Mareas azarosas de confusión [Stroud]
#2
Hacía poco que había llegado a Samba, y sabía que su estancia allí sería más bien corta. Pronto, tanto él como su división habrían de poner rumbo una vez más, esta vez con dirección a los Cabos Gemelos, y, tras ello, el Grand Line. La isla, de humedad y calidez notables, parecía enfriarse significativamente durante la noche, cuando el viento cambiaba y la humedad se convertía en esa frialdad que se le metía a uno en los huesos si no se andaba con cuidado. En comparación con, incluso, los veranos más cálidos de lugares como Roshwan o Spider Miles, sin embargo, aquello hubiera pasado por una agradable brisa primaveral. Habiendo dejado a punto su material de navegación en la bodega, y habiendo hecho un pequeño inventario de lo que les faltaba por adquirir aún para su travesía, Stroud descendió del Royal Quiver para hacer una última ronda de compras por la alegre urbe.

Caminó por las calles de la ciudad, lista de la compra en mano, y cargando con una bolsa de la compra. Aún necesitaban, claro, algunas limas frescas que pudiesen llevar a bordo, fundamentales para prevenir el escorbuto, y algunos recambios para el barco no les irían mal. Unos cuantos clavos, tal vez algún tablón; nada especial, el tipo de suministro del que un navío regular, simplemente, no podía permitirse prescindir en cualquier eventualidad. Algo más de sal no les vendría mal tampoco, para preservar los alimentos en la lúgubre bodega del Royal Quiver. Vestía su uniforme, como siempre, su gorra e incluso su abrigo, que colgaba de sus hombros, cuya superficie se ondulaba delicadamente con la brisa nocturna de Samba. Nunca había sido especialmente partidario de llevar el abrigo sin necesidad; sentía que solo suponía una molestia a la hora de combatir o moverse. Sin embargo, la prenda empezaba a hacerse un hueco entre sus gustos, y empezaba a entender por qué era importante llevarla, también, en ocasiones en que el protocolo no lo dictase.

Mil pensamientos cruzaban su cabeza a cada segundo durante aquellos días. La anticipación por llegar al Grand Line, el enfrentarse a nuevos peligros y los rumores que corrían del nacimiento de nuevas tripulaciones que no se podían desdeñar. Ya no solo era el Grand Line: hasta el South Blue parecía infestado de matoncillos y maleantes disfrazados de simpáticos idealistas, ligeros de ideas pero duros de mollera. Las reacciones que su uniforme provocaba entre el gentío parecían más polarizantes, incluso, que apenas unos meses atrás. Todo parecía estar cambiando, para mejor o para peor, a velocidad vertiginosa. Siempre había sido plenamente consciente de que la labor de la Justicia no era una fácil de llevar a cabo; a nadie que hubiera vivido aquella infancia se le escapaba aquello, pero últimamente los acontecimientos parecían precipitarse más de lo habitual. Había mucho trabajo por hacer, sacrificios que ofrecer, injusticia que erradicar. Sacudió ligeramente la cabeza para sí, como intentando deshacerse de aquellos pensamientos. No era lo que tocaba ahora.

Pese a las horas intempestivas, las calles de Samba estaban tan animadas como de costumbre. En terrazas y balcones, decenas de personas se juntaban para charlar, disfrutar de una bebida en compañía o comentar los últimos sucesos y la actualidad más reciente de la isla. Stroud jamás había visto un sitio tan animado como aquel, aunque la presencia simultánea de tantas personas, todo el tiempo, podía resultarle algo enervante. Bajo la visera de la gorra, sus ojos grises iban de un lado para otro, midiendo los espacios, manteniendo un cierto control visual sobre la situación, procurando captar cualquier movimiento extraño o demasiado rápido. Nada de lo que preocuparse, sin embargo. La velada parecía transcurrir con plena normalidad. A sus lados, iban pasando, una tras otra, tiendas que continuaban abiertas, incluso a aquellas horas de la noche. Algunas empezaban a cerrar, o recogían algunas de las mercancías que ofrecían en el exterior de la fachada, bajo la luz de las farolas: sacos de café, de azúcar, cajas en cuyo fondo tan solo quedaban algunas frutas poco frescas... La mayoría, sin embargo, continuaban ofertando sus productos con normalidad, y los compradores, de hecho, seguían llegando. Como si fueran las tres de la tarde, los habitantes de Samba hacían sus compras al abrigo de la noche, fuese lo que fuese que necesitasen. Muchos, sin embargo, habían desempolvado chaquetas y abrigos que seguramente no sacasen ni en lo más crudo del invierno. Cuando en un lugar así de cálido las temperaturas bajaban algunos grados, la gente tendía a exagerar.

Repentinamente, algo lo sacó de sus pensamientos, rompiendo la introspección del momento. ¿Un disparo? Alzó una ceja, deteniéndose en seco. En el interior de una de las tiendas, en el callejón a su izquierda, otro disparo, unos cristales rompiéndose, unos gritos. La bolsa de plástico quedó allí mismo, sobre el pavimento empedrado, mientras el Marine se ceñía sus guantes, e instantes después la puerta de la tienda se abría de golpe con el sonido de una campanita. El uniformado Stroud contempló la estancia desde el umbral, bloqueando la salida. La estampa era pintoresca: minúsculos pedazos de cristal repartidos por todas partes, como perlas resplandecientes, un tipo desmayado, y el que debía de ser el tendero, aterrorizado, frente a una tipa de pelo verde cubierta con un abrigo. Trocitos de vidrio crujieron al agrietarse bajo sus botas. "Manos en alto, señora," se limitó a ordenar.
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RE: Mareas azarosas de confusión [Stroud] - por Stroud Nanashi - 04-12-2025, 04:12 PM

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