. Él sirve. Y vosotros… venís aquí… a hablarme… a tentarme… a quitarme lo único que funciona…
Una risa rota escapó de su garganta.
Breve y seca, completamente fuera de lugar.
-Si queréis su sitio… si queréis mis contactos… si queréis entrar en mis peleas… entonces demostradlo -Sus ojos se abrieron demasiado, como si el brillo de la locura los expandiera- Demostrad que valéis MÁS que él. Que valéis más que su inútil padre.
Demostrad que no sois ruido… sino fuerza.
No hubo aviso.
El maestro se lanzó hacia adelante con una velocidad increíble para su edad, moviéndose como un resorte humano al borde de estallar. El bo surcó el aire en un arco horizontal, rápido, limpio, preciso… y completamente decidido, buscando al chico que tenía delante. No fue un golpe mortal, pero sí uno que buscaba quebrar guardias, medir reflejos y forzar una respuesta inmediata.
Un juicio.
Un examen.
Un castigo.
-¡DEMOSTRADLO! -bramó con un temblor en la voz que resonó como si fueran dos voces superpuestas—.
¡Demostrad que merecéis RESPIRAR en mi dojo!
El bo descendió, y el combate comenzó bajo las sombras del bambú.
INFORMACIÓN DE LA AVENTURA
