03-12-2025, 02:42 PM
—Bueno, si ese hombre insiste en pagar quien somos nosotros para decirle que no. —Mientras se encogía de hombros, Lampedusa no pudo evitar reír ante el comentario. Debía de ser la cogorza que llevaba encima la que actuaba por ella. Dios santo, el mundo daba vueltas a la velocidad del rayo. ¿No se podía estar quieto? Que fastidio. Casi parecía que hubiera sido él quien se hubiera bebido la petaca entera.
Comenzó a caminar a su lado tras decirle lo del pan de gaviotas. Ahora solo faltaba encontrar una taberna. Diablos, ¿dónde le había dicho la vieja que estaba esa que le había preguntado? Ni pajolera idea. Ya ni se acordaba.
—No pienses que voy a ayudarte si vomitas, a mí no me van esas mariconadas de sujetar el pelo y darte golpecitos en la espalda. —La comida de emergencia, que así era como iba a llamar al pájaro a partir de entonces, se posó en el brazo del pastelero—. Conozco un sitio donde sirven la mejor cerveza y el mejor alcohol de todo este puto lugar, porque otros sitios no pero los bares de esta ciudad me los conozco todos.
—¿Sujetarme el pelo? ¿Además de pastelero eres peluquero o que mierda? ¡Ni que fuera una cría de tres años! —Vaya, le había temblado la voz. Quizá no debería de haberse bebido toda la petaca. Pero en fin, lo hecho, hecho estaba—. Y te sigo, que no tengo ni pajolera idea de donde es. La peña me da las indicaciones con el culo.
El camino en búsqueda de una dichosa taberna fue largo. Todos los caguetas de la isla se habían encerrado en sus casas como conejillos asustados. ¡Si era una birria de temporal! Que parguelas. De vez en cuando, el pastelero le dio varios toquecitos para que le siguiera en dirección correcta. Con la cogorza que llevaba encima, no le extrañaba equivocarse tanto. Estaba de buen humor. La comilona, y tal vez el estado de embriaguez, eran las causantes de ello.
El pastelero se plantó delante de una taberna de mala muerte con un letrero que, por culpa de su nula educación, ni siquiera sabía que ponía. Pero en fin, o era una taberna o la casa de señoritas elegantes que tanto ponían cachondos a los hombres.
—¡RIGOBERTO VIEJO AMIGO! Vengo a gastarme unos cuantos berries así que ya puedes ir sirviéndonos a mí y a mi amiga borrachuza esa un par de cervezas bien frías y una ración de pan de gambas.
Entrar allí le confirmó que se trataba de lo primero, y ver al tipo moreno con tatuajes le valió como prueba de ello. Los dos se pusieron a hablar como si fueran viejos amigos, o algo así entendió. La borrachera que llevaba encima embotaba un poco sus sentidos. Ya empezaba a pasársele el efecto. Pero bueno, al menos había tenido el estómago lleno. Eso bastaba todas las resacas del mundo que sufriera después.
—Venga no me jodas, sácate ese palo del culo y sírvenos un par de copas, invita ella.
—¿Cómo que yo? ¡Paga la jodida cartera! ¡Yo no pago ni harta de licor y galletas! —Dejó la cartera encima de la barra y sonrió con ferocidad—. Lo que sea que te haya dicho el tolai este, y rapidito, que no tengo todo el día. ¡Puff! —Añadió unos cuantos golpes en la barra para que se diera prisa, si no quería que le metiera la cara en el culo.
La comida se sirvió en menos que cantaba el pajarraco ese que le despertaba a traición antes de que saliera el sol todas las mañanas. Estaba buena, y la cerveza también. Solo había una pega: eso no sabía a gaviota, sino a gamba. ¿Se habría equivocado el camarero? Seguro. Pero en fin, al menos estaba rica la cosa.
—Bueno, dime, pastelero. ¿Qué te trae por acá? Porque tú no tienes pinta de pringado con esa habilidad tan buena de hacer galletas duras. Si no te las mojan, hasta diría que son capaces de meter una buena ostia por cómo se movía la de antes. —dijo. Tal vez estaba tan borracha todavía que estaba lo suficientemente alegre como para escuchar lo que quiera que le dijera el pastelero—. ¿Y cómo te llamas? Porque seguro tendrás un jodido nombre, aunque sea algo patético como Juanito Valderrama.
Comenzó a caminar a su lado tras decirle lo del pan de gaviotas. Ahora solo faltaba encontrar una taberna. Diablos, ¿dónde le había dicho la vieja que estaba esa que le había preguntado? Ni pajolera idea. Ya ni se acordaba.
—No pienses que voy a ayudarte si vomitas, a mí no me van esas mariconadas de sujetar el pelo y darte golpecitos en la espalda. —La comida de emergencia, que así era como iba a llamar al pájaro a partir de entonces, se posó en el brazo del pastelero—. Conozco un sitio donde sirven la mejor cerveza y el mejor alcohol de todo este puto lugar, porque otros sitios no pero los bares de esta ciudad me los conozco todos.
—¿Sujetarme el pelo? ¿Además de pastelero eres peluquero o que mierda? ¡Ni que fuera una cría de tres años! —Vaya, le había temblado la voz. Quizá no debería de haberse bebido toda la petaca. Pero en fin, lo hecho, hecho estaba—. Y te sigo, que no tengo ni pajolera idea de donde es. La peña me da las indicaciones con el culo.
El camino en búsqueda de una dichosa taberna fue largo. Todos los caguetas de la isla se habían encerrado en sus casas como conejillos asustados. ¡Si era una birria de temporal! Que parguelas. De vez en cuando, el pastelero le dio varios toquecitos para que le siguiera en dirección correcta. Con la cogorza que llevaba encima, no le extrañaba equivocarse tanto. Estaba de buen humor. La comilona, y tal vez el estado de embriaguez, eran las causantes de ello.
El pastelero se plantó delante de una taberna de mala muerte con un letrero que, por culpa de su nula educación, ni siquiera sabía que ponía. Pero en fin, o era una taberna o la casa de señoritas elegantes que tanto ponían cachondos a los hombres.
—¡RIGOBERTO VIEJO AMIGO! Vengo a gastarme unos cuantos berries así que ya puedes ir sirviéndonos a mí y a mi amiga borrachuza esa un par de cervezas bien frías y una ración de pan de gambas.
Entrar allí le confirmó que se trataba de lo primero, y ver al tipo moreno con tatuajes le valió como prueba de ello. Los dos se pusieron a hablar como si fueran viejos amigos, o algo así entendió. La borrachera que llevaba encima embotaba un poco sus sentidos. Ya empezaba a pasársele el efecto. Pero bueno, al menos había tenido el estómago lleno. Eso bastaba todas las resacas del mundo que sufriera después.
—Venga no me jodas, sácate ese palo del culo y sírvenos un par de copas, invita ella.
—¿Cómo que yo? ¡Paga la jodida cartera! ¡Yo no pago ni harta de licor y galletas! —Dejó la cartera encima de la barra y sonrió con ferocidad—. Lo que sea que te haya dicho el tolai este, y rapidito, que no tengo todo el día. ¡Puff! —Añadió unos cuantos golpes en la barra para que se diera prisa, si no quería que le metiera la cara en el culo.
La comida se sirvió en menos que cantaba el pajarraco ese que le despertaba a traición antes de que saliera el sol todas las mañanas. Estaba buena, y la cerveza también. Solo había una pega: eso no sabía a gaviota, sino a gamba. ¿Se habría equivocado el camarero? Seguro. Pero en fin, al menos estaba rica la cosa.
—Bueno, dime, pastelero. ¿Qué te trae por acá? Porque tú no tienes pinta de pringado con esa habilidad tan buena de hacer galletas duras. Si no te las mojan, hasta diría que son capaces de meter una buena ostia por cómo se movía la de antes. —dijo. Tal vez estaba tan borracha todavía que estaba lo suficientemente alegre como para escuchar lo que quiera que le dijera el pastelero—. ¿Y cómo te llamas? Porque seguro tendrás un jodido nombre, aunque sea algo patético como Juanito Valderrama.
cosos
