03-12-2025, 04:07 AM
Un viento capaz de hacer trastabillar al hombre más resistente.
Corrientes capaces de destrozar navíos.
Relámpagos que iluminaban el cielo hasta dejarlo tan claro como si fuera de día.
Y gotas de lluvia que golpeaban la piel como si fueran navajas diminutas.
Todo eso quedó atrás, ahora los recuerdos borrosos de esa noche no eran más que imágenes lejanas que aun azotaban su mente de vez en cuando.
Eso fue distinto, no es un evento que olvidaría con facilidad, por más que su memoria se negara a darle un rostro y nombre a las personas con las que convivió aquella noche, los acontecimientos se ganaron, gratuitamente, un espacio en su frágil mente.
Es gracioso. Se habría reído en la cara de cualquiera que, durante esas frías horas, le hubiera dicho que su siguiente destino sería una isla tan cálido, con un clima casi seco, casi desértico. ¡Oh! Pero no se equivoquen, no es una queja, esto es mejor que un invierno eterno, que el frío del agua del océano colándose bajo su ropa y congelando su piel.
Ahora debía acostumbrarse a esta nueva isla, a este nuevo mar que, aunque antes lo transitó, poco lo recordaba. Debía buscar nuevos clientes, hacer socios más sigilosos que los que ya tenía y, sobre todo, actuar con más cautela que antes, a fin de cuentas, no deseaba ser el blanco de aquellos que se encargaban de “repartir” justicia por el océano.
Era una lástima lo que le ocurrió a ese barco que los trasladó desde Samba a los Cabos Gemelos y de ahí a esta nueva isla cuyo nombre se le escapaba de su mente. Sabía que estaba dañado, pero no creyó que el estado era tan grave como para que terminaran naufragando en la costa de esta nueva isla. Nuevamente, es una suerte que tenga tanta experiencia con los naufragios, así al menos tuvo una idea de que hacer y, claro, al menos esta vez no estaba solo.
Chasqueó la lengua.
No le molestaba naufragar, le molestaba perder un navío que creyó que podría arreglarse con ayuda de un carpintero, después de todo, la sola idea de tener que gastar dinero en otro barco, le revolvía el estómago… ¿Qué tal si el nuevo barco corría el mismo destino que el anterior? Entonces habría perdido dinero, mucho dinero, pero…intentaba no ser tacaño con ello, a fin de cuentas, ese barco que eligieran —o que los eligiera —, sería su nuevo hogar, tanto en las islas como en alta mar. Eso sí, tendría en cuenta que un barco en el que quepa un gigante seguro que no sería barato.
Suspiró, resignado a que al menos eso era mejor que tener que estar viviendo en diferentes posadas en esa isla. Así se la habían pasado desde esa noche del 30 que llegaron a la isla y con eso, ya iban dos noches en que dormían en hostales distintos y salían de ellos con cautela para evitar pagar la cuenta… ¿Para qué gastar dinero en eso si en lo que no hay que escatimar es en el nuevo barco/hogar?
Acomodó el sombrero que se había comprado antes y metió por dentro de su camisa blanca el collar de diente de tiburón que llevaba a juego con María Merlot, una simple pieza de bisutería que la bella sirena lo convenció de comprar el día anterior. De hecho, hablando de la mitad gyojin, la chica, quien este día es su acompañante, se encargó de sacarlo de su ensimismamiento con esa voz cantarina que, últimamente, lo traía muy seguido a tierra.
—¿Uh? —No respondió con más palabras al apodo al que poco a poco se acostumbró, pues su mirada estaba perdida en las nubes blancas que iban y venían sobre sus cabezas, no quería dejar de verlas, pero…se obligó a bajar la cabeza para notar el paisaje frente a sus ojos. —¡Oh! ¡El astillero! ¡Es el astillero! ¡Ah, menos mal! Creí que nunca llegaríamos… ¿Por qué las personas no pueden dar bien una dirección? ¡Tsk! —Volvió a chasquear la lengua luego de poner la responsabilidad de la mala orientación de ambos sobre los hombros de alguien más, algo que hacía con más frecuencia de la que admitiría, aunque enseguida su semblante se relajó cuando, de nuevo, la voz de la peliceleste empezó a correr, cuestionándolo con preguntas a las que él no tenía respuesta.
—¿Peluche? —Inclinó su cabeza hacia un lado, su cerebro empezó a trabajar a mil por hora, intentando recordar la razón por la que a la chica le preocuparía un peluche, aunque…por la manera en la que hablaba ¿Podía estar refiriéndose a un ser vivo? ¿A un animal? —Jmmmm… ¿Con horrible lugar te refieres a esos fosos en los que caímos cuando los barcos encallaron? Si es así, tal vez esté…en un lugar mejor ¿No lo crees? —Normalmente habría soltado una verdad más cruda, pero se limitó a seguirle el juego a la chica con la misma delicadeza de siempre. —Es decir, si nosotros estamos aquí, quizá tu peluche esté en una isla tropical, tomándose una piña colada y no soportando el calor infernal de este lugar —. Se abanicó con su mano y maldijo internamente por no haber traído consigo uno de sus abanicos de papel, así el calor sería más soportable.
—Merlot, linda…dime ¿Quieres un peluche? Podríamos conseguir uno luego de comprar un barco digno de nosotros —. Caminó por el astillero evitando a cualquier carpintero que tuviera un arma peligrosa consigo, es decir, iba por el medio del lugar mientras miraba a su alrededor las grandes naves que reposaban en el mar esperando por ser elegidas por un grupo de audaces marineros.
—Jmmmm… ¿Tú tienes idea de barcos? ¿No crees que habría sido mejor que Thrym o el sujeto pelinegro te acompañaran? Yo no sé mucho de estas cosas —dijo mientras se fijaba en una carabela cuya madera lustrosa llamaba la atención tanto como cualquier joya.
—¿Le gusta lo que ve, caballero? —Un sujeto de piel morena, algo más alto que el médico y con un cinturón de herramientas amarrado a la cintura se paró justo al lado de Merlot, no mirando a los posibles compradores, si no a la obra de arte que tenía frente a él. —El diseño de esta carabela es de mi autoría —dijo con orgullo, esta vez volteando hacia el curioso par que tenía al lado. —Soy Marco, el hombre con el que tienen que hablar si están interesados en comprar una de estas bellezas —. Movió una de sus manos con gracia, no solo señalando el barco frente a él, si no otros más que estaban anclados a un lado.
El médico, al verlo, sintió que su sangre se heló, no porque el sujeto le pareciera intimidante, si no porque, hasta el momento, había estado evitando a toda costa acercarse a los hombres que cargaran martillos, mazas o cualquier herramienta similar encima y este hombre tenía demasiadas. Se paralizó y apenas alcanzó a balbucear un “mucho gusto” antes de agachar la cabeza y mirar hacia otro lado, mientras que, con fuerza, sostenía la bolsa negra en la que llevaba su cofre con dinero…el que usaría para comprar el barco, claro.
Lo sentía mucho por Merlot, pero no podía reaccionar ante alguien que tenía todos los objetos causantes de su miedo en un cinturón. La sirena estaba sola en la negociación.
Léeme, por favor
