02-12-2025, 03:14 PM
(Última modificación: 02-12-2025, 03:18 PM por Akashi Lampedusa.
Razón: añadir cosas en spoiler
)
El día comenzaba con un humor de perros y un frío de mil narices. El estómago de Lampedusa rugía como nada en el mundo. ¿Rebuscar en la basura? Ni hablar. Hacía años que no necesitaba eso. Solo requeriría de un buen primo al que robarle la cartera. Ni idea de donde se encontraba en ese momento. ¿El muelle quedaba cerca o lejos? Ni idea. El día anterior lo había encontrado de pura chiripa.
Por fin vio un objetivo al que quitarle algo. Un hombre que vestía mejor que el resto. «Vamos, ya me jodería que con esas pintas no llevara algo de valor», pensó. Con el sigilo de un gato, se acercó a su presa en cuanto hubo la suficiente gente para entrar en acción. Sus dedos danzaron cuando entraron en el bolsillo. Sacó una cartera y con eso bastó. Adelantó por la derecha a unos idiotas y luego se escondió en un callejón para ver lo que había obtenido.
Meh, unos míseros Berries. ¿Tanta apariencia para esa mierda? ¡Con eso no le daba ni para llenar un cuarto del estómago! Más cabreada todavía, marchó hasta llegar al final del callejón y divisó a lo lejos una anciana que daba de comer a los patos. Por desgracia estaba demasiado lejos para robarle la comida, y no tenía ganas de cagarse a piñas tan temprano con las estúpidas aves. Pero bueno, al menos le daría información sobre como llegar a la taberna más cercana.
—Eh, vieja, ¿dónde puedo encontrar la taberna más cercana?
—Hay una un poco más adelante. —La mujer había sido más amable de lo que ella lo había sido—. Giras a la izquierda y llegas fácil. —Lampedusa, sin agradecerle siquiera la información, se dio la vuelta y marchó por donde había venido—. Chica, vas en dirección contraria.
—¿Uh? ¡Pues si me has dicho que vaya por acá! —protestó ella.
—No, he dicho por allá, ¡por allá!
—Ah, vale. ¡Haberlo dicho de primeras! ¡Puff! —En vez de tirar por donde había señalado, fue derecha por la izquierda tras coger un trozo de pan del suelo y llenarse la boca con las migajas. Al menos tendría al estómago callado durante unos minutos.
Lampedusa vagó por varias callejuelas, pero ni rastro de la taberna que le había indicado la vieja. Maldita bruja, ¡seguro que se la había gastado a base de bien! Soltó un buen bufido y a la derecha vio por fin el muelle. Ahora, claro, cuando lo que necesitaba era otra cosa.
—¡Que bien me habrías venido que aparecieras ayer cuando te buscaba, medio mierda! —le gritó a la nada. Un marinero la miró sin entender nada, pero ella ni siquiera se dio cuenta y siguió su camino.
Su intuición le decía que tenía que haber algún restaurante a primera línea de puerto. Los pringados a los que le robaba carteras siempre soltaban Berries por la zona, ¿no? Algún establecimiento de mierda tenía que haber por ahí cerca. Un salto repentino hizo que girara los ojos hacia el origen del ruido. Un mierda seca con pinta de pringado. Genial.
—Una señorita tan bella no debería estar a la intemperie en un día como este. —El tipo le puso el chaleco como si fue un puto modista salido de un estercolero. Solo esperaba que no oliera a mierda, era lo que le faltaba—. Y también deberías depilarte el bigote, no queda muy femenino de tu parte. —le señaló el labio superior mientras las venas comenzaban a hinchársele a velocidad de vértigo. Lampedusa había comenzado a convertirse en un volcán a punto de estallar—. Pero tú estarías preciosa aunque tuvieras el bigote más frondoso de la isla.
Un pajarraco se sentó en su cabeza como si fuera un nido. Bueno, no le extrañaba. Tenía el peinado de un pollo. Seguro que los dos eran parientes. La paciencia se le agotó al ver que no le cagaba la cabeza, ni siquiera la camiseta. Eso habría estado bien. Pero como no ocurrió, al final Lampedusa estalló por fin.
—¿A ti que te pasa, medio mierda? ¿Te arrancaron los huevos y te pusieron una pi* ortopédica o…? ¡¿Qué c*jones?!
El capullo había dado una palmada mientras se cagaba en sus muertos y había hecho aparecer una galleta de la nada. Una. Jodida. Galleta. Gigante. Se subió a ella con elegancia, cosa que no iba a negar pese a que seguía pensando que era un pringado, para luego arrodillarse y extenderle una mano. Solo que ella tenía los ojos puestos en la galleta. En esa deliciosa y suculenta galleta.
—¿Necesitas ir a algún sitio? Puedo llevarte hasta el fin del mundo encima de esta preciosidad.
Sin haber escuchado una sola palabra, Lampedusa se lanzó a la pata izquierda del dulce y le clavó los dientes. Demonios, era la cosa más dura que había probado en años. Tuvo que comenzar a raspar con los dientes su superficie para al menos llevarse algo de ella a la boca. Estaba bueno, pero le supo a poco. Dios, ¡que pereza más grande! Si ya estaba cabreada, ahora lo estaba aún más.
—Ni zorra de como has hecho esta mierda, parguela, pero es patética. ¡Me voy a quedar sin dientes a este paso! —soltó. Terminó por agarrarse al bicho galleta, trepo como pudo por él y se puso a la altura del tipo de pelo de colorines. La boca se le hizo agua al mirar al pájaro—. Espero que al menos ese bicho esté más rico.
Y sin dudarlo ni un instante, Lampedusa se lanzó hacia el pollo para comérselo, aunque estuviera crudo.
Por fin vio un objetivo al que quitarle algo. Un hombre que vestía mejor que el resto. «Vamos, ya me jodería que con esas pintas no llevara algo de valor», pensó. Con el sigilo de un gato, se acercó a su presa en cuanto hubo la suficiente gente para entrar en acción. Sus dedos danzaron cuando entraron en el bolsillo. Sacó una cartera y con eso bastó. Adelantó por la derecha a unos idiotas y luego se escondió en un callejón para ver lo que había obtenido.
Meh, unos míseros Berries. ¿Tanta apariencia para esa mierda? ¡Con eso no le daba ni para llenar un cuarto del estómago! Más cabreada todavía, marchó hasta llegar al final del callejón y divisó a lo lejos una anciana que daba de comer a los patos. Por desgracia estaba demasiado lejos para robarle la comida, y no tenía ganas de cagarse a piñas tan temprano con las estúpidas aves. Pero bueno, al menos le daría información sobre como llegar a la taberna más cercana.
—Eh, vieja, ¿dónde puedo encontrar la taberna más cercana?
—Hay una un poco más adelante. —La mujer había sido más amable de lo que ella lo había sido—. Giras a la izquierda y llegas fácil. —Lampedusa, sin agradecerle siquiera la información, se dio la vuelta y marchó por donde había venido—. Chica, vas en dirección contraria.
—¿Uh? ¡Pues si me has dicho que vaya por acá! —protestó ella.
—No, he dicho por allá, ¡por allá!
—Ah, vale. ¡Haberlo dicho de primeras! ¡Puff! —En vez de tirar por donde había señalado, fue derecha por la izquierda tras coger un trozo de pan del suelo y llenarse la boca con las migajas. Al menos tendría al estómago callado durante unos minutos.
Lampedusa vagó por varias callejuelas, pero ni rastro de la taberna que le había indicado la vieja. Maldita bruja, ¡seguro que se la había gastado a base de bien! Soltó un buen bufido y a la derecha vio por fin el muelle. Ahora, claro, cuando lo que necesitaba era otra cosa.
—¡Que bien me habrías venido que aparecieras ayer cuando te buscaba, medio mierda! —le gritó a la nada. Un marinero la miró sin entender nada, pero ella ni siquiera se dio cuenta y siguió su camino.
Su intuición le decía que tenía que haber algún restaurante a primera línea de puerto. Los pringados a los que le robaba carteras siempre soltaban Berries por la zona, ¿no? Algún establecimiento de mierda tenía que haber por ahí cerca. Un salto repentino hizo que girara los ojos hacia el origen del ruido. Un mierda seca con pinta de pringado. Genial.
—Una señorita tan bella no debería estar a la intemperie en un día como este. —El tipo le puso el chaleco como si fue un puto modista salido de un estercolero. Solo esperaba que no oliera a mierda, era lo que le faltaba—. Y también deberías depilarte el bigote, no queda muy femenino de tu parte. —le señaló el labio superior mientras las venas comenzaban a hinchársele a velocidad de vértigo. Lampedusa había comenzado a convertirse en un volcán a punto de estallar—. Pero tú estarías preciosa aunque tuvieras el bigote más frondoso de la isla.
Un pajarraco se sentó en su cabeza como si fuera un nido. Bueno, no le extrañaba. Tenía el peinado de un pollo. Seguro que los dos eran parientes. La paciencia se le agotó al ver que no le cagaba la cabeza, ni siquiera la camiseta. Eso habría estado bien. Pero como no ocurrió, al final Lampedusa estalló por fin.
—¿A ti que te pasa, medio mierda? ¿Te arrancaron los huevos y te pusieron una pi* ortopédica o…? ¡¿Qué c*jones?!
El capullo había dado una palmada mientras se cagaba en sus muertos y había hecho aparecer una galleta de la nada. Una. Jodida. Galleta. Gigante. Se subió a ella con elegancia, cosa que no iba a negar pese a que seguía pensando que era un pringado, para luego arrodillarse y extenderle una mano. Solo que ella tenía los ojos puestos en la galleta. En esa deliciosa y suculenta galleta.
—¿Necesitas ir a algún sitio? Puedo llevarte hasta el fin del mundo encima de esta preciosidad.
Sin haber escuchado una sola palabra, Lampedusa se lanzó a la pata izquierda del dulce y le clavó los dientes. Demonios, era la cosa más dura que había probado en años. Tuvo que comenzar a raspar con los dientes su superficie para al menos llevarse algo de ella a la boca. Estaba bueno, pero le supo a poco. Dios, ¡que pereza más grande! Si ya estaba cabreada, ahora lo estaba aún más.
—Ni zorra de como has hecho esta mierda, parguela, pero es patética. ¡Me voy a quedar sin dientes a este paso! —soltó. Terminó por agarrarse al bicho galleta, trepo como pudo por él y se puso a la altura del tipo de pelo de colorines. La boca se le hizo agua al mirar al pájaro—. Espero que al menos ese bicho esté más rico.
Y sin dudarlo ni un instante, Lampedusa se lanzó hacia el pollo para comérselo, aunque estuviera crudo.
cosos
