[Aventura T1][Presente absoluto] Caña dulce, caña amarga
#2
Aquella mañana había llegado a Samba, y desde el primer instante entendí por qué la gente habla de esta isla casi con reverencia. Incluso antes de atracar, podía sentirse algo en el aire, un ritmo suave que viajaba con la brisa, como si la música fuera parte del clima. Dicen que aquí el ambiente vibra, que las personas son cálidas y que la alegría se contagia sin pedir permiso y quiero creer que todo eso es verdad.
 
Mientras caminaba por el muelle, cada rincón parecía moverse al compás de un tambor lejano, las voces, las risas, los colores, todo tenía una energía distinta, viva, chispeante, era como si la isla respirara música y la dejara escapar por cada calle y yo, que venía con curiosidad y el corazón ligero, no pude evitar sonreír. Samba prometía ser un lugar donde el alma se suelta, donde los pies se mueven solos y donde una viajera como yo puede perderse sin miedo, solo para encontrarse bailando sin darse cuenta.
 
Por cosas del destino o simple fortuna mía, el primer lugar que pisé fue un rincón humilde de la isla. Gente vestida con harapos, cuerpos delgados por las carencias y miradas que contaban historias duras apenas con un parpadeo y aun así, todos seguían bailando, cantando, riendo entre dientes y vendiendo las pocas cosas que tenían para sobrevivir un día más. Había algo profundamente hermoso en esa contradicción, la pobreza colgando de sus ropas, pero la alegría aferrada a sus huesos. Como si la música fuera su única riqueza, y aun así la compartieran sin reservas con todo aquel que pasara.
 
Mientras avanzaba por aquel sendero improvisado un camino que parecía haber nacido únicamente de la insistencia de cientos de pies atravesando el cañaveral día tras día, me fui encontrando con varios puestos pobres pero llenos de vida. Cada persona vendía lo poco que tenía, frutas golpeadas por el sol, artesanías hechas con paciencia o simples objetos recuperados quién sabe de dónde, todo servía si ayudaba a sobrevivir. En medio de ese recorrido, dos niños se me acercaron. El primero, un pequeño de ojos enormes y belleza frágil, demasiado delgado para su edad, me pidió una goma de mascar con una timidez que casi dolía. Obviamente no llevaba nada de eso, pero en mi bolsillo derecho tenía un pequeño paquete de paletas en forma de corazón—No tengo goma de mascar, pero tengo estas paletas. — lo saqué sin pensarlo y se lo entregué.
 
El niño me miró como si le hubiera dado un tesoro, luego sonrió, una sonrisa tan luminosa que por un instante hizo que todo aquel entorno duro pareciera menos cruel y se alejó corriendo, con su dulce en la mano, como si ese pequeño gesto bastara para alegrarle el día, mientras tanto otra pequeña me invitó a jugar al escondite, pero claramente primero necesitaba buscar donde asentarme.  —Justo ahora no puedo jugar, pero dentro de poco volveré para jugar contigo. — Le comenté pintando una sonrisa en mi rostro viendo como se iba a jugar con el primer chico.
 
Caminé unos veinte metros más, dejándome llevar por el ritmo contagioso que parecía brotar del suelo mismo. Cada puesto tenía un color distinto, un aroma diferente, una historia escrita en manos callosas. Estaba a punto de dejarme llevar por la música cuando una conversación rompió la armonía del ambiente. No era un grito, pero tampoco un simple murmullo: una voz firme, con un filo desagradable, se imponía sobre otra que apenas lograba sostenerse.
 
Volteé casi por reflejo hacia el final del camino, donde la sombra del último puesto se extendía como un velo oscuro sobre el suelo caliente. Allí, en evidente contraste con la alegría colectiva, se desarrollaba una escena que no encajaba con nada de lo que la isla parecía ofrecer. La música seguía vibrando, el olor a pan recién hecho llenaba el aire, la gente continuaba bailando y vendiendo como si nada ocurriese. Pero ese rincón se sentía distinto, casi ajeno a la propia isla. Un hombre vestido con el clásico uniforme azul y blanco de los marinos, esos mismos de los que tanto escuché hablar en la isla de las Kuja, discutía con un anciano que apenas tenía la fuerza para sostener el cuerpo, mucho menos la voz. El marino hablaba con autoridad, con impaciencia, mientras el viejo intentaba responderle sin poder levantar más que un hilo de sonido. Aquella desigualdad, tan evidente, se clavó en mi pecho como un recordatorio de que incluso en los lugares más alegres siempre existe una sombra que nadie quiere ver.
 
El pobre anciano al parecer no tenia siquiera el dinero para pagar una cuota de no sé qué, y tampoco me importaba mucho, pero para mí parecía injusto, el marino, aparentemente de otra raza pues parecía un animal antropomórfico gritaba algo del dinero, de la cuota, de que el viejo no podía vender sus cosas sin pagar y que no se quien le protegía, yo terminé de acércame lo suficiente para ver la escena en donde el hombre empujaba al anciano y cuando este intentaba levantarse sus ojos cruzaron con los míos. —No hay que ser tan malos con las personas mayores, eso todo el mundo lo sabe precioso. — dije mientras me acercaba por completo ayudando a levantar al anciano y sus pertenencias.

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RE: [Aventura T1][Presente absoluto] Caña dulce, caña amarga - por Trixxie Pappitson - 04-12-2025, 10:18 PM

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