05-12-2025, 10:20 PM
El calvo aún estaba soltando su quejido grave, supuse que mitad dolor mitad indignación, cuando su grupo dio un paso hacia adelante, como una ola de piernas, brazos y olor a ron rancio. Puaj. Varios apoyaron sus manos en las empuñaduras de sus armas; otros simplemente cerraron los puños como si quisieran convertir el bar entero en un ring improvisado.
Y ahí, justo cuando la tensión estaba a punto de estallar, Han se movió en movimiento limpio, seco, inesperado. Él apresó al calvo, sujetándolo del antebrazo. El calvo ya no estaba en posición de atacar. Estaba… bueno, digamos que contra la barra, con Han empujándolo. Descrito así, suena a una situación sumamente erótica, aunque para nada lo era.
Los amigos del calvo dieron un paso más, pero yo, con la respiración acelerada y la mirada tensa, me lancé sobre la cabeza de Han, sobre su cabello negro, y alcé la voz:— ¡Uno más que se mueva y le rompe el brazo a este, ¿entendido?! —hablé en nombre de Han. Tal vez él no tenía para nada tal intención pero todo fuese con tal de que esa pelea no fuese a mayores. Sobre su cabeza, desde aquella altura que sentía que me daba poder, me crucé de brazos.
El tabernero dejó una jarra a medio colocar. Un borracho dejó de cantar. Incluso alguien soltó un “oh” al fondo, como si estuviera viendo una obra de teatro. Yo, desde mi posición, miré a Han (o más bien sus cabellos), aún sorprendida por la rapidez, por la contundencia…—. ¡¿Pero qué hacéis pegando a los clientes?! —gritó el tabernero desde el otro lado, pero ni él se acercó. Nadie se acercaba. La escena estaba clara: Han, sujetando al calvo. Yo, encima de Han, empapada en cerveza. Ah, ¿estaría mojando el cabello de Han? Mierda.
Pero por fin uno de los compañeros del calvo con los dientes amarillentos soltó un gruñido y se lanzó hacia Han con el puño en alto. ¿Tal vez iba a por mí, dada la altura de su brazo?—. ¡Te voy a enseñar a no tocar a mi hermano, desgraciao’! —Y ahí se rompió la aparente calma. El hombre cargó torpe pero rápido, derribando un taburete y mandándolo a rodar. Mientras tanto, otro calvo se incorporó, aunque parecía mareado, y me buscó con la vista. Di un salto a la nariz ajena. Pequeño salto, sí, pero certero: le metí la punta del talón directamente en el puente nasal.
Otro de los marineros, uno más joven, quiso agarrar del brazo a Han, supuse que por ser el objetivo más grande y fácil de golpear a la vez—. ¡NI SE OS OCURRA TOCARLE! —gritó, buscando defender a su compañero. Gritos, risas nerviosas, gente apostando desde las mesas.
Otro se lanzó a por mí. Grande. Muy grande. Já. A más grande, más lento se movería desde mi perspectiva. Así fue: me deslicé entre sus piernas, pegué un pequeño brinco, le enganché el tobillo con la cola y brazos y tiré con toda la fuerza que tuve. El tío cayó de bruces, estampando la cara contra una mesa y… la partió. Joder. Grande y pesado, todo en proporción. ¿Todo? Cerré los ojos y moví la cabeza de lado a lado, ambas cosas con fuerza, intentando quitarme de la cabeza aquella repulsiva idea. Pude escuchar al tabernero detrás de la barra masajearse el tabique nasal, molesto por el desastre. Si cuando comenzó la noche ya tenía cara de pocos amigos, probablemente después de esto no mejoraría ni un ápice, y en esta ocasión no le reprocharía absolutamente nada. Pero en contraposición también escuché el sonido de alguien siseando un “uuuuuf” en el fondo del local.
El calvo, al que golpeé en la nariz, acabó sangrando de ahí a causa de la patada anterior que le di, aún así intentó volver a levantarse pero fue un intento tan patético como el primero de sus compañeros, el que tuvo la desfachatez de tirarme la bebida encima y no disculparse, cuando él solo se dejó en evidencia al golpearse contra la barra. Chisté al recordarlo—. ¡Han! ¡¿Cómo vas por ahí?! —chillé pues le había dejado solo con parte del caos de la pelea; no podía evitar sentirme culpable por haberle metido en todo ese caos tan solo por no haber recibido una disculpa.
Y ahí, justo cuando la tensión estaba a punto de estallar, Han se movió en movimiento limpio, seco, inesperado. Él apresó al calvo, sujetándolo del antebrazo. El calvo ya no estaba en posición de atacar. Estaba… bueno, digamos que contra la barra, con Han empujándolo. Descrito así, suena a una situación sumamente erótica, aunque para nada lo era.
Los amigos del calvo dieron un paso más, pero yo, con la respiración acelerada y la mirada tensa, me lancé sobre la cabeza de Han, sobre su cabello negro, y alcé la voz:— ¡Uno más que se mueva y le rompe el brazo a este, ¿entendido?! —hablé en nombre de Han. Tal vez él no tenía para nada tal intención pero todo fuese con tal de que esa pelea no fuese a mayores. Sobre su cabeza, desde aquella altura que sentía que me daba poder, me crucé de brazos.
El tabernero dejó una jarra a medio colocar. Un borracho dejó de cantar. Incluso alguien soltó un “oh” al fondo, como si estuviera viendo una obra de teatro. Yo, desde mi posición, miré a Han (o más bien sus cabellos), aún sorprendida por la rapidez, por la contundencia…—. ¡¿Pero qué hacéis pegando a los clientes?! —gritó el tabernero desde el otro lado, pero ni él se acercó. Nadie se acercaba. La escena estaba clara: Han, sujetando al calvo. Yo, encima de Han, empapada en cerveza. Ah, ¿estaría mojando el cabello de Han? Mierda.
Pero por fin uno de los compañeros del calvo con los dientes amarillentos soltó un gruñido y se lanzó hacia Han con el puño en alto. ¿Tal vez iba a por mí, dada la altura de su brazo?—. ¡Te voy a enseñar a no tocar a mi hermano, desgraciao’! —Y ahí se rompió la aparente calma. El hombre cargó torpe pero rápido, derribando un taburete y mandándolo a rodar. Mientras tanto, otro calvo se incorporó, aunque parecía mareado, y me buscó con la vista. Di un salto a la nariz ajena. Pequeño salto, sí, pero certero: le metí la punta del talón directamente en el puente nasal.
Otro de los marineros, uno más joven, quiso agarrar del brazo a Han, supuse que por ser el objetivo más grande y fácil de golpear a la vez—. ¡NI SE OS OCURRA TOCARLE! —gritó, buscando defender a su compañero. Gritos, risas nerviosas, gente apostando desde las mesas.
Otro se lanzó a por mí. Grande. Muy grande. Já. A más grande, más lento se movería desde mi perspectiva. Así fue: me deslicé entre sus piernas, pegué un pequeño brinco, le enganché el tobillo con la cola y brazos y tiré con toda la fuerza que tuve. El tío cayó de bruces, estampando la cara contra una mesa y… la partió. Joder. Grande y pesado, todo en proporción. ¿Todo? Cerré los ojos y moví la cabeza de lado a lado, ambas cosas con fuerza, intentando quitarme de la cabeza aquella repulsiva idea. Pude escuchar al tabernero detrás de la barra masajearse el tabique nasal, molesto por el desastre. Si cuando comenzó la noche ya tenía cara de pocos amigos, probablemente después de esto no mejoraría ni un ápice, y en esta ocasión no le reprocharía absolutamente nada. Pero en contraposición también escuché el sonido de alguien siseando un “uuuuuf” en el fondo del local.
El calvo, al que golpeé en la nariz, acabó sangrando de ahí a causa de la patada anterior que le di, aún así intentó volver a levantarse pero fue un intento tan patético como el primero de sus compañeros, el que tuvo la desfachatez de tirarme la bebida encima y no disculparse, cuando él solo se dejó en evidencia al golpearse contra la barra. Chisté al recordarlo—. ¡Han! ¡¿Cómo vas por ahí?! —chillé pues le había dejado solo con parte del caos de la pelea; no podía evitar sentirme culpable por haberle metido en todo ese caos tan solo por no haber recibido una disculpa.
