05-12-2025, 01:42 AM
Sin importar donde estuvieses, sin importar qué hicieses, así el mar fuese del Sur o ya hubieses cruzado la Red Line para llegar a Paraíso, la única verdad del mundo era que en todos lados la gente moría ¿Verdad? Al menos esa era la verdad para Eros
Tras sobrevivir por pura gracia del destino a la cacería de humanos orquestada en los Cabos Gemelos por manos de los Tenryuubito, Eros llegó a Whisky Peak acompañado de los Piratas del Cabaret, todavía sin caer en cuenta de cómo su vida se había tornado tan caótica en un abrir y cerrar de ojos. La travesía en el Crimson Stage desde que bajaron la segunda parte del a Reverse Mountain no había sido larga pasando apenas unos días desde que zarparon de los Cabos Gemelos pero si lo suficientemente larga para sumirlo en una situación de introspección que, llegados a éste punto, era habitual en el funebrero. La primer isla del Grand Line, conocida por sus cazarrecompensas, los recibió con el caos habitual de una ciudad que ya se había habituado cabe destacar a los recien llegados que acudían con el rabo entre las piernas o la frente en alto, pero nunca términos medios. Eros bajó del velero que tanto amaba con un andar parsimonioso en su haber, sus ojos ambarinos buscaban el suelo tratando de no dejarse llevar por el ambiente de violencia que rodeaba ésta isla, donde todos parecían cazadores al acecho o presas agazapadas.
Gracias a las manos de Kiyoshi pese a la partida inesperada de Alana su cuerpo estaba sanado en su mayoría y quizás, gracias a esa regeneración natural que los hombres bestia como él tenían. A medida que anduvo por las calles áridas de Whisky Peak no le costó mucho pasar desapercibido entre los cazadores de recompensas, después de todo, no había un Wanted con su cara... aún. Para ellos, Eros no era más que una sombra al pasar o, por su forma de andar, un fantasma más en la Grand Line. A decir verdad no le molestaba en lo más mínimo no ser nadie, ¿o sí? Sabía el coste de la fama en su profesión, a veces te costaba el cuello y muchas veces servía para mantenerte fuera de peligro ¿Entonces por qué había cierto desazón en su haber? No lo entendía, pero muchas veces ni él mismo se entendía.
Uno pensaría que Eros no tendría ningún interés más que quedarse en el barco en esa ciudad árida, calurosa, peligrosa y desértica; pero eso no era del todo correcto. Con su andar meditabundo y un tambaleo casi característico de quien camina sin importancia a las apariencias, Eros terminó desviándose hacia la parte menos visitada de la isla por los que pisaban Whisky Peak como la primer isla del Grand Line. Al llegar, en cierto modo, se sintió como en casa nuevamente por primera vez desde que dejo su Baterilla natal pues lo que encontró fue verdaderamente algo conocido, algo amigo. Esbozó una sonrisa poco más que ligera cuando leyó en el cartel de entrada "Sapoten". Era un cementerio, el único cementerio de ese lugar donde proliferaba el asesinato a plena luz del día. Si algo tenían en común South Blue y la Grand Line, es que todos necesitaban un funebrero cerca pensó, pero al ver el estado de éstas tumbas y lápidas entendió que en este caso era una cuestión de necesidad más que de profesión.
Eros podía entender donde se respetaba a la muerte, donde se la veneraba, donde se la entendía y donde simplemente se la ocultaba. Este podía ser uno de esos casos, pues los cadáveres apilándose en la calle serían un problema. Las tumbas eran poco más que tablas de madera superpuestas, cruces, con algun que otro adorno o botellas de licor puestas en honor a hermanos caídos. La mayoría de las lapidas parecían ser honorificas pues no habían cuerpos enterrados ¿Cómo haberlos si todos posiblemente ya fueron entregados a la marina por un precio?
Se detuvo frente a las primeras tumbas, y casi sin quererlo, su mente las comparó con las de Baterilla. Recordó en parte todo lo que había dejado atrás, pensó en cuanta gente estaría muriendo hoy en día sin un sepulturero a mano para enterrarlos ¿Quizás los mismos familiares los estarían enterrando en sus patios? ¿O acaso lanzando los cuerpos al mar? En cierto punto se preocupaba, pero eso era en parte
A medida que sus pasos lo hacían pasear por el cementerio, ese pensamiento que lo hacía oscilar entre un deber abandonado y una sensación tácita de culpa que plagaba su pecho de manera inevitable terminaría removiendo los eventos que hace poco lo trajeron a ésta isla. No fue la exhumación de las tumbas lo que él buscaba, o quizás no tendría que buscarlo tan profundamente en los mares pero tan solo había recuperado tres de las 37 tumbas y su viaje parecía llevarlo aún más profundo. En los Cabos Gemelos cavó una tumba con sus propias manos para Uosan Sakana, un rival que no lo había respetado y, en su momento de muerte, decidió dedicarle una elegía ¿Pero había sido para el gyojin, o para su propia paz? El sepulturero aún no había encontrado una respuesta y, al llevar la mano a su pecho, se aferró con violencia a su ropaje. No era por el calor que se estaba clavando las uñas produciendo un conocido dolor contra su esternón, si no por esa sensación que aquejaba su pecho desde que había asesinado a su oponente.
¿Estaba triste por matar? No. Estaba triste porque su oponente murió sin respetarlo. Algo de él quería gritar, y sin embargo calló. Algo de él quería torturar, quería explotar, quería volver a herir con tal de ser reconocido pues no había nada peor, verdaderamente no había nada peor.
Sus pies se detuvieron de golpe, inspirando con profundidad para buscar acompasar su respiración acelerada y frenar la taquicardia que su furia le había provisto. Desde joven tenía un método, una forma eficaz para calmarse y por suerte, podía hacer lo mismo en ese cementerio. Cuando Eros se sentía abrumado por la vida, se refugiaba entre los muertos. Con soltura se acercó a la tumba mas cercana, una de las cruces de madera mal construidas. Tomó sus herramientas del cinturón, la removió del suelo, separó los clavos usando sus dedos sin dificultad y comenzó a clavarla y reforzarla con ahínco. El nombre estaba casi ilegible pero para fortuna de muchos, o solamente de aquel muerto, el carpintero tenía una gubia y un cincel cerca. Con un par de golpes talló con más ahínco el nombre del difunto, y cuando terminó de reafirmar la lápida de madera, tomó un paño para limpiarla usando una botellita de barniz que traía consigo. Era algo improvisado sí, y nadie se lo había pedido, pero poco a poco comenzó a reacondicionar las lápidas de madera de aquel cementerio.
El sol en lo alto lo hacía transpirar, sacándose el largo abrigo negro que siempre traía consigo para quedar solamente con su camiseta de algodón. Arremangó sus mangas, y siguió martillando, cincelando, puliendo y limpiando sin preocuparle nada más que la labor en si misma.
33 de Otoño del Año 16
Tras sobrevivir por pura gracia del destino a la cacería de humanos orquestada en los Cabos Gemelos por manos de los Tenryuubito, Eros llegó a Whisky Peak acompañado de los Piratas del Cabaret, todavía sin caer en cuenta de cómo su vida se había tornado tan caótica en un abrir y cerrar de ojos. La travesía en el Crimson Stage desde que bajaron la segunda parte del a Reverse Mountain no había sido larga pasando apenas unos días desde que zarparon de los Cabos Gemelos pero si lo suficientemente larga para sumirlo en una situación de introspección que, llegados a éste punto, era habitual en el funebrero. La primer isla del Grand Line, conocida por sus cazarrecompensas, los recibió con el caos habitual de una ciudad que ya se había habituado cabe destacar a los recien llegados que acudían con el rabo entre las piernas o la frente en alto, pero nunca términos medios. Eros bajó del velero que tanto amaba con un andar parsimonioso en su haber, sus ojos ambarinos buscaban el suelo tratando de no dejarse llevar por el ambiente de violencia que rodeaba ésta isla, donde todos parecían cazadores al acecho o presas agazapadas.
Todos en ese mundo eran cazadores, o presas.
Gracias a las manos de Kiyoshi pese a la partida inesperada de Alana su cuerpo estaba sanado en su mayoría y quizás, gracias a esa regeneración natural que los hombres bestia como él tenían. A medida que anduvo por las calles áridas de Whisky Peak no le costó mucho pasar desapercibido entre los cazadores de recompensas, después de todo, no había un Wanted con su cara... aún. Para ellos, Eros no era más que una sombra al pasar o, por su forma de andar, un fantasma más en la Grand Line. A decir verdad no le molestaba en lo más mínimo no ser nadie, ¿o sí? Sabía el coste de la fama en su profesión, a veces te costaba el cuello y muchas veces servía para mantenerte fuera de peligro ¿Entonces por qué había cierto desazón en su haber? No lo entendía, pero muchas veces ni él mismo se entendía.
Y a veces no quería entenderse.
Uno pensaría que Eros no tendría ningún interés más que quedarse en el barco en esa ciudad árida, calurosa, peligrosa y desértica; pero eso no era del todo correcto. Con su andar meditabundo y un tambaleo casi característico de quien camina sin importancia a las apariencias, Eros terminó desviándose hacia la parte menos visitada de la isla por los que pisaban Whisky Peak como la primer isla del Grand Line. Al llegar, en cierto modo, se sintió como en casa nuevamente por primera vez desde que dejo su Baterilla natal pues lo que encontró fue verdaderamente algo conocido, algo amigo. Esbozó una sonrisa poco más que ligera cuando leyó en el cartel de entrada "Sapoten". Era un cementerio, el único cementerio de ese lugar donde proliferaba el asesinato a plena luz del día. Si algo tenían en común South Blue y la Grand Line, es que todos necesitaban un funebrero cerca pensó, pero al ver el estado de éstas tumbas y lápidas entendió que en este caso era una cuestión de necesidad más que de profesión.
Eros podía entender donde se respetaba a la muerte, donde se la veneraba, donde se la entendía y donde simplemente se la ocultaba. Este podía ser uno de esos casos, pues los cadáveres apilándose en la calle serían un problema. Las tumbas eran poco más que tablas de madera superpuestas, cruces, con algun que otro adorno o botellas de licor puestas en honor a hermanos caídos. La mayoría de las lapidas parecían ser honorificas pues no habían cuerpos enterrados ¿Cómo haberlos si todos posiblemente ya fueron entregados a la marina por un precio?
Se detuvo frente a las primeras tumbas, y casi sin quererlo, su mente las comparó con las de Baterilla. Recordó en parte todo lo que había dejado atrás, pensó en cuanta gente estaría muriendo hoy en día sin un sepulturero a mano para enterrarlos ¿Quizás los mismos familiares los estarían enterrando en sus patios? ¿O acaso lanzando los cuerpos al mar? En cierto punto se preocupaba, pero eso era en parte
Porque nadie más lo haría
A medida que sus pasos lo hacían pasear por el cementerio, ese pensamiento que lo hacía oscilar entre un deber abandonado y una sensación tácita de culpa que plagaba su pecho de manera inevitable terminaría removiendo los eventos que hace poco lo trajeron a ésta isla. No fue la exhumación de las tumbas lo que él buscaba, o quizás no tendría que buscarlo tan profundamente en los mares pero tan solo había recuperado tres de las 37 tumbas y su viaje parecía llevarlo aún más profundo. En los Cabos Gemelos cavó una tumba con sus propias manos para Uosan Sakana, un rival que no lo había respetado y, en su momento de muerte, decidió dedicarle una elegía ¿Pero había sido para el gyojin, o para su propia paz? El sepulturero aún no había encontrado una respuesta y, al llevar la mano a su pecho, se aferró con violencia a su ropaje. No era por el calor que se estaba clavando las uñas produciendo un conocido dolor contra su esternón, si no por esa sensación que aquejaba su pecho desde que había asesinado a su oponente.
¿Estaba triste por matar? No. Estaba triste porque su oponente murió sin respetarlo. Algo de él quería gritar, y sin embargo calló. Algo de él quería torturar, quería explotar, quería volver a herir con tal de ser reconocido pues no había nada peor, verdaderamente no había nada peor.
Que tener el orgullo de un guerrero, con el alma de un poeta.
Sus pies se detuvieron de golpe, inspirando con profundidad para buscar acompasar su respiración acelerada y frenar la taquicardia que su furia le había provisto. Desde joven tenía un método, una forma eficaz para calmarse y por suerte, podía hacer lo mismo en ese cementerio. Cuando Eros se sentía abrumado por la vida, se refugiaba entre los muertos. Con soltura se acercó a la tumba mas cercana, una de las cruces de madera mal construidas. Tomó sus herramientas del cinturón, la removió del suelo, separó los clavos usando sus dedos sin dificultad y comenzó a clavarla y reforzarla con ahínco. El nombre estaba casi ilegible pero para fortuna de muchos, o solamente de aquel muerto, el carpintero tenía una gubia y un cincel cerca. Con un par de golpes talló con más ahínco el nombre del difunto, y cuando terminó de reafirmar la lápida de madera, tomó un paño para limpiarla usando una botellita de barniz que traía consigo. Era algo improvisado sí, y nadie se lo había pedido, pero poco a poco comenzó a reacondicionar las lápidas de madera de aquel cementerio.
Porque alguien debía vivir por los muertos
El sol en lo alto lo hacía transpirar, sacándose el largo abrigo negro que siempre traía consigo para quedar solamente con su camiseta de algodón. Arremangó sus mangas, y siguió martillando, cincelando, puliendo y limpiando sin preocuparle nada más que la labor en si misma.
![[Imagen: xNGUFie.png]](https://i.imgur.com/xNGUFie.png)
