03-12-2025, 08:03 AM
(Última modificación: 03-12-2025, 06:46 PM por Hyákinthos.)
—¿Desde cuándo eres tan buena imitando voces? —No era algo del todo cierto, de hecho, soltó una risa al escuchar el intento de imitar la voz del gigante, pues el tono agudo de la chica solo se volvió un poco más grave, pero...aun así, tenía ciertos toques del pelirrojo, similar, pero no igual, como si alguien le hubiera dado una bolsa con helio y el la inhalara para después hablar. —Bueno, no importa ahora, pero luego tienes que enseñarme a hacer eso y… ¡Ah! —Volvía a distraerse, tuvo que sacudir su cabeza de lado a lado, haciendo que unos cuantos mechones de su cabello se movieran con él, para poder volver a concentrarse en la parte importante de la conversación: el barco.
Cuando la peliceleste le extendió la hoja el la tomó con cuidado, era un papel más grande de lo que estaría acostumbrado a manejar, de hecho, parecía más un mapa y, aun así, supuso que al gigante le habría costado escribir en esa hoja, casi que llegaba a sentirse mal por él por tener que convivir con personas tan pequeñas a su alrededor, pero ese sentimiento se le pasó con facilidad al centrarse en las palabras marcadas con tinta negra en el papel.
—¿Eh? Esto no es una única petición, Merlot…aunque si está bien subrayado la importancia de que sea cómodo para él —. Notó como aquello estaba con más tinta de lo usual y marcado con una doble raya bajo cada palabra, pero eso no dejaba de lado el resto de las peticiones.
“1. Un navío grande, para que pueda entrar yo.
2. Con un calado ni muy profundo ni muy plano.
3. Mástiles adicionales para desplegar juanetes y sobrejuanetes.
4. Una buena batería principal (Cañones de calibre medio).
5. Bodega amplia (Para mi comida).
6. Varias habitaciones, de ser posible una habitación extra para la sala médica.”
No pudo evitar sonrojarse cuando leyó la petición final y una sonrisa delicada apareció en su rostro. Al menos alguien pensaba en su comodidad al momento de trabajar y ¡Menos mal! Porque ni siquiera él mismo había pensado en la importancia de tener una habitación que pudiera equipar con sus “juguetes” médicos.
—Compremos el más grande, pero también el más práctico —. Fue en ese instante en que Marco apareció y con él, los miedos del médico se hicieron evidentes, tanto que no solo se limitó a agachar la cabeza y balbucear, si no que palideció al ver el martillo que sobresalía de la correa del ingeniero… ¿Por qué tenían que llevar esas cosas a todos lados? Él no iba a con una bata blanca y un bisturí por la calle, solo se lo pondría en un hospital o en un quirófano —claro, el pelirrosa no está considerando que este astillero es el lugar de trabajo del tal Marco.
Quería controlarse, en verdad quería hacerlo…no deseaba verse como un niño miedoso delante de todos los que trabajaban en ese lugar, pero, a fin de cuentas, se vio en la penosa necesidad de respirar hondo, de seguir mirando en otra dirección y de apretar con paupérrima fuerza el papel con las directrices de lo que el navegante esperaba del barco.
—No…mi nombre no… —No pudo refutarle su nombre a MM, tampoco pudo presentarse por su cuenta, la voz, simplemente, no llegó a salir, se quedó trabada en su garganta y, de ahí en adelante, supo que esa compra sería un infierno.
¿Qué podía hacer en ese estado? Nada. Como si fuera un perrito siguiendo a sus dueños, el médico se dedicó a caminar detrás del vendedor y de la mitad sirena, no aportó, no dio su punto de vista sobre los barcos que el hombre les mostraba, pues a estas alturas lo único que deseaba era mantenerse alejado del carpintero, tanto así que apenas y notó las interacciones que su compañera tenía con el desconocido, algo que en otro momento le hubiera sacado alguna que otra risa al ver el efecto que la chica causaba de manera natural en los demás, pero ahora…ahora el pelirrosa estaba tan ensimismado que ni siquiera se dio cuenta cuando pasaron de un barco a otro y luego a otro para después volver justo al barco que él mismo había apreciado en un inicio.
Fue solo un instante en el que se separó del hombre y pudo respirar con más tranquilidad, algo que le permitió darse un tiempo para revisar la cubierta de aquella embarcación, en detallar con ojo clínico lo bien construida que estaba, el amor que le habían puesto a su diseño y a su construcción. Sonrió, inevitablemente…tantos años en el mar lo habían hecho apreciar, de una manera u otra la pasión que algunos imprimían sobre los navíos a los que los marineros llamaban “casa” y, ese sobre el que ahora pisaba, era perfecto para ser llamado así.
Pudo apreciar la madera lisa y bien trabajada, era como si de alguna manera los inclementes rayos del sol de Whisky Peak le hubieran donado algo de sus bellos tonos dorados a cada una de las tablas que, con precisión, encajan en el suelo, sin desniveles ni grietas, dándole a sus pies una firmeza tranquilizante al pisarlas. Era claro que era una embarcación hecha para durar y no tenía que ser carpintero para saber eso.
Luego estaban los mástiles que se alzaban imponentes, elegantes, como árboles jóvenes que se niegan a temerle a las tempestades. Desde su punto de vista era lo que buscaba…algo que no se rompiera con facilidad, algo que no lo hiciera naufragar nuevamente.
No era solo eso, las velas, las cuerdas, todos los componentes estaban en su sitio, tan ideal, tan nuevo como esas ansias de aventuras que empezaron a recorrer sus venas ahora que veía un posible navío al cual pertenecer, así como cuando era más joven.
Se llevó una mano al pecho, no entendía porque se sentía cálido de repente, como un adolescente emocionado por descubrir el mundo. Chasqueó la lengua y, por inercia, se mordió el interior de la boca con fuerza…Esto estaba mal, alguien como él no tenía derecho a experimentar la nostalgia, era mejor pasar página y salir rápido de esa transacción, así que, por primera vez desde que empezó el recorrido por diversos barcos, el médico se atrevió a girarse hacia la peliceleste para expresar su opinión, pero, como si leyera su mente, ella se adelantó.
“¿Marco?... Me gusta este barco… tienes razón, es una belleza…”
Suspiró aliviado. Todo lo que dijo la chica era justamente lo que quería escuchar. Ella tenía razón, aquella nave era lo que buscaban, una que fuera capaz de transportarlos a cumplir sus sueños, así sean los más perversos.
Podría decir que ellos eligieron el barco, pero se sentía más como si el barco los hubiera elegido a ellos. Una sensación extraña.
Pero no más extraña que la interacción que siguió.
Él no se metió en la negociación, ni siquiera se veía capaz de acercarse al vendedor/ingeniero, pero, desde su distancia, a más de tres metros de aquel par, escuchó claramente la manera en la que la chica negociaba y ahora sí, sonrió de oreja a oreja…Esa chica no dejaba de sorprenderlo, parecía tener un talento natural para ese tipo de situaciones, uno que, evidentemente, era apoyado con la belleza que llevaba encima, casi angelical, como ser podía esperar de alguien de su especie.
Cuando notó como el hombre empezaba a enrojecerse y a tartamudear, supo que no había nada más que hacer, el trato estaba listo, sellado y a él solo le faltaba sacar el dinero para entregárselo al hombre, de hecho, justo estaba contando tres fajos de billetes cuando miró hacia donde estaba su compañera y el vendedor y se encontró con una escena que no estaba dentro de sus planes.
—¿Eh? —Los tres fajos de dinero cayeron al suelo cuando vio aquel beso y, como si fuera un chiquillo de 15 años, se sonrojó con la acción, sintiéndose como si estuviera interrumpiendo algo, aunque, la misma Merlot, como si nada, pasó luego al lado de él, guiñándole un ojo mientras que él la miraba con la boca abierta, pero…por algún motivo, más orgulloso de ella que nunca.
—Je, ya veo porque eres tan buena negociante —. Le susurró a la chica antes de que esta se fuera más lejos. —Tal vez tenga un par de cosas que aprender de ti —dijo de manera casual para luego agacharse y recoger el dinero que se le había caído: Casi cuatro millones de berries, pagados en efectivo y al instante.
Metió el dinero en una bolsa crema la cual le lanzó desde su lugar al tal Marco, quien la atrapó en el aire, con las manos temblorosas y aun sonrojado por el beso que acababa de recibir.
—Marco, creo que no nos presentamos correctamente, soy Hyak y si hay algo que firmar no me molestaría hacerlo siempre que mantengas ese martillo alejado de mí, por favor —. El hombre espabiló cuando escuchó la voz del médico, aunque, en lugar de que el efecto anterior se le pasara por completo, el sonrojo aumentó más y ni siquiera cuestionó la razón por la cual el pelirrosa deseaba mantener lejos esa herramienta de trabajo en específico, por lo que la guardó de modo que el médico no pudiera verla.
—Ejem…claro…síganme a las oficinas del astillero, ahí les entregaré los papeles y haremos oficial la compra del barco —. No tuvo que decir más para que le pelirrosa lo siguiera, esperaba que Merlot hiciera lo mismo y, más temprano que tarde, los tres estuvieron en el lugar prometido, el médico firmó algunos papeles y dejó en claro que quien se encargaría de buscar el barco, al atardecer, sería un hombre grande —sí, solo eso dijo — y de barbas rojas.
Salieron del astillero y el médico pudo agradecer estar alejado del ruido y de la presencia de los martillos, aunque eso no evitó que sacara un pequeño frasco con esencia de menta el cual abrió de inmediato para inhalar el aroma y tranquilizarse después de haber pasado tanto tiempo rodeado de los objetos que impulsaban a que su fobia saliera a flote.
—Bien —dijo con calma cuando dejó de inhalar la menta —…Creo que es tiempo de ir por ese peluche que tanto quieres… ¿Quieres que este vivo o te refieres a un peluche peluche? Sea cual sea, seguro podemos conseguirlo…solo…aaammm… ¿Recuerdas hacia donde estaban las tiendas? —Saliendo de un problema para entrar a otro, tendrían que ubicarse en la isla y, como comprobaron antes, ninguno de los dos era bueno en eso.
Léeme, por favor
