02-12-2025, 03:57 PM
Continué mi ascenso por las rocas volcánicas, las botas encontrando apoyo firme en las grietas de la piedra negra. Llevaba 200 metros de ascenso desde el campamento abandonado, lo que me situaba a 700 metros sobre la base del volcán Tanazos. El viento rugía con más fuerza aquí, arrastrando el olor a azufre mezclado con algo más, plumas y excremento. Mi haki de observación, mantenido en un radio de 140 metros, captó cinco presencias por encima de mi posición. Estaban inmóviles, agrupadas. A 120 metros de distancia. A 100 metros. A 80 metros seguían sin moverse. Continué ascendiendo, observando mentalmente cómo la distancia se reducía. A 30 metros de las presencias, el terreno se aplanó ligeramente, revelando una depresión entre las rocas. Un nido. Ramitas, plumas y lo que parecían ser huesos entretejidos formaban una estructura circular de aproximadamente 2 metros de diámetro. Las cinco presencias explotaron en movimiento. Se activaron al unísono, como si un interruptor se hubiera accionado. De entre las rocas surgieron las criaturas. Bestias bípedas de aproximadamente 1.5 metros de altura, cada una con tres cabezas que se movían independientemente. Cuatro de ellos eran de un rosa pálido, más pequeños. La quinta, más grande y de un rosa intenso que rozaba el morado, claramente la líder.
Me rodearon en segundos, formando un semicírculo de 8 metros entre el nido y yo. Sus garras rasgaban la piedra volcánica mientras se posicionaban. Las tres cabezas de cada criatura me evaluaban, sus ojos fríos y calculadores. Estaban defendiendo su territorio, su nido. No había tiempo para negociar. No era un explorador entrenado en amaestrar con bestias salvajes. Sus músculos se tensaron, lo cual mi haki captó un segundo antes de que saltaran. Ataqué primero. Me lancé hacia el macho más cercano a mi izquierda antes de que sus patas traseras dejaran el suelo. Un puñetazo directo al centro de su masa corporal, justo debajo de donde las tres cabezas se unían al cuerpo. El impacto resonó con un sonido sordo. La criatura se desplomó instantáneamente, inconsciente. Pivoté sobre mi pie izquierdo sin detenerme. El segundo macho apenas había comenzado su salto cuando mi puño conectó con el mismo punto vulnerable. Knockout inmediato. Cayó de lado, sus tres cabezas colgando inertes. El tercero y cuarto reaccionaron, ajustando su ataque, pero yo era demasiado rápido. Dos golpes consecutivos en rápida sucesión. Izquierda, derecha. Ambos cayeron en un montón desarticulado de plumas y extremidades. Cuatro segundos. Cuatro criaturas neutralizadas. La hembra alfa chilló, un sonido agudo y furioso que hizo eco contra las paredes del volcán. A diferencia de los machos, ella no vaciló. Sus tres cabezas se coordinaron perfectamente, lanzándose hacia mí desde tres ángulos distintos con una velocidad superior a la de sus compañeros caídos.
Pero seguía siendo demasiado lenta para mí.
Cerré los ojos por un instante, concentrándome. La energía fluyó a través de mi cuerpo, acumulándose por todo mi cuerpo. No era haki, era algo más fundamental, más visceral. La fuerza vital que todo ser llevaba dentro. En mi caso, la conexión con el agua que corría por nuestras venas incluso en tierra firme. Abrí los ojos justo cuando la hembra estaba a 50 centímetros de mi rostro, liberé la energía. El impacto liberó una onda de energía que atravesó su cuerpo. La hembra se quedó suspendida en el aire por una fracción de segundo, sus seis ojos abriéndose de par en par antes de cerrarse. Luego cayó, inconsciente, aterrizando suavemente sobre su costado a 2 metros de donde yo estaba. Silencio. El viento seguía aullando, pero las bestias yacían inmóviles, sus respiraciones superficiales pero estables. Los observé durante 5 segundos, sintiendo cómo el peso de lo que acababa de hacer se asentaba en mi pecho. Estaban defendiendo su nido. Sus crías. Y yo los había derribado sin darles oportunidad.
Maldición.
Me arrodillé junto al macho más cercano, el primero que había golpeado. Mis manos, entrenadas en años de práctica médica, se movieron automáticamente, palpando su pecho, verificando las costillas. Nada roto, pero habría un moretón considerable. Revisé los otros tres machos rápidamente. Contusiones, ninguna fractura. Mis golpes habían sido precisos, cuidadosos. La hembra era otra historia. Me acerqué a ella con más cuidado, observando cómo sus tres cabezas colgaban laxas. La toqué suavemente, sintiendo el latido fuerte de su corazón bajo las plumas duras como roca. Estaba bien, solo noqueada por la liberación de energía. Saqué mi mochila y extraje las vendas. Era ridículo, lo sabía. Eran bestias salvajes que habían intentado atacarme. Pero no podía simplemente dejarlos así. Apliqué vendas en las áreas donde mis puños habían impactado, trabajando metódicamente en cada una de las cinco bestias. Mientras trabajaba en la hembra, miré hacia el nido a 20 metros de distancia. Desde aquí podía ver mejor su interior. Huevos moteados descansaban en el centro, cada uno del tamaño de mi cabeza. Terminé de aplicar las vendas en la hembra y me senté sobre mis talones, mirando a las cinco criaturas inconscientes. Despertarían en 10 o 15 minutos, probablemente confundidas y adoloridas, pero vivas.
“Lo siento” – murmuré, aunque sabía que no podían escucharme – “Solo estoy pasando de largo.” – Me puse de pie, ajusté mi mochila y continué el ascenso, dando un amplio rodeo alrededor del nido. Las rocas se volvían más empinadas con cada metro que ascendía, y el frío comenzaba a calar a través de mi uniforme de marine. Pero no me detuve. No podía detenerme. Fuera lo que fuera que me esperaba arriba, había llegado demasiado lejos para dar marcha atrás ahora.
Me rodearon en segundos, formando un semicírculo de 8 metros entre el nido y yo. Sus garras rasgaban la piedra volcánica mientras se posicionaban. Las tres cabezas de cada criatura me evaluaban, sus ojos fríos y calculadores. Estaban defendiendo su territorio, su nido. No había tiempo para negociar. No era un explorador entrenado en amaestrar con bestias salvajes. Sus músculos se tensaron, lo cual mi haki captó un segundo antes de que saltaran. Ataqué primero. Me lancé hacia el macho más cercano a mi izquierda antes de que sus patas traseras dejaran el suelo. Un puñetazo directo al centro de su masa corporal, justo debajo de donde las tres cabezas se unían al cuerpo. El impacto resonó con un sonido sordo. La criatura se desplomó instantáneamente, inconsciente. Pivoté sobre mi pie izquierdo sin detenerme. El segundo macho apenas había comenzado su salto cuando mi puño conectó con el mismo punto vulnerable. Knockout inmediato. Cayó de lado, sus tres cabezas colgando inertes. El tercero y cuarto reaccionaron, ajustando su ataque, pero yo era demasiado rápido. Dos golpes consecutivos en rápida sucesión. Izquierda, derecha. Ambos cayeron en un montón desarticulado de plumas y extremidades. Cuatro segundos. Cuatro criaturas neutralizadas. La hembra alfa chilló, un sonido agudo y furioso que hizo eco contra las paredes del volcán. A diferencia de los machos, ella no vaciló. Sus tres cabezas se coordinaron perfectamente, lanzándose hacia mí desde tres ángulos distintos con una velocidad superior a la de sus compañeros caídos.
Pero seguía siendo demasiado lenta para mí.
Cerré los ojos por un instante, concentrándome. La energía fluyó a través de mi cuerpo, acumulándose por todo mi cuerpo. No era haki, era algo más fundamental, más visceral. La fuerza vital que todo ser llevaba dentro. En mi caso, la conexión con el agua que corría por nuestras venas incluso en tierra firme. Abrí los ojos justo cuando la hembra estaba a 50 centímetros de mi rostro, liberé la energía. El impacto liberó una onda de energía que atravesó su cuerpo. La hembra se quedó suspendida en el aire por una fracción de segundo, sus seis ojos abriéndose de par en par antes de cerrarse. Luego cayó, inconsciente, aterrizando suavemente sobre su costado a 2 metros de donde yo estaba. Silencio. El viento seguía aullando, pero las bestias yacían inmóviles, sus respiraciones superficiales pero estables. Los observé durante 5 segundos, sintiendo cómo el peso de lo que acababa de hacer se asentaba en mi pecho. Estaban defendiendo su nido. Sus crías. Y yo los había derribado sin darles oportunidad.
Maldición.
Me arrodillé junto al macho más cercano, el primero que había golpeado. Mis manos, entrenadas en años de práctica médica, se movieron automáticamente, palpando su pecho, verificando las costillas. Nada roto, pero habría un moretón considerable. Revisé los otros tres machos rápidamente. Contusiones, ninguna fractura. Mis golpes habían sido precisos, cuidadosos. La hembra era otra historia. Me acerqué a ella con más cuidado, observando cómo sus tres cabezas colgaban laxas. La toqué suavemente, sintiendo el latido fuerte de su corazón bajo las plumas duras como roca. Estaba bien, solo noqueada por la liberación de energía. Saqué mi mochila y extraje las vendas. Era ridículo, lo sabía. Eran bestias salvajes que habían intentado atacarme. Pero no podía simplemente dejarlos así. Apliqué vendas en las áreas donde mis puños habían impactado, trabajando metódicamente en cada una de las cinco bestias. Mientras trabajaba en la hembra, miré hacia el nido a 20 metros de distancia. Desde aquí podía ver mejor su interior. Huevos moteados descansaban en el centro, cada uno del tamaño de mi cabeza. Terminé de aplicar las vendas en la hembra y me senté sobre mis talones, mirando a las cinco criaturas inconscientes. Despertarían en 10 o 15 minutos, probablemente confundidas y adoloridas, pero vivas.
“Lo siento” – murmuré, aunque sabía que no podían escucharme – “Solo estoy pasando de largo.” – Me puse de pie, ajusté mi mochila y continué el ascenso, dando un amplio rodeo alrededor del nido. Las rocas se volvían más empinadas con cada metro que ascendía, y el frío comenzaba a calar a través de mi uniforme de marine. Pero no me detuve. No podía detenerme. Fuera lo que fuera que me esperaba arriba, había llegado demasiado lejos para dar marcha atrás ahora.
Resumen
Haki
Belico
Off

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