Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji]
#2
Vinagre de arroz.

Eso decía la etiqueta de su botella. Enji, poco instruido en la cocina, separó en sílabas el nombre, relacionó “Vin” con “Vino” y asumió, tontamente, que se trataba de una bebida alcohólica de proceso similar al fermento de las uvas. Una deducción, como mínimo, polémica, pero ahí estaba, caminando los senderos que atravesaban los campos de arroz con una sonrisa de oreja a oreja. La botella en una mano y un pequeño vaso de madera en la otra, realizado como persona ahora que, después de un par de horas explorando, había encontrado un poco de alcohol en esa aburrida isla de locos.

—¿De verdad? ¿Ni una triste plazoleta donde sentarse a tomar? Puta isla de mierda… —masculló, parado bajo el rayo del sol—. Bueno, pues nada, tendrá que ser aquí mismo.

Miró a un lado y después al otro. Solo el camino, reseco y polvoriento, le devolvió la mirada. Estaba solo. Incluso el sonido de las chicharras sonaba lejano y embotado.

Enji cruzó una pierna sobre la otra y se dejó caer, plantando el culo en el suelo.

—Todo lo que se necesita es una buena botella de vino, un cigarro y salvamos la mañana —dijo—. ¿Dónde puse los cigarros? A ver.

Hablar solo se había convertido en una mala costumbre.

Enji se palpó los bolsillos del pantalón, por delante y por detrás. Arrugó el entrecejo. Revisó el bolsillo de su chaleco. Nada. Se sacó la gorra, la dio vuelta y revisó dos veces por dentro y por fuera.

No había rastros de sus cigarros.

—No me jodas…

Se rascó el cuello mientras la ansiedad tocaba un pico.

—¡No me jod…!

«¡Estilo del Ganso Resbaloso!»
«¡Estilo del Arroz Exótico!»

—¿Huh?

A punto de erupcionar, un par de voces se robaron su atención. El grito se desinfló en su garganta y, curioso, dejó atrás su ropa para ponerse de pie. Comprobó que no tenía la cajetilla dentro del boxer, gruñó, resignado, y para esquivar un rato más la amargura decidió caminar en la dirección desde donde provenía el ruido. Con un poco de suerte alguno de los dos que gritaron tendría cigarros para compartirle.

El uniforme de marine quedó atrás.

Enji se internó en la hierba alta. Empujó los altos juncos, las malezas y tallos secos, propios del incipiente otoño, para abrirse paso. Escuchó voces. Más de una, más de dos, más de tres. ¿Cuatro? Tres hombres, y una mujer. Después de unos minutos caminando, su cabeza se asomó fuera del pasto y vio delante suyo una pequeña zona despejada, cuyo suelo de tierra removida hacía una idea del uso que se le daba. Dentro de ella reconoció las cuatro figuras, y, como sospechaba, eran tres hombres y una…

—El diablo…

La boca se le secó de golpe y pasó saliva con dificultad. Los ojos se le perdieron en la figura de una mujer alta, muy alta, fácilmente del doble de su estatura. Piel morena, cabellos blancos, y, por la distancia, no pudo reconocer el color de sus ojos. Tenía la certeza, aun así, de que debían de ser hermosos. Tenían que serlo. Todo en ella se le antojó armonioso. Se sintió flechado. No, una flecha era demasiado pequeña como para corresponder su violento sentir. El virote de una ballesta de asedio estaría más cerca de la forma en que esa mujer acababa de atravesarle el pecho.

Se limpió la boca con el dorso de su mano derecha.

—Bueno, esta isla ya no es tan aburrida.

La sonrisa, tan plena en sus labios, se apagó, sin embargo, al percibir a una quinta persona. Un viejo, también alto —¿qué mierda comía esta gente?—, y pelado. Pero no era un pelado asumido, que se rapaba la cabeza y portaba la calva orgulloso. No, era de esos calvos engañados que trataban de disimular la alopecia dejándose crecer las patillas y cruzando unos pocos pelos sobre el brillante domo de su cabeza.

Enji arrugó la nariz, pero cuando regresó su mirada a la morena de cuatro metros sus ojos volvieron a dibujar corazones.

—¡Oi! —llamó mientras salía de entre las hierbas, ajeno a la tensión que espesaba el aire. Caminaba ligero, como bandera que lleva el viento, sin sacar la mirada de su platónica musa—. ¿Ese viejo cabeza de rodilla te está molestando, reina?

Flotaba, prácticamente. Pululaba en torno a la mujer, totalmente abstraído de la peligrosa realidad. Giraba, saltaba, interpretando una extraña especie de baile o danza de cortejo propia de aves exóticas.

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RE: Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - por Enji - 06-12-2025, 12:22 AM

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