05-12-2025, 09:25 PM
(Última modificación: 24-12-2025, 02:54 PM por Akira Raito.)
Poco a poco iba avanzando por aquellas terrazas, sorprendiendo a algún vecino que estaba leyendo en el salón, o alguno que todavía estaba terminando de cenar. Akira era alguien que llevaba toda su vida en la isla, y los pueblerinos le conocían ya que desde que era niño siempre había estado saltando por los tejados. Las broncas que se llevaba de pequeño, ahora no eran más que miradas curiosas por saber qué hacía si es que llevaba el uniforme puesto. Y por el poco ruido que estaba haciendo al avanzar, aquellos que notaban que estaba en su balcón únicamente le lanzaban un saludo con la mano levantada al aire acompañado de una sonrisa. Baterilla y sus gentes eran increíbles, pensaba el rubio mientras les devolvía la sonrisa.
Una vez estaba próximo al primer cambio de dirección de aquella calle iluminada únicamente por la luz de las velas de las farolas, y rompiendo la confianza que el joven marine tenía en su estrategia de andar por los balcones para tener una visión más clara de la entrada al bar, aquellos encapuchados hicieron acto de presencia. Bloqueando por completo el próximo salto que estaba a punto de dar, Akira se mantuvo inmóvil mientras escuchaba las palabras de aquel hombre que encabezaba a un grupo de unos quince encapuchados.
Y no fue hasta que gritó aquella frase: “Leales siempre, traidores nunca”, que del interior de la casa en la que se encontraba subido al balcón salieron otros cinco encapuchados, reventando la puerta y los cristales que conectaban el balcón con el interior del hogar, dejando la fachada destrozada y tirando abajo tanto la barandilla como a Akira, y todos ellos detrás de él. Un rápido movimiento visual pudo entender que era lo que hacían allí dentro. La puerta de entrada estaba forzada, y atados y amordazados en una esquina del salón la pareja de ancianos del Soto, un matrimonio de abuelitos que siempre daban consejos a los jóvenes pueblerinos y que siempre estaban dispuestos a ayudar, con unos valores increíblemente envidiables. Gente que se había dejado el lomo toda su vida, gente de su tierra, y que ahora, por culpa de unos sádicos y cobardes encapuchados, habían visto su hogar destrozado y carente de seguridad.
Tan pronto como aquellos saltaron contra Akira, los abuelitos se levantaron lo más rápido que su cuerpo les permitió, con cara de sorpresa y agradecimiento, pero el rostro que adoptó Akira fue todo lo contrario. Sus ojos se abrieron y de manera metafórica se tiñeron en sangre. Una cosa era sembrar el miedo como hicieron con los pescadores, pero invadir una casa ajena y hacerles lo que les habían hecho a aquellos abuelitos no. Solo de imaginarse el miedo que hubieran podido sentir en este pequeño intervalo de tiempo, en el que estaban esperando a que llegaran los marines, se le aceleraba el corazón a mil pulsaciones por segundo.
Tal era el estado de psicosis en el que había entrado Akira, que los cortes y puñetazos que había recibido al abalanzarse aquel pequeño grupo desde el balcón apenas los había sentido. No le dio tiempo a reaccionar, se había quedado pillado y con la mente fija en la mirada de los ancianos. Estaba recibiendo patadas y puñetazos en todo el cuerpo, pero un ligero destello de sus pendientes, que casi le ciega al hacer reflejo en la espada afilada de uno de aquellos encapuchados, hizo que diera un barrido, tirando al suelo a cinco de ellos, para después abrirse espacio suficiente como para saltar hacia atrás y tomar distancia. Con rabia y decisión incontrolada, saltó hecho una furia contra la turba de parásitos sociales y a base de puñetazos y cabezazos consiguió quitarse de encima a otros diez. Los cinco que le quedaban habían sido derrotados gracias a la ayuda del resto de vecinos que, al escuchar el fuerte ruido provocado por los criminales, no dudaron en empezar a lanzar los tarros de arcilla duros de sus balcones, los tarros tenían plantas, obligándoles a estar más pendientes de las alturas que del propio marine, quien continúo repartiendo hostias como panes hasta que no quedo ninguno de ellos en pie.
Con la boca sangrando y algo de fatiga, levantó el puño en alto en señal de victoria, pero acompañando el gesto con su dedo índice levantado verticalmente sobre sus labios advirtiendo de guardar silencio. Si gritaban Marina, estaban vendidos. Aquellos revolucionarios les estaban esperando, pero todavía no sabían que uno de sus grupos de escolta había sido derrotado—. Espero que Juan no haya tenido la misma suerte… —y con un último esfuerzo, saltó de nuevo a la casa de los ancianos del Soto para liberarlos de sus ataduras, advirtiéndoles al resto de vecinos que los acompañaran a la enfermería mientras el resto hiciera guardia en su casa, ya que ahora no tenían cerradura y tenían el balcón destrozado.
—La Marina está al tanto de esto, pero agradecería si alguno hiciera llegar el mensaje al cuartel de que estos veinte delincuentes están esperando un juicio justo —con cuerdas que le habían facilitado los vecinos y mucha maña, ató al grupo de manera individual, haciendo que mantuvieran distancia suficiente para no poder ayudarse los unos a los otros en caso poder. Y confiando ciegamente en la gente del pueblo de Baquella, le quitó una capucha a uno de ellos y retomó su camino en dirección al bar, con paso decidido.
Una vez estaba próximo al primer cambio de dirección de aquella calle iluminada únicamente por la luz de las velas de las farolas, y rompiendo la confianza que el joven marine tenía en su estrategia de andar por los balcones para tener una visión más clara de la entrada al bar, aquellos encapuchados hicieron acto de presencia. Bloqueando por completo el próximo salto que estaba a punto de dar, Akira se mantuvo inmóvil mientras escuchaba las palabras de aquel hombre que encabezaba a un grupo de unos quince encapuchados.
Y no fue hasta que gritó aquella frase: “Leales siempre, traidores nunca”, que del interior de la casa en la que se encontraba subido al balcón salieron otros cinco encapuchados, reventando la puerta y los cristales que conectaban el balcón con el interior del hogar, dejando la fachada destrozada y tirando abajo tanto la barandilla como a Akira, y todos ellos detrás de él. Un rápido movimiento visual pudo entender que era lo que hacían allí dentro. La puerta de entrada estaba forzada, y atados y amordazados en una esquina del salón la pareja de ancianos del Soto, un matrimonio de abuelitos que siempre daban consejos a los jóvenes pueblerinos y que siempre estaban dispuestos a ayudar, con unos valores increíblemente envidiables. Gente que se había dejado el lomo toda su vida, gente de su tierra, y que ahora, por culpa de unos sádicos y cobardes encapuchados, habían visto su hogar destrozado y carente de seguridad.
Tan pronto como aquellos saltaron contra Akira, los abuelitos se levantaron lo más rápido que su cuerpo les permitió, con cara de sorpresa y agradecimiento, pero el rostro que adoptó Akira fue todo lo contrario. Sus ojos se abrieron y de manera metafórica se tiñeron en sangre. Una cosa era sembrar el miedo como hicieron con los pescadores, pero invadir una casa ajena y hacerles lo que les habían hecho a aquellos abuelitos no. Solo de imaginarse el miedo que hubieran podido sentir en este pequeño intervalo de tiempo, en el que estaban esperando a que llegaran los marines, se le aceleraba el corazón a mil pulsaciones por segundo.
Tal era el estado de psicosis en el que había entrado Akira, que los cortes y puñetazos que había recibido al abalanzarse aquel pequeño grupo desde el balcón apenas los había sentido. No le dio tiempo a reaccionar, se había quedado pillado y con la mente fija en la mirada de los ancianos. Estaba recibiendo patadas y puñetazos en todo el cuerpo, pero un ligero destello de sus pendientes, que casi le ciega al hacer reflejo en la espada afilada de uno de aquellos encapuchados, hizo que diera un barrido, tirando al suelo a cinco de ellos, para después abrirse espacio suficiente como para saltar hacia atrás y tomar distancia. Con rabia y decisión incontrolada, saltó hecho una furia contra la turba de parásitos sociales y a base de puñetazos y cabezazos consiguió quitarse de encima a otros diez. Los cinco que le quedaban habían sido derrotados gracias a la ayuda del resto de vecinos que, al escuchar el fuerte ruido provocado por los criminales, no dudaron en empezar a lanzar los tarros de arcilla duros de sus balcones, los tarros tenían plantas, obligándoles a estar más pendientes de las alturas que del propio marine, quien continúo repartiendo hostias como panes hasta que no quedo ninguno de ellos en pie.
Con la boca sangrando y algo de fatiga, levantó el puño en alto en señal de victoria, pero acompañando el gesto con su dedo índice levantado verticalmente sobre sus labios advirtiendo de guardar silencio. Si gritaban Marina, estaban vendidos. Aquellos revolucionarios les estaban esperando, pero todavía no sabían que uno de sus grupos de escolta había sido derrotado—. Espero que Juan no haya tenido la misma suerte… —y con un último esfuerzo, saltó de nuevo a la casa de los ancianos del Soto para liberarlos de sus ataduras, advirtiéndoles al resto de vecinos que los acompañaran a la enfermería mientras el resto hiciera guardia en su casa, ya que ahora no tenían cerradura y tenían el balcón destrozado.
—La Marina está al tanto de esto, pero agradecería si alguno hiciera llegar el mensaje al cuartel de que estos veinte delincuentes están esperando un juicio justo —con cuerdas que le habían facilitado los vecinos y mucha maña, ató al grupo de manera individual, haciendo que mantuvieran distancia suficiente para no poder ayudarse los unos a los otros en caso poder. Y confiando ciegamente en la gente del pueblo de Baquella, le quitó una capucha a uno de ellos y retomó su camino en dirección al bar, con paso decidido.
Resumen
Karmas
Bélico

