03-12-2025, 09:27 PM
Su nombre en mi boca era una promesa; el mío en la suya, un peligro.
Y cuando lo dijo —cuando lo dejó caer con ese orgullo puerco y hermoso que siempre lo traicionó— sentí algo en el vientre apretarse, no de nostalgia sino de puro presente.
Porque no era el pasado el que me llamaba.
Era él.
Su voz ronca, su vanidad absurda, ese perfume salado que le nació de mar y pecado.
Me reí bajito, con una alegría que no buscó permiso.
Porque me había ganado.
Porque lo consiguió sin darse cuenta.
— ¿Así que ahora sabés pronunciarlo sin que te tiemble la lengua, ah? — musité, cerca, demasiado cerca, con esa ironía mansa que siempre fue mi escudo y mi ternura — Qué rápido aprendés cuando querés poseer algo.
No dije “a alguien”.
Dije “algo”.
Porque nos gustaba lo feo.
Lo crudo.
Lo honesto.
Él podía ser pirata, mercenario, sobreviviente del mar y de sí mismo… pero en el fondo seguía siendo ese chico que se relamía la boca para esconder sonrisas que le salían más grandes que el orgullo.
— No te hubieras convertido en la última persona — murmuré — solo hubieras sido la primera que no sabría qué hacer conmigo.
No lo dije como reproche, sino como verdad desnuda: él huyó al océano porque era más fácil navegar tormentas que quedarse a aprender mi idioma.
Su broma vino como un latigazo suave, buscando refugio en la picardía para no quedarse desnudo ante la confesión.
— ¿Que nunca me gustaste? — repetí, sin indignación, solo con ese humor cruel que se vuelve azúcar en voz baja — Si no me hubieras gustado, no estaríamos así ahora mismo.
Y lo señalé sin tocarlo: no con palabras, sino con el lugar exacto donde la tela del pantalón fallaba en esconderle la verdad.
Oh, sí. Estaba así.
Y cada pulso suyo lo delataba con entusiasmo.
Cuando robó ese roce de labios —preso de una audacia vieja, recuperada— no lo esquivé. Pero tampoco lo completé. Fue una colisión breve, húmeda y en fuga, que dejó hambre en los dos.
Yo exhalé, pero esa exhalación chocó contra su captura, dispersándose contra el borde de su boca y abriéndome un escalofrío en la columna.
La piel de los vientres chocó como dos animales reconociéndose.
Su calor me llenó.
Mi calor lo empujó.
Y mi cuerpo, con lujo de crueldad femenina en su diseño caprichoso y generoso, marcó el límite natural entre ambos: mis pechos presionaron contra su torso descubierto, no para alejarlo… sino para gobernar el ritmo.
Los sentí moldearse, suaves pero firmes, presionando su esternón musculado, dictando cuánto podía avanzar y cuánto debía esperar, lo suficiente para que rozaran su piel en un vaivén mínimo, húmedo, deliberado.
Levanté la mirada con malicia satisfecha, porque sentía que cada roce mio lo desmoronaba un poco.
El aire nos traicionó con un gemido ahogado que no supe si salió de él o de mí.
— Qué lástima, Lü… — canturreé contra su boca, sin rozarla — …no tuviste ese descaro cuando me tenías todas las noches cerca.
Su confesión fue otra:
Hubiera tomado.
Hubiera robado.
Hubiera hecho.
Dejé que mi aliento le lamiera la piel antes que mi voz.
— Te juro que me encanta cuando te creés dueño de algo que no tocaste nunca — susurré, suave, caliente — porque ahora querés recuperar tiempo, y puede que te salga mal.
Mi boca rozó la parte posterior de su mandíbula, sin llegar a beso.
Un amague.
Un aviso.
La crueldad dulce de quien sabe el efecto que causa.
Mi cuerpo respondió automático: alas plegándose, abdomen tensándose, caderas acercándose apenas un milímetro más, lo suficiente para que él sintiera mi hambre, sin necesidad de verla.
Cuando deslizó su mano por mi nuca, peinándome hacia atrás, un suspiro escapó de mis labios, traicionero, femenino, insoportablemente honesto.
Ahí.
En esa grieta suave.
— Pareciera que sabés dónde tocar — admití, con una chispa entre adoración y amenaza — aunque te hagas el boludo.
Esa última provocación sobre el perfume me arrancó una carcajada baja, caliente, peligrosa.
Me acerqué tanto que mis labios rozaron su comisura sin llegar a besarla.
Mi aliento se metió entre sus dientes cuando hablé.
— Se llama "te voy a hacer perder el juicio si no decidís rápido".
No lo besé.
Lo amagué.
Y me acerqué hasta su oído, tan cerca que el borde de mi labio rozó su piel cuando hablé:
— Ahora decime… ¿te hospedaste ahí atrás?
Giré la cabeza apenas, indicando el hotel sin alejarme de su cuerpo.
— Porque si querés llevarme… — mi voz bajó, ronroneante, peligrosa — …es ahora.
Mi mano descendió por su abdomen, rozando el punto justo antes del borde del pantalón, sin tocar más, pero dejando constancia de la oferta.
— Si no, vas a tener que vivir con la idea de que esta vez sí te hice falta.
Me separé lo mínimo para que el próximo movimiento dependiera de él.
Pero mi mirada, oscura y brillante, ya había decidido por los dos.
Y cuando lo dijo —cuando lo dejó caer con ese orgullo puerco y hermoso que siempre lo traicionó— sentí algo en el vientre apretarse, no de nostalgia sino de puro presente.
Porque no era el pasado el que me llamaba.
Era él.
Su voz ronca, su vanidad absurda, ese perfume salado que le nació de mar y pecado.
Me reí bajito, con una alegría que no buscó permiso.
Porque me había ganado.
Porque lo consiguió sin darse cuenta.
— ¿Así que ahora sabés pronunciarlo sin que te tiemble la lengua, ah? — musité, cerca, demasiado cerca, con esa ironía mansa que siempre fue mi escudo y mi ternura — Qué rápido aprendés cuando querés poseer algo.
No dije “a alguien”.
Dije “algo”.
Porque nos gustaba lo feo.
Lo crudo.
Lo honesto.
Él podía ser pirata, mercenario, sobreviviente del mar y de sí mismo… pero en el fondo seguía siendo ese chico que se relamía la boca para esconder sonrisas que le salían más grandes que el orgullo.
— No te hubieras convertido en la última persona — murmuré — solo hubieras sido la primera que no sabría qué hacer conmigo.
No lo dije como reproche, sino como verdad desnuda: él huyó al océano porque era más fácil navegar tormentas que quedarse a aprender mi idioma.
Su broma vino como un latigazo suave, buscando refugio en la picardía para no quedarse desnudo ante la confesión.
— ¿Que nunca me gustaste? — repetí, sin indignación, solo con ese humor cruel que se vuelve azúcar en voz baja — Si no me hubieras gustado, no estaríamos así ahora mismo.
Y lo señalé sin tocarlo: no con palabras, sino con el lugar exacto donde la tela del pantalón fallaba en esconderle la verdad.
Oh, sí. Estaba así.
Y cada pulso suyo lo delataba con entusiasmo.
Cuando robó ese roce de labios —preso de una audacia vieja, recuperada— no lo esquivé. Pero tampoco lo completé. Fue una colisión breve, húmeda y en fuga, que dejó hambre en los dos.
Yo exhalé, pero esa exhalación chocó contra su captura, dispersándose contra el borde de su boca y abriéndome un escalofrío en la columna.
La piel de los vientres chocó como dos animales reconociéndose.
Su calor me llenó.
Mi calor lo empujó.
Y mi cuerpo, con lujo de crueldad femenina en su diseño caprichoso y generoso, marcó el límite natural entre ambos: mis pechos presionaron contra su torso descubierto, no para alejarlo… sino para gobernar el ritmo.
Los sentí moldearse, suaves pero firmes, presionando su esternón musculado, dictando cuánto podía avanzar y cuánto debía esperar, lo suficiente para que rozaran su piel en un vaivén mínimo, húmedo, deliberado.
Levanté la mirada con malicia satisfecha, porque sentía que cada roce mio lo desmoronaba un poco.
El aire nos traicionó con un gemido ahogado que no supe si salió de él o de mí.
— Qué lástima, Lü… — canturreé contra su boca, sin rozarla — …no tuviste ese descaro cuando me tenías todas las noches cerca.
Su confesión fue otra:
Hubiera tomado.
Hubiera robado.
Hubiera hecho.
Dejé que mi aliento le lamiera la piel antes que mi voz.
— Te juro que me encanta cuando te creés dueño de algo que no tocaste nunca — susurré, suave, caliente — porque ahora querés recuperar tiempo, y puede que te salga mal.
Mi boca rozó la parte posterior de su mandíbula, sin llegar a beso.
Un amague.
Un aviso.
La crueldad dulce de quien sabe el efecto que causa.
Mi cuerpo respondió automático: alas plegándose, abdomen tensándose, caderas acercándose apenas un milímetro más, lo suficiente para que él sintiera mi hambre, sin necesidad de verla.
Cuando deslizó su mano por mi nuca, peinándome hacia atrás, un suspiro escapó de mis labios, traicionero, femenino, insoportablemente honesto.
Ahí.
En esa grieta suave.
— Pareciera que sabés dónde tocar — admití, con una chispa entre adoración y amenaza — aunque te hagas el boludo.
Esa última provocación sobre el perfume me arrancó una carcajada baja, caliente, peligrosa.
Me acerqué tanto que mis labios rozaron su comisura sin llegar a besarla.
Mi aliento se metió entre sus dientes cuando hablé.
— Se llama "te voy a hacer perder el juicio si no decidís rápido".
No lo besé.
Lo amagué.
Y me acerqué hasta su oído, tan cerca que el borde de mi labio rozó su piel cuando hablé:
— Ahora decime… ¿te hospedaste ahí atrás?
Giré la cabeza apenas, indicando el hotel sin alejarme de su cuerpo.
— Porque si querés llevarme… — mi voz bajó, ronroneante, peligrosa — …es ahora.
Mi mano descendió por su abdomen, rozando el punto justo antes del borde del pantalón, sin tocar más, pero dejando constancia de la oferta.
— Si no, vas a tener que vivir con la idea de que esta vez sí te hice falta.
Me separé lo mínimo para que el próximo movimiento dependiera de él.
Pero mi mirada, oscura y brillante, ya había decidido por los dos.
