Los dos cadetes estaban sentados en la mesa más apartada de La Linterna Rota, justo donde la luz de las lámparas apenas llegaba. Llevaban el uniforme desabrochado hasta el pecho, como si con ese gesto pudieran librarse un poco del peso de la disciplina que los oprimía desde la mañana hasta la noche. El cansancio se les marcaba en las ojeras, pero la juventud les daba una arrogancia torpe que intentaban ocultar tras la copa.
Uno de ellos, el pelirrojo, agitaba la jarra vacía como si fuera el trofeo de algún torneo absurdo que solo existía en su imaginación.
-¡Bram!- vociferó con voz ronca. -¿Dónde está ese ron que prometiste?-
El tabernero, acostumbrado a sus excesos, les lanzó una mirada cansada… y luego ladeó ligeramente los ojos hacia los dos revolucionarios, que habían entrado hacía poco y se habían sentado en la barra. Un gesto sutil, casi casual… pero suficiente.
Los cadetes reaccionaron como si les hubieran ofrecido un ascenso.
-¡¿Invitarnos?!- el pelirrojo se golpeó el pecho, orgulloso. -¡Eso sí que es respeto a la Marina del Reino!-
Su compañero, un muchacho más delgado y con nariz aguileña, sonrió de oreja a oreja.
-Pues claro que aceptamos- dijo, arrastrando una silla. -¡Sentaos, sentaos! Siempre hay sitio para amigos generosos.-
Las jarras llegaron espumeantes, llenas hasta el borde. Bram las dejó sobre la mesa con un susurro de complicidad:
-Cortesía de la casa… y de vuestros nuevos admiradores.-
Los cadetes levantaron sus bebidas y chocaron con una fuerza exagerada, derramando un poco sobre la mesa.
-¡Por Sorbet y por su gloriosa Marina!- bramó el pelirrojo.
-¡Y por el descanso!- añadió el otro, ya casi riendo de más.
La primera ronda bajó rápido. La segunda aún más. La tercera… ya no deberían haberla tomado, pero insistieron con entusiasmo adolescente.
La conversación derivó pronto en balbuceos sobre superiores estrictos, guardias aburridas y lo difícil que era mantener el uniforme limpio en una base cerca del mar. Uno de ellos incluso lloriqueó porque la sal del aire le estropeaba las botas. La lengua se les hizo espesa. Los ojos, brillantes y húmedos. El pelirrojo trató de levantarse para ir al baño, pero apenas pudo ponerse de pie. Se tambaleó, dio un paso torpe hacia la izquierda, luego hacia la derecha…
…y cayó sentado otra vez, riéndose como un idiota.
-Creo que… creo que el suelo se mueve- balbuceó.
-No, eres tú- contestó su compañero, justo antes de desplomarse hacia adelante y golpear con la frente la mesa, quedando dormido al instante.
El pelirrojo intentó despertarlo, pero al inclinarse sobre él se deslizó de la silla y terminó en el suelo, abrazado a su propia jarra como si fuera un peluche. Un silencio breve invadió el bar.
Luego Bram suspiró.
-Malditos críos…- murmuró, mientras sacudía la cabeza.
Pero sus ojos brillaron un segundo, mirando de reojo a los revolucionarios. Sabía perfectamente que esa “rendición” etílica no había sido casual. Ahora, con los cadetes completamente fuera de combate y sus uniformes secándose al calor de la chimenea… la oportunidad estaba servida. Un regalo envuelto en alcohol.
Offrol
Hasta aquí es lo que pasa cuando invitas a los marines, puedes narrar como te llevas el uniforme, si es que quieres hacerlo. Después de esto tienes 2 opciones, puede intentar entrar de día o esperar a la oscuridad de la noche. En los siguientes spoilers tienes lo que verías o sucedería en cada caso.
Opción Infiltrarse de Día
La luz del amanecer apenas empieza a teñir el cielo con tonos rosados cuando la base naval de Sorbet despierta. No lo hace de golpe, sino como un animal grande y cansado que se estira después de una noche de guardia. Desde el exterior, la estructura parece austera, disciplinada: muros de piedra gris clara, reforzados con vigas metálicas, y una torre baja que sirve de puesto de vigilancia. La brisa marina arrastra el olor a sal y humedad directamente hacia las puertas secundarias, donde siempre se acumula una fina capa de rocío.
La entrada lateral utilizada por los cadetes y el personal de baja categoría está abierta, aunque nunca desatendida. Un único guardia permanece sentado en un taburete improvisado, más preocupado por mantenerse despierto que por recordar a quienes deben o no deben entrar. Se frota los ojos, bosteza, y vuelve a clavar la mirada en el pequeño libro donde registra accesos, casi por rutina. A un lado, la puerta metálica, vieja pero sólida, se balancea con suavidad con cada golpe de viento, produciendo un tintineo casi rítmico.
Al cruzar el umbral, se accede al patio secundario de la base: un espacio rectangular con suelo de tierra apisonada mezclada con grava. Hay marcas de pisadas recientes, tal vez de los cadetes que salieron apresurados antes del amanecer para correr su circuito matutino. En el centro del patio, un mástil atado con sogas luce una bandera del Gobierno Mundial medio descolorida por el sol del sur. Más allá, varios barracones modestos se alinean en perfecta simetría, cada uno con pequeñas ventanas rectangulares y puertas pesadas con cerraduras reforzadas.
A esa hora de la mañana, el ambiente todavía está tranquilo. Las voces se escuchan apagadas: órdenes cortas repartidas por algún suboficial, el rumor lejano de los marineros que cargan barriles en el muelle militar, el rozar metálico de armas siendo limpiadas. En una de las esquinas del patio, tres cadetes conversan bajo un arcón abierto lleno de utensilios de mantenimiento; parecen más concentrados en ocultar su pereza que en trabajar realmente.
El edificio administrativo, ubicado al fondo del patio, ya tiene sus lámparas encendidas. Por las ventanas puede verse a un puñado de escribientes revisando informes, frotándose las manos para entrar en calor a pesar del clima templado. La pared norte del edificio está adornada con un cartel donde se enumeran las órdenes del día: patrullas internas, rondas del muelle, inventario de suministros y un misterioso “reporte especial” que se ha escrito sin detalles.
A la derecha, el almacén principal domina la zona. Su puerta doble, fabricada con tablones gruesos reforzados con hierro, está entreabierta. Dentro se escuchan golpes rítmicos, como si alguien estuviera moviendo cajas o apilando barriles. Un oficial regordete, con uniforme impecable y gesto permanentemente cansado, supervisa la actividad desde una silla plegable. Lleva un libro de registros sobre las rodillas, donde anota cada entrada y salida de mercancía.
Más cerca del muro oeste, una hilera de cuerdas de secado ondea al viento. Algunas prendas aún cuelgan de ellas: camisetas blancas, toallas ásperas, y un par de chaquetas ligeras que aún no han sido recogidas por sus dueños. El olor a jabón barato y humedad se mezcla con el aroma más fuerte del mar y del metal oxidado.
La torre de vigilancia, la estructura más alta del conjunto es visible desde cualquier punto del patio. Un marine somnoliento se apoya en la barandilla superior, dejando caer las piernas fuera del parapeto mientras observa el horizonte sin demasiada atención. Su silueta recortada contra el cielo ofrece una sensación constante de vigilancia… aunque su actitud sugiere que nadie lo vigila a él.
En general, la base transmite una mezcla de rutina y dejadez. La disciplina está presente, pero la familiaridad del lugar y la falta de incidentes recientes han suavizado los bordes de la tensión militar. Si alguien entrara caminando con paso firme, con aspecto de cadete o ayudante, difícilmente despertaría sospecha en un entorno donde todos parecen demasiado ocupados, demasiado cansados o distraídos para prestar verdadera atención.
La vida dentro de la base sigue, organizada pero relajada. Las oportunidades para moverse entre sombras, mezclarse con el flujo de actividad o escabullirse hacia los edificios clave están ahí, escondidas entre la monotonía de una mañana más en Sorbet.
Y en esa monotonía… se esconde la puerta perfecta para la infiltración.
Opción Infiltrarse de Noche
La noche cae sobre Sorbet como un manto denso y húmedo. El viento marino sopla desde el sur, cargado de sal y un leve olor a vegetación nocturna. A lo lejos, las luces del puerto parpadean como luciérnagas cansadas, pero en la zona de los acantilados el mundo parece quedar reducido al sonido del mar golpeando la roca y al susurro del viento deslizándose entre los arbustos.
El camino secreto que serpentea desde el viejo muelle hasta la base naval se vuelve otra cosa completamente distinta durante la noche: más oscuro, más cerrado, más silencioso… más peligroso. La vegetación se arquea sobre el sendero formando un túnel natural donde apenas entra la luz de la luna, y las sombras de las ramas parecen moverse con vida propia cada vez que el viento sopla con fuerza.
A mitad del sendero, la ladera se abre hacia un tramo rocoso donde la piedra húmeda brilla bajo los destellos azules del cielo. Las olas chocan abajo, tan fuerte que el estruendo parece subir por la montaña como un rugido lejano. La superficie es irregular: grietas antiguas, protuberancias duras, musgo resbaladizo. Es un lugar por donde ningún marine patrulla porque nadie sensato caminaría allí de noche… o eso creen.
Más arriba, donde empieza la zona de vigilancia de la base, el terreno se nivela. Allí, oculto tras un grupo de espinos y matorrales densos, se levanta el viejo tramo del muro oeste. La piedra, erosionada por décadas de viento y sal, muestra colores apagados: grises azulados, trazas blancas donde la sal se ha incrustado, manchas oscuras donde el moho ha ganado terreno. A simple vista, el muro parece impenetrable; pero un observador atento puede detectar una sección más débil donde un metal oxidado y doblado se separa ligeramente de la piedra.
El ambiente alrededor del muro está impregnado por el sonido continuo de maquinaria interna de la base. Un zumbido bajo y constante proviene de los generadores que funcionan toda la noche. Se mezcla con murmullos ocasionales, pasos perdidos de guardias que no patrullan el perímetro por fuera, sino la pasarela interna que bordea el recinto. Sus siluetas se desplazan recortadas contra la luz tenue de los faroles de aceite, proyectando sombras largas y tambaleantes sobre los muros.
La torre de vigilancia norte domina el área. Su luz oscila con lentitud, iluminando partes del muro en intervalos irregulares. La rotación de la lámpara no es completamente precisa: se detiene por momentos, luego acelera, luego vuelve a su ritmo lento. Es evidente que el mecanismo necesita mantenimiento, pero nadie parece prestarle atención. Arriba, el centinela somnoliento con la capa mal puesta lucha contra el sueño, apoyado en la barandilla, dejando escapar bostezos que se pierden en el viento.
En la parte baja del muro, justo donde el drenaje antiguo desemboca hacia el acantilado, fluye un hilo de agua negra y silenciosa. El canal está cubierto por una rejilla oxidada y torcida, con barro seco acumulado en sus bordes. A través de él sopla un aire frío, húmedo, y un olor metálico que proviene de las entrañas de la base. El drenaje conecta con un pasillo estrecho de mantenimiento: un largo corredor de piedra vieja donde resuenan los ecos de maquinaria interna y las vibraciones de tuberías calientes.
En el interior del pasillo, faroles mágicos de baja intensidad emiten una luz verdosa parpadeante. El techo es bajo, las paredes húmedas, y el suelo irregular por acumulaciones de polvo, moho y gotas de agua que caen desde tuberías agrietadas. El ruido de los generadores, más intenso aquí, hace que todo el aire vibre con un zumbido grave e incesante.
Hacia la izquierda, una escalera metálica estrecha asciende hasta una compuerta que da a la parte trasera del patio de suministros. Más adelante, una puerta sin candado —probablemente olvidada por algún técnico— comunica con el interior del almacén. Y aún más al fondo, una trampilla conducente a una sala pequeña donde se guardan herramientas de mantenimiento y, a través de una placa de metal suelta, puede verse la luz cálida de la oficina administrativa cercana.
Es en este ambiente donde los uniformes robados cobran un valor inesperado. Aunque nadie racional esperaría ver cadetes saliendo del drenaje o rondando estas zonas prohibidas, la visión de un uniforme marino en ciertos puntos del interior podría resultar, al menos en apariencia, coherente. En la base, hay un hábito peligroso pero útil: no todos los marines hacen preguntas. La presencia de personal de rango inferior es tan común y rutinaria que algunos guardias apenas levantan la vista cuando alguien pasa, siempre que lleve los colores correctos.
Las sombras, los ruidos mecánicos, la mala iluminación, la despreocupación del personal durante la noche y la natural confianza en los uniformes crean un caldo perfecto para mezclarse con la rutina nocturna sin levantar sospechas… siempre que nadie esté lo suficientemente sobrio o atento como para cuestionar lo que ve.
La noche en la base naval de Sorbet es oscura, húmeda y engañosamente quieta. Justo el tipo de noche donde algo podría ocurrir… sin que nadie lo note hasta que ya sea demasiado tarde.