05-12-2025, 05:41 PM
(Última modificación: 05-12-2025, 05:42 PM por Tensui Marlin.)
South Blue | Reino de Sorbet | Sorbet Norte
Día 39 de Invierno del año 16
El Norte de Sorbet es célebre por su población de élite: nobles, magnates y familias acaudaladas que viven rodeadas de lujo y comodidad. Su estilo de vida es tan ostentoso que, en comparación, el Sur de la isla parece poco más que un vertedero personal a los ojos de estos privilegiados. Entre todos los señores y aristócratas que residen en esta región, uno en particular ha llamado la atención recientemente. Se trata de un prominente noble que, tras regresar de uno de sus viajes, afirma haber obtenido un objeto de valor incalculable, algo tan extraordinario que ya se ha convertido en el tema de conversación en reuniones, banquetes y pasillos del Palacio Real.
El más joven de la acaudalada familia Legrand, Christoph Legrand, había regresado recientemente de una isla del North Blue, cargando consigo el objeto más valioso obtenido en la subasta que motivó su viaje. Como era de esperarse de alguien de su posición, su ego no tardó en inflarse, y comenzó a presumir su adquisición dentro de sus círculos más íntimos, sin embargo, en Sorbet la información viaja con una velocidad sorprendente, bastaron apenas unas horas para que el rumor se esparciera por toda la isla, alcanzando no solo a los nobles curiosos, sino también a rateros, contrabandistas y delincuentes de toda clase, pronto, todos sabían que en la mansión Legrand reposaba un artefacto de enorme valor, una tentación demasiado grande para pasar desapercibida.
Pero la familia Legrand no es ingenua. Ninguno de sus miembros lo es. Previendo que su nueva adquisición despertaría codicia, contrataron a una veintena de guardias de absoluta confianza para vigilar la mansión desde todos los flancos. Nadie podía entrar ni salir sin someterse antes a una inspección minuciosa, con semejante despliegue de seguridad, cualquiera que siquiera pensara en infiltrarse para robar el preciado artefacto estaría condenado al fracaso, a menos, claro, que fuese lo suficientemente astuto como para burlar a los Legrand.
La imponente mansión se alzaba majestuosa en el corazón del Reino de Sorbet, destacando entre la blancura invernal como una joya arquitectónica. Sus tejados empinados y torres puntiagudas estaban cubiertos por una fina capa de nieve que brillaba suavemente bajo los tonos morados y anaranjados del crepúsculo. Las calles empedradas que la rodeaban reflejaban la luz menguante, mientras las casas vecinas también coronadas por nieve completaban un paisaje pintoresco, casi silencioso, donde el frío parecía envolverlo todo.
Mansión Legrand
En el centro de esta escena, la mansión imponía respeto con su porte noble. Las múltiples ventanas, enmarcadas con una elegancia sobria, coronaban una fachada impecable que culminaba en una gran puerta principal, tan robusta como refinada. Sobre ella, un escudo heráldico tallado con precisión exhibía el emblema de la familia: una “L” intrincadamente entrelazada con una rosa. Sus pétalos tallados y las espinas ocultas sugerían no solo linaje y belleza, sino también una advertencia: el poder de los Legrand no era meramente ornamental.
Rodeando la propiedad, una veintena de guardias mantenía un perímetro casi impenetrable. Vestían impecables trajes negros de corte formal, y unas discretas, pero imponentes gafas de sol ocultaban sus ojos incluso en la tenue luz del atardecer, otorgándoles un aire enigmático y severo. Cada uno sostenía una larga lanza con la firmeza de quien no duda de su propósito. Sus expresiones eran pétreas; sus posturas, disciplinadas; su silencio, casi ritual. La mera visión del conjunto bastaba para dejar claro que la mansión Legrand no era un lugar fácil de acercarse, mucho menos de vulnerar.
En la entrada del sector norte de Sorbet, un pequeño grupo de ciudadanos de baja alcurnia murmuraba con entusiasmo. La conversación giraba, como era de esperarse, en torno al misterioso objeto traído por Christoph Legrand. Cada uno tenía su propia teoría: algunos aseguraban que se trataba de un collar único, otros hablaban de una reliquia antiquísima rescatada de un reino perdido, y no faltaban quienes afirmaban que era un artefacto científico capaz de curar incluso la peor de las enfermedades. En realidad, nadie sabía nada. Solo eran rumores, exageraciones y deseos disfrazados de certezas.
Mientras las voces se entremezclan entre sí, tú, Ryan, pasas justo por ese lugar. ¿Qué te trae aquí? ¿Por qué caminas por la entrada del Norte, donde la nobleza y la vigilancia son constantes? Esa respuesta solo la puedes dar tú.
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