02-12-2025, 11:41 PM
—Yo tampoco sé cómo lo hago, creo que es por una fruta que me comí hace un par de meses, tenía como los bordes de galletas y era tope rara. Pero no estoy seguro… —En cuanto terminó de hablar, se dio cuenta de que Lampedusa había ido derecha hacia el pájaro y trató de impedírselo—. EH, ¡¿Qué haces puta terrorista?! Ni se te ocurra comerte a mi puto pájaro niñata.
Por supuesto, Lampedusa, al oír la palabra terrorista, se inclinó hacia delante hasta casi chocar con la cabeza del galletero. Si antes tenía el rostro rojo, ahora parecía de un carmesí intenso a punto de brillar como el sol.
—¿A quién llamas terrorista, galletero de tres al cuarto? ¿Y ese es tu pájaro? —El ave hacia tiempo que se había largado volando al ver las intenciones homicidas y hambrientas de Lampedusa—. ¡Ya tiene que tener el p*to pico más duro que la roca para comerse esas galletas, porque no hay quien se las coma! ¡Puff!
El tipo sacó una palanca que había guardado en su cinturón. Lampedusa no se dejó intimidar y se puso a la defensiva, a la espera de que lanzara el primer golpe. Solo que no llegó a darlo. El tipo terminó por tomar una opción sabía y tratar de calmarse. «Cagueta» pensó la chica de cabello negro, aunque no bajó los puños en ningún momento.
—Sé que están duras, pero si las mojas se pueden comer. —Señaló hacia ella y Lampedusa se miró la ropa como si tuviera un gato amarrado a sus tetas. Aunque lo único que vio fue un chaleco de mierda. ¿De dónde había salido? Ah sí, que antes le había puesto esa gilipollez encima—. Bolsillo interior izquierdo, hay una petaca con algo de ron. —Sacó la lengua mientras se esforzaba en sacar el objeto que le había dicho. En efecto, en cuanto lo tuvo en sus manos y abrió el tapón, olfateó y comprobó que había dicho la verdad. Oye, pues al final hasta olía bien y todo. Debía de ser del malo, del que le gustaba birlar a los borrachos cuando estaban a medio camino del otro barrio—. Posiblemente una gallina como tú preferiría un vasito de leche calentito y un besito de buenas noches… —¿Le estaba retando? Le estaba retando. El muy gilip*ertas no tenía ni idea de donde se acababa de meter. Volvió a aplaudir y una segunda galleta apareció de nuevo ante sus ojos. Alzó la cabeza como si fuera el rey del mambo, en un gesto de superioridad—. Te apuesto una pinta de cerveza y un plato de pan de gambas a que no puedes acabarte el dulce mojándolo en licor.
—¿Qué no? ¡Trato hecho! ¡Cómo voy a gozar cuando pongas cara de retrasado! ¡Voy a comer como una reina! ¡Puff!
Lampedusa se agarró a la nueva galleta y comenzó a echarle el licor a tope. Le dio un leve mordisco y apretó con cuidado hasta que comprobó que, efectivamente, el alcohol había blandeado la galleta. El resto fue una sinfonía para su paladar. Ardor por el líquido, una delicia para las papilas gustativas. Tal fue la sentada que, cuando solo le quedaba la cabeza, ya no pudo más. Había perdido, aunque para ella era una victoria. No había logrado llenar el estómago así desde hacía mucho. ¿Cuándo había sido la última vez? Ni se acordaba. Pero desde luego, entre la comilona y la petaca, ahora parecía una bola con brazos, piernas y cabeza.
—Buah, ¡estaba delicioso! La madre que te parió, pastelero, ¡esto sí que es un manjar! —Eructó con fuerza, rebuscó con dificultad en sus bolsillos y sacó la cartera que le había robado al tipejo de antes—. Te lo has ganado, la cartera que le quité a un medio mierda paga. No sé de qué verdulería sacarías esa fruta pestosa, pero yo quiero una de esas. Comer galletas todos los días, ¡buah! ¡Puff!
Empezó a rodar de lado a lado hasta que bajó toda la comida. Aunque la cogorza que había pillado era de campeonato. Se tambaleó un poco hasta que se acostumbró al mareo. Por suerte había digerido toda la galleta, que sí no la habría vomitado por la borrachera. Comenzó a caminar y se dio la vuelta al ver que el tipo no le seguía.
—¡Venga, pastelero, que no tengo todo el día! A ver si me voy a zampar yo el pan con gaviotas y te vas a quedar tú sin nada, ¿eh?
Por supuesto, Lampedusa, al oír la palabra terrorista, se inclinó hacia delante hasta casi chocar con la cabeza del galletero. Si antes tenía el rostro rojo, ahora parecía de un carmesí intenso a punto de brillar como el sol.
—¿A quién llamas terrorista, galletero de tres al cuarto? ¿Y ese es tu pájaro? —El ave hacia tiempo que se había largado volando al ver las intenciones homicidas y hambrientas de Lampedusa—. ¡Ya tiene que tener el p*to pico más duro que la roca para comerse esas galletas, porque no hay quien se las coma! ¡Puff!
El tipo sacó una palanca que había guardado en su cinturón. Lampedusa no se dejó intimidar y se puso a la defensiva, a la espera de que lanzara el primer golpe. Solo que no llegó a darlo. El tipo terminó por tomar una opción sabía y tratar de calmarse. «Cagueta» pensó la chica de cabello negro, aunque no bajó los puños en ningún momento.
—Sé que están duras, pero si las mojas se pueden comer. —Señaló hacia ella y Lampedusa se miró la ropa como si tuviera un gato amarrado a sus tetas. Aunque lo único que vio fue un chaleco de mierda. ¿De dónde había salido? Ah sí, que antes le había puesto esa gilipollez encima—. Bolsillo interior izquierdo, hay una petaca con algo de ron. —Sacó la lengua mientras se esforzaba en sacar el objeto que le había dicho. En efecto, en cuanto lo tuvo en sus manos y abrió el tapón, olfateó y comprobó que había dicho la verdad. Oye, pues al final hasta olía bien y todo. Debía de ser del malo, del que le gustaba birlar a los borrachos cuando estaban a medio camino del otro barrio—. Posiblemente una gallina como tú preferiría un vasito de leche calentito y un besito de buenas noches… —¿Le estaba retando? Le estaba retando. El muy gilip*ertas no tenía ni idea de donde se acababa de meter. Volvió a aplaudir y una segunda galleta apareció de nuevo ante sus ojos. Alzó la cabeza como si fuera el rey del mambo, en un gesto de superioridad—. Te apuesto una pinta de cerveza y un plato de pan de gambas a que no puedes acabarte el dulce mojándolo en licor.
—¿Qué no? ¡Trato hecho! ¡Cómo voy a gozar cuando pongas cara de retrasado! ¡Voy a comer como una reina! ¡Puff!
Lampedusa se agarró a la nueva galleta y comenzó a echarle el licor a tope. Le dio un leve mordisco y apretó con cuidado hasta que comprobó que, efectivamente, el alcohol había blandeado la galleta. El resto fue una sinfonía para su paladar. Ardor por el líquido, una delicia para las papilas gustativas. Tal fue la sentada que, cuando solo le quedaba la cabeza, ya no pudo más. Había perdido, aunque para ella era una victoria. No había logrado llenar el estómago así desde hacía mucho. ¿Cuándo había sido la última vez? Ni se acordaba. Pero desde luego, entre la comilona y la petaca, ahora parecía una bola con brazos, piernas y cabeza.
—Buah, ¡estaba delicioso! La madre que te parió, pastelero, ¡esto sí que es un manjar! —Eructó con fuerza, rebuscó con dificultad en sus bolsillos y sacó la cartera que le había robado al tipejo de antes—. Te lo has ganado, la cartera que le quité a un medio mierda paga. No sé de qué verdulería sacarías esa fruta pestosa, pero yo quiero una de esas. Comer galletas todos los días, ¡buah! ¡Puff!
Empezó a rodar de lado a lado hasta que bajó toda la comida. Aunque la cogorza que había pillado era de campeonato. Se tambaleó un poco hasta que se acostumbró al mareo. Por suerte había digerido toda la galleta, que sí no la habría vomitado por la borrachera. Comenzó a caminar y se dio la vuelta al ver que el tipo no le seguía.
—¡Venga, pastelero, que no tengo todo el día! A ver si me voy a zampar yo el pan con gaviotas y te vas a quedar tú sin nada, ¿eh?
cosos
