02-12-2025, 01:40 AM
El silencio que siguió a la risa frenética de Lelith vaticinaba un resultado horrible.
Entre las lianas cortadas, las serpientes decapitadas y el aire espeso que parecía palpitar con la misma locura que ella, el enorme bulto de hojas, cuerda vegetal y pelaje blanco comenzó a temblar. No con fuerza, sino con un temblor hecho de puro pánico. Intentó moverse, pero solo consiguió que el amasijo de lianas se apretara todavía más.
La selva respondió con un crujido al tensar de las lianas, casi como si los árboles se inclinaran para observar la macabra escena.
La primera reacción del animal fue la negación pura. Un par de sacudidas, un intento de saltito inútil. El tintineo ridículo de sus patitas atrapadas bajo capas y capas de verde y sangre. Pero ya no había huida en ninguna dirección posible, ni mucho menos, espacio para alguna de sus burlas. En su lugar el conejo, aplastado bajo el nudo absurdo que Lelith había tejido con una furia e imaginación desbordadas, emitió un chillido diminuto, agudo, como el pitido de un juguete roto.
Sus orejas, antes altivas y llenas de insolencia, se movieron apenas en un vaivén minúsculo, tembloroso. Algo que en cualquier otro contexto podría haber resultado adorable, pero ahora únicamente sobresalían del nudo como dos banderas blancas derrotadas, casi suplicantes de una piedad que sabía que no llegaría. Aquí solo lo hacía parecer consciente del desastre.
Y entonces, como si incluso la selva quisiera asegurarse de que Lelith tuviese su premio, una de las lianas que había quedado a medio cortar terminó de romperse, ajustando aún más el nudo a la altura de la garganta del pobre animal. El conejo soltó un grito ahogado, una mezcla indescifrable entre protesta, miedo y resignación absoluta.
La mirada rojiza de Lelith, intensa y peligrosa, probablemente se clavó sobre él en ese instante con especial interés.
Y el animal, por primera vez desde que comenzó el encuentro, no tuvo nada que decir. Ni burla, ni insulto, ni aquella risa aguda. Solo el temblor, el miedo en los ojos, y el sonido de la agonía. Finalmente era suyo.
Cuando Lelith se inclinó para levantar el bulto, con esa mezcla de risa y jadeo que la droga alimentaba, el conejo emitió un último sonido apenas audible.
-Psicopatilla... -Pronunció en una especie de chillido suplicante, como si intentara recordar cómo era exactamente eso de ser valiente. Pero no lo logró.
Sus ojos se encontraron por un instante con los de ella. Grandes, por la presión asfixiante, y brillantes, por las lágrimas que los inundaban. Y ahora llenos de una comprensión brutal y tardía. Había jugado demasiado, la había provocado demasiado. Y en aquel rincón húmedo había quedado sólo, a merced de la asesina que había decidido convertirlo en el centro de su delirio.
Entre las lianas cortadas, las serpientes decapitadas y el aire espeso que parecía palpitar con la misma locura que ella, el enorme bulto de hojas, cuerda vegetal y pelaje blanco comenzó a temblar. No con fuerza, sino con un temblor hecho de puro pánico. Intentó moverse, pero solo consiguió que el amasijo de lianas se apretara todavía más.
La selva respondió con un crujido al tensar de las lianas, casi como si los árboles se inclinaran para observar la macabra escena.
La primera reacción del animal fue la negación pura. Un par de sacudidas, un intento de saltito inútil. El tintineo ridículo de sus patitas atrapadas bajo capas y capas de verde y sangre. Pero ya no había huida en ninguna dirección posible, ni mucho menos, espacio para alguna de sus burlas. En su lugar el conejo, aplastado bajo el nudo absurdo que Lelith había tejido con una furia e imaginación desbordadas, emitió un chillido diminuto, agudo, como el pitido de un juguete roto.
Sus orejas, antes altivas y llenas de insolencia, se movieron apenas en un vaivén minúsculo, tembloroso. Algo que en cualquier otro contexto podría haber resultado adorable, pero ahora únicamente sobresalían del nudo como dos banderas blancas derrotadas, casi suplicantes de una piedad que sabía que no llegaría. Aquí solo lo hacía parecer consciente del desastre.
Y entonces, como si incluso la selva quisiera asegurarse de que Lelith tuviese su premio, una de las lianas que había quedado a medio cortar terminó de romperse, ajustando aún más el nudo a la altura de la garganta del pobre animal. El conejo soltó un grito ahogado, una mezcla indescifrable entre protesta, miedo y resignación absoluta.
La mirada rojiza de Lelith, intensa y peligrosa, probablemente se clavó sobre él en ese instante con especial interés.
Y el animal, por primera vez desde que comenzó el encuentro, no tuvo nada que decir. Ni burla, ni insulto, ni aquella risa aguda. Solo el temblor, el miedo en los ojos, y el sonido de la agonía. Finalmente era suyo.
Cuando Lelith se inclinó para levantar el bulto, con esa mezcla de risa y jadeo que la droga alimentaba, el conejo emitió un último sonido apenas audible.
-Psicopatilla... -Pronunció en una especie de chillido suplicante, como si intentara recordar cómo era exactamente eso de ser valiente. Pero no lo logró.
Sus ojos se encontraron por un instante con los de ella. Grandes, por la presión asfixiante, y brillantes, por las lágrimas que los inundaban. Y ahora llenos de una comprensión brutal y tardía. Había jugado demasiado, la había provocado demasiado. Y en aquel rincón húmedo había quedado sólo, a merced de la asesina que había decidido convertirlo en el centro de su delirio.
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