03-12-2025, 01:50 PM
La caminata después de dejar el pueblo atrás se volvió tranquila, casi fuera de lugar después del caos. El viento helado golpeaba fuerte, pero ni Sigurd ni Ubbe parecían sentirlo. El rubio caminaba animado, dándole conversación al aire como si acabaran de salir de un bar y no de una matanza.
Sigurd le explicaba sobre un sitio de comidas que van a peso.
Ubbe soltó una carcajada grave, un temblor de pecho que resonó por el camino helado.
- GAHAHAHAHA, eso suena a fiesta, baby, ¡vamos de una, que tengo un hambre que flipas!
Los dos caminaron hombro con hombro, ocupando todo el sendero como si la isla les quedara pequeña. La charla fluía fácil: comida, sexo, historias, planes de mierda que probablemente no cumplirían nunca. La clase de conversación ligera que solo dos buccaneers podían tener después de destrozarlo todo.
La calma se rompió cuando vieron figuras adelante. Diez hombres armados esperando en mitad del sendero, alineados como si realmente creyeran que podían cortar el paso. Ubbe entornó los ojos al ver al hombre mayor al frente, intentando sostener la mirada mientras el miedo le tensaba los hombros.
-Míralos, bro… -gruñó Ubbe por lo bajo- Diez pringaos y un abuelo nervioso. Esto huele raro, baby...
Sigurd dio un paso al frente y Ubbe retrocedió medio paso, dejándole la palabra sin tener que decirlo. Si Sigurd empezaba, él acompañaría. Pensaban igual. Querían lo mismo.
Entonces el hombre, Viruta, habló.
Su voz sonaba serena… pero el miedo se le escapaba en cada respiración. Habló de consecuencias, llamadas, favores, silencio, poder. Cháchara barata. Ubbe lo escuchó unos segundos… y luego escuchó atentamente a Sigurd.
Cada palabra del rubio encajaba perfectamente con lo que él pensaba: desprecio total hacia las amenazas vacías, cero interés en el silencio, y una confianza absoluta en su propia fuerza. Asintió una sola vez, lento, casi satisfecho, porque Sigurd había dicho exactamente lo que él habría dicho. Una sonrisa ladeada apareció en su rostro cuando escuchó su carcajada; ese sonido le encendía la sangre, le recordaba que no estaban solos, qué juntos eran una fuerza que nadie en Drum podía manejar. Y sin necesidad de hablar aún, Ubbe dejó claro con la mirada que estaba completamente de acuerdo, y antes de añadir la guinda del pastel al discurso de su hermano, un recuerdo le inundó la mente...
El recuerdo le golpeó como una ráfaga cálida en mitad del frío. La imagen del sendero helado se difuminó y, por un instante, Ubbe volvió a estar en la cubierta del barco que los había llevado desde Little Garden hasta Drum. Era de noche, el mar estaba en calma y el viento soplaba con una constancia tranquila. Ubbe acababa de terminar de contarle a Sigurd lo justo sobre Kal y sobre por qué llevaba ese amuleto siempre encima; no dio detalles de más, pero sí los suficientes como para que el rubio entendiera que aquello no era sólo un objeto, sino un pedazo de su alma.
Sigurd, en vez de hacer preguntas, se sentó a su lado y empezó a hablarle de algo completamente distinto: historias antiguas, nombres impronunciables, mitos que sonaban como rugidos en la oscuridad. Le contó cómo sus armas no eran simples martillos, sino símbolos de un poder heredado de seres que él describía como dioses de hielo y guerra. Había mencionado nombres como Bifröst, Vanaheim, Járngreipr… pero hubo una palabra que se quedó grabada en la mente de Ubbe como una marca al rojo.
La caída de los dioses.
La batalla final que arrasa el mundo entero para rehacerlo desde las cenizas.
Ubbe no entendió todos los detalles —no le hacían falta—, pero la idea se quedó incrustada en él de forma visceral.
Una guerra tan grande que incluso los cielos caerían.
Una batalla tan salvaje que todo lo que existía cambiaría para siempre.
Un destino que nadie podía detener.
El tipo de guerra que dos buccaneers como ellos podían desear.
El recuerdo se desvaneció y el frío de Drum volvió a morderle los músculos. Ubbe parpadeó una vez, lento, entonces respiró hondo, hinchando el pecho como si fuera a reventarle el chaleco, y dio un paso adelante hasta colocarse junto a Sigurd, hombro con hombro, como dos montañas que habían aprendido a moverse juntas.
La sonrisa que se dibujó en su rostro tenía algo peligroso, algo antiguo. Una chispa que no nacía del presente, sino del eco de aquella palabra que le había quedado clavada desde el viaje en el barco. El brillo de sus ojos dejó claro que lo que iba a decir no era una amenaza: era una verdad.
-Viejo… -gruñó, con una voz grave que parecía salir desde las entrañas de la tierra- tú no has entendido una mierda, baby.
Ubbe levantó la barbilla, orgulloso, poderoso, sintiendo el fuego subirle por el pecho. Señaló con el pulgar a Sigurd, luego a sí mismo, marcando cada gesto con una seguridad brutal.
-No queremos silencio -escupió, avanzando medio paso, lo justo para que los guardias retrocedieran sin darse cuenta- No queremos escondernos, ni pasar desapercibidos, ni hacer las cosas por debajo de la mesa.
Sus músculos se tensaron, su sombra creció sobre Viruta como una marea negra.
-Nosotros hemos venido a poner el mundo patas arriba.
Y entonces llegó la palabra.
La que no era un adorno ni un título.
La que definía lo que eran.
La que había ardido en él desde aquella noche.
Ubbe la dejó caer como un martillazo capaz de quebrar un reino entero:
-Asi que cuando des el aviso, haz que quede claro... Somos el puto RAGNAROK.
Y no dijo nada más.
Porque nada más podía ponerse encima de eso.
Sigurd le explicaba sobre un sitio de comidas que van a peso.
Ubbe soltó una carcajada grave, un temblor de pecho que resonó por el camino helado.
- GAHAHAHAHA, eso suena a fiesta, baby, ¡vamos de una, que tengo un hambre que flipas!
Los dos caminaron hombro con hombro, ocupando todo el sendero como si la isla les quedara pequeña. La charla fluía fácil: comida, sexo, historias, planes de mierda que probablemente no cumplirían nunca. La clase de conversación ligera que solo dos buccaneers podían tener después de destrozarlo todo.
La calma se rompió cuando vieron figuras adelante. Diez hombres armados esperando en mitad del sendero, alineados como si realmente creyeran que podían cortar el paso. Ubbe entornó los ojos al ver al hombre mayor al frente, intentando sostener la mirada mientras el miedo le tensaba los hombros.
-Míralos, bro… -gruñó Ubbe por lo bajo- Diez pringaos y un abuelo nervioso. Esto huele raro, baby...
Sigurd dio un paso al frente y Ubbe retrocedió medio paso, dejándole la palabra sin tener que decirlo. Si Sigurd empezaba, él acompañaría. Pensaban igual. Querían lo mismo.
Entonces el hombre, Viruta, habló.
Su voz sonaba serena… pero el miedo se le escapaba en cada respiración. Habló de consecuencias, llamadas, favores, silencio, poder. Cháchara barata. Ubbe lo escuchó unos segundos… y luego escuchó atentamente a Sigurd.
Cada palabra del rubio encajaba perfectamente con lo que él pensaba: desprecio total hacia las amenazas vacías, cero interés en el silencio, y una confianza absoluta en su propia fuerza. Asintió una sola vez, lento, casi satisfecho, porque Sigurd había dicho exactamente lo que él habría dicho. Una sonrisa ladeada apareció en su rostro cuando escuchó su carcajada; ese sonido le encendía la sangre, le recordaba que no estaban solos, qué juntos eran una fuerza que nadie en Drum podía manejar. Y sin necesidad de hablar aún, Ubbe dejó claro con la mirada que estaba completamente de acuerdo, y antes de añadir la guinda del pastel al discurso de su hermano, un recuerdo le inundó la mente...
El recuerdo le golpeó como una ráfaga cálida en mitad del frío. La imagen del sendero helado se difuminó y, por un instante, Ubbe volvió a estar en la cubierta del barco que los había llevado desde Little Garden hasta Drum. Era de noche, el mar estaba en calma y el viento soplaba con una constancia tranquila. Ubbe acababa de terminar de contarle a Sigurd lo justo sobre Kal y sobre por qué llevaba ese amuleto siempre encima; no dio detalles de más, pero sí los suficientes como para que el rubio entendiera que aquello no era sólo un objeto, sino un pedazo de su alma.
Sigurd, en vez de hacer preguntas, se sentó a su lado y empezó a hablarle de algo completamente distinto: historias antiguas, nombres impronunciables, mitos que sonaban como rugidos en la oscuridad. Le contó cómo sus armas no eran simples martillos, sino símbolos de un poder heredado de seres que él describía como dioses de hielo y guerra. Había mencionado nombres como Bifröst, Vanaheim, Járngreipr… pero hubo una palabra que se quedó grabada en la mente de Ubbe como una marca al rojo.
R A G N A R O K
El fin de todo.La caída de los dioses.
La batalla final que arrasa el mundo entero para rehacerlo desde las cenizas.
Ubbe no entendió todos los detalles —no le hacían falta—, pero la idea se quedó incrustada en él de forma visceral.
Una guerra tan grande que incluso los cielos caerían.
Una batalla tan salvaje que todo lo que existía cambiaría para siempre.
Un destino que nadie podía detener.
El tipo de guerra que dos buccaneers como ellos podían desear.
El recuerdo se desvaneció y el frío de Drum volvió a morderle los músculos. Ubbe parpadeó una vez, lento, entonces respiró hondo, hinchando el pecho como si fuera a reventarle el chaleco, y dio un paso adelante hasta colocarse junto a Sigurd, hombro con hombro, como dos montañas que habían aprendido a moverse juntas.
La sonrisa que se dibujó en su rostro tenía algo peligroso, algo antiguo. Una chispa que no nacía del presente, sino del eco de aquella palabra que le había quedado clavada desde el viaje en el barco. El brillo de sus ojos dejó claro que lo que iba a decir no era una amenaza: era una verdad.
-Viejo… -gruñó, con una voz grave que parecía salir desde las entrañas de la tierra- tú no has entendido una mierda, baby.
Ubbe levantó la barbilla, orgulloso, poderoso, sintiendo el fuego subirle por el pecho. Señaló con el pulgar a Sigurd, luego a sí mismo, marcando cada gesto con una seguridad brutal.
-No queremos silencio -escupió, avanzando medio paso, lo justo para que los guardias retrocedieran sin darse cuenta- No queremos escondernos, ni pasar desapercibidos, ni hacer las cosas por debajo de la mesa.
Sus músculos se tensaron, su sombra creció sobre Viruta como una marea negra.
-Nosotros hemos venido a poner el mundo patas arriba.
Y entonces llegó la palabra.
La que no era un adorno ni un título.
La que definía lo que eran.
La que había ardido en él desde aquella noche.
Ubbe la dejó caer como un martillazo capaz de quebrar un reino entero:
-Asi que cuando des el aviso, haz que quede claro... Somos el puto RAGNAROK.
Y no dijo nada más.
Porque nada más podía ponerse encima de eso.
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