[Aventura T1][Presente absoluto] Caña dulce, caña amarga
#1
Día 34 de invierno
Campos de caña de azúcar, Reino de Samba
Mercado de la aldea Vida Velha


El sol de la mañana caía sobre los campos de caña de Samba, como un tambor improvisado, con su calidez constante haciendo vibrar cada rincón. Era un sol que no perdonaba nada, ni la pobreza, pero que en esta época del año se agradecía sobre la piel y sobre los tejados remendados de las casas. Llevaba su luz llena de optimismo a cada rincón de los campos de caña de azúcar, invitando a sus gentes a moverse, a bailar y a reír, aunque a ojos de un extraño no hubiese muchos motivos racionales para ello. Ese era el encanto de Samba. Aunque el dinero no fuese más que una ilusión para muchos de sus habitantes, aunque el pan fuese un esfuerzo de cada día y la ropa tuviera tantos remiendos que no sabrías si decir que era la prenda original, nadie parecía dispuesto a renunciar a la alegría que mantenía el espíritu de la isla en pie. O mejor dicho, danzando.


Y como de costumbre, aquella mañana, la alegría tomaba forma de música.


Golpes de tambor improvisados sobre unos cubos vacíos marcaban el ritmo. Unas cucharas intentaban sacar una melodía de una serie de tuberías viejas. Las voces de un par de mujeres empujaban los pies de aquellos que se resistían a bailar al son de la melodía. Los pasos de unos niños que practican su samba se mezclan con las risas y el griterío de unos vendedores, creando un bullicio cálido y humano, que te envuelve en un abrazo mientras te pone a bailar.


El viento traía consigo el dulce aroma del jugo de caña recién exprimido, que aguardaba para ser convertido en el auténtico oro de aquella región. Al fondo, se podía intuir el edificio de la escuela de danza, si es que un techado de madera con cortinas podía llamarse así, del cuál salía una profesora, delgada como las cañas de azúcar, que llamaba a sus alumnos para que volvieran a las clases. Más cerca, una anciana vendía pan sobre su puesto improvisado; dos piedras y una tabla.

Mercado de las cañas

El mercado de los campos era un lugar en el que la pobreza se lucía sin disimulo, pero donde existía una sensación de comunidad que era casi palpable. Entre las cañas de azúcar, se había formado una calle, franqueada por unos tenderetes pequeños, fabricados con retazos de lona o con tablones y clavos que amenazaban con salir corriendo, pero todos con algo distinto que ofrecer; frutas recogidas en la selva, algunas hierbas, telas o camisas, dulces de azúcar y ocasionalmente, algún otro objeto traído por comerciantes de más allá del mar.



Un grupo de mujeres conversaba mientras pelaba las cañas. Un anciano tocaba una flauta que él mismo se había tallado. Un joven trapecista, sucio de pies a cabeza, hacía unas piruetas con el afán de ganarse unas monedas. Todo transcurría con el ritmo despreocupado y alegre que hacía de Samba una isla peculiar.


En ese ambiente, nuestra revolucionaria, Trixxie Pappitson llegó al mercado. Ya fuera paseando, buscando algo de comer, comprando algún producto exótico o simplemente disfrutando del bullicio, era fácil sentirse parte del lugar. Los vendedores, extrañados de ver caras nuevas por esa parte de la isla, sonreían y llamaban a nuestra aventurera con la idea de haber encontrado una fuente de ingresos. Incluso algunos niños corrían cerca en busca de algún obsequio o un dulce que les alegrase la mañana, o para invitarla a jugar con ellos.


—Señora, no tendrá una goma de mascar, ¿verdad?


—Henrique, no molestes a la señora. ¿No ves que ella lo que quiere es jugar conmigo al escondite?


Era un día normal. O al menos lo parecía. A unos 25 metros, no en el centro del mercado, sino al fondo, donde la sombra del último puesto caía sobre el camino, ocurría una escena que contrastaba con la alegría general. La música seguía sonando, el olor a pan seguía flotando, la gente seguía bailando y vendiendo, pero algo allí no encajaba.


Aunque esa parte del mercado quedaba parcialmente oculta por las telas medio rasgadas que hacían las veces de toldos de un par de puestos, la figura se distinguía con facilidad. Un hombre, con su pelaje rojizo cubierto por un uniforme azul y blanco, con la gorra ladeada y el pecho inflado y cara de superioridad, estaba plantado frente a un anciano vendedor. A primera vista, parecía un marine joven; no tenía ni el porte ni los distintivos de un oficial, ni mucho menos la disciplina del servicio, pero llevaba el uniforme con orgullo, un orgullo excesivo, que le hacía parecer más un pavo que un zorro. La arrogancia de aquel que sabe que puede abusar de su posición sin temor a las consecuencias.


El anciano, un hombre de piel curtida por el trabajo al aire libre, con un cuerpo pequeño y unas manos temblorosas que simulaban hacer un redoble de tambor, estaba sentado frente a un carro lleno de pequeños objetos: cucharas de madera talladas a mano, pulseras de cuerda, figuras y silbatos hechos de caña. Artesanías simples, pero hechas con la paciencia y el esmero de quién pone su vida misma en el trabajo. El anciano tenía el gesto arrugado, no un ceño fruncido por el enfado, más bien el gesto de alguien atemorizado.


—Ya te lo he dicho, viejo —dijo con una voz chillona llena de arrogancia—. El impuesto de la caña se paga a primeros de mes. ¿No sabes que día es hoy?
El anciano murmuró algo que apenas se oyó desde el resto del mercado. El marine respondió con un bufido exagerado, con los gestos del secundario de una obra de teatro de poco presupuesto, levantando los brazos como si el mundo entero lo irritara. 

—¡Que no me vengas con excusas! —gritó de nuevo mientras pateaba el puesto—. ¿Crees que puedes vender estas... porquerías sin pagar nada? La marina te protege. El sargento Aldair te protege. ¡Yo te protejo! —concluyó con un énfasis desmedido cuando se refirió a sí mismo.


Hubo quien escuchó, quien miró de reojo, quien frunció el ceño... pero nadie dijo nada. Todos simularon seguir con su día cómo si no pasase nada, como si el miedo a ser el siguiente objetivo fuese mayor que su espíritu de lucha. Cada mes ocurría lo mismo. Y siempre la gente miraba para otro lado, porque sabía que aquel marine no actuaba solo. Detrás de él había alguien más, alguien con más rango dentro de la marina.


El anciano se giró para decir algo en voz baja. Tal vez fuera algo como «no tengo dinero», o tal vez «por favor». Quizá fuese algo parecido a «te lo pagaré la próxima semana». No importaba la frase exacta, porque la reacción del marine hubiese sido la misma; inmediata, excesiva y cruel.


El joven uniformado agarró al anciano por el cuello de su polvorienta camisa y trató de levantarlo unos centímetros. No era un gesto impresionante, ni mucho menos, pues la complexión del anciano no distaba mucho de la de las cañas. Pero sí que fue un gesto humillante al empujarlo hacia atrás, dejando al anciano caído junto a su puesto. La gente alrededor contuvo la respiración. Algunos incluso apartaron la mirada. Otros fingieron no ver nada.
—¿Me estás desafiando, viejo? —preguntó el marine entre gritos mientras apretaba los dientes—. Porque si quieres que llame al sargento puedo hacerlo ya mismo. ¿Eso quieres?


El anciano sacudió su cabeza en negativa. Entonces el marine pateó con fuerza su puesto, volcando los pocos objetos que aún aguantaban sobre él. Las artesanías se esparcieron por el suelo como las semillas que se lanzan a un sembrado. Una niña soltó un grito ahogado. Un hombre, cerca de Trixxie, murmuró: "Otra vez no..."


A ojos de la revolucionaria, la escena era totalmente visible. No era necesario acercarse para saber que algo estaba mal, pero tampoco era obligatorio intervenir; al fin y al cabo, había gente que llevaba presenciando aquello durante meses y no habían hecho nada. Trixxie podría mirar, ignorarlo y seguir su camino o afrontar aquella situación. 


Lo interesante era que, pese a lo tenso de la situación, la melodía que arrastraba el aire seguía sonando. Un contraste propio de este mundo, en el que la injusticia a menudo suele ser tapada con música o espectáculo, que nos hagan creer que aquello es alegría. Una escena que espera algún héroe que luche contra ella, o algún otro partícipe que se una a sacar provecho.


El marine sacudió sus manos para librarse del polvo y la mugre que le pudiera haber dejado el contacto con la camisa de aquel hombre. Luego miró alrededor, en busca de aprobación o al menos sumisión. La gente bajó la mirada. No querían problemas.


—Vamos, abuelo —dijo el marine mientras aplastaba una figurita con su bota—. ¿Cuánto vas a pagar?


El anciano intentó levantarse. Falló y lo volvió a intentar, con sus manos temblorosas. Y en aquel preciso instante, sus ojos se cruzaron con los de Trixxie. El mercado seguía bailando, el mundo aún giraba. Pero allí al fondo, una escena esperaba la decisión de una sola persona: Trixxie Pappitson.



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[Aventura T1][Presente absoluto] Caña dulce, caña amarga - por Varoganchin - 02-12-2025, 03:31 PM

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