06-12-2025, 01:23 AM
(Última modificación: 06-12-2025, 02:51 AM por Kiyoshi Maeda.)
Intenta mantener la calma, pero es duro. Por mucho que haya firmado un contrato con Jin, es consiente de que no puede confiar del todo en él. Pertenecen a mundos totalmente diferentes, han tenido una crianza opuesta, por lo que los valores que ambos poseen distan mucho los unos de los otros. Cada palabra dicha por Elena provoca cierto nerviosismo en su mente, el cual se ve reflejado en pequeños temblores que experimentan sus manos. Se esfuerza por que no se note, mas le es imposible. Esta fachada suya tan fuerte es nueva, la está recién conociendo, aún es un experimento.
— O sea que sabías que Jin con su gente no eran los culpables, y aun así intentaste ponernos en contra en el último momento. — Es la conclusión a la que llega una vez la chica empieza a contar su historia. Desde el principio, siempre supo que los Yakuza no fueron los culpables del incidente que terminó con la muerte de los Maeda. Quizás, y solo quizás, si seguía insistiendo con esa información, Kiyoshi pudo fijar nuevamente al Onizuka frente a él como su objetivo, atentando nuevamente contra su vida como ya lo hizo la última vez.
Y es que como ya dijimos, a Kiyoshi le cuesta todo esto. Un hombre que, desde pequeño, siempre fue protegido, cuidado, apartado de todo lo malo que hay en el mundo. Crecer y avanzar para enfrentarlo es difícil. De hecho, a pesar de la desconfianza, admira esa templanza que tiene Jin ante todo esto. Aún cuando su vida corrió peligro con un rifle apuntando su frente, jamás sucumbió al miedo de abandonar el plano terrenal. Por supuesto que no se lo dirá a viva voz, pero un poco de respeto y admiración si ha surgido dentro de nuestro peculiar protagonista.
— Que sea la última vez que intentas mentirme, Elena. No quiero ensuciarme las manos por nada, sé que me conoces y que odio hacer eso. Solo ayúdanos. Ayúdame. — La interpela directamente, tomando incluso una de sus manos con fuerza. Si bien no aprieta, sí transmite cierta calidez que le da fuerza a la mujer para seguir contando su relato, armándose de valor para recordar y dar a conocer todo lo que logró escuchar a través de las paredes. Mientras Jin es el encargado de hacer las preguntas, Kiyoshi, utilizando el conocimiento psicológico que conoce debido a su rol de médico, es el soporta que Elena necesita para hablar.
Y está funcionando, pues la información que suelta, aunque no sea del todo completa, son pistas y datos que antes no estaban. Cuando inicias de cero, como es el caso de Kiyoshi, cualquier avance sirve. Cualquier rastro da esperanza.
— Con que debemos dar con ese tal Brandon Lee. Lo mencionaste la última vez, Jin, así que debes conocerlo. Te pediré que me hagas un leve reporte sobre él. Tampoco es mi intención obligarte a que acompañes por todos los mares hasta dar con su paradero, así que una vez me vaya de esta isla, intentaré rastrearlo por mi cuenta. — Lo cual no quita que el yakuza deberá seguir atento para cumplir con el contrato, lo que significa que cualquier información que pueda conseguir, deberá buscar la forma de hacérsela llegar. Estar separados no será una excusa para olvidarse de todo y cada uno seguir con su vida por separado. Por este motivo es que Kiyoshi insistió en aquel papel legalmente aceptado por ambos, para así él también verse comprometido con el oficio de médico que ofreció tanto para él como para la otra persona en cuestión.
— ¿Cómo que traidores? Eso es imposible. Todos los hombres aquí son de mi confianza, me han cuidado desde que soy pequeña y jamás permitiré que dudes de ellos de esta forma. Te obligo a que retractes en este mismo instante, Onizuka Jin. — Golpea la mesa con la palma de la mano que no es sostenida por Kiyoshi. Su rostro expresa frustración, ira, pero también duda y miedo. Por mucho que diga esas cosas, en el fondo, teme que sea verdad lo dicho por el yakuza y esté en peligro constante. Sin sus padres presentes, se siente sola y desprotegida. Kiyoshi la entiende, pues él experimentó exactamente lo mismo el día en que ambos fueron enterrados en el cementerio de su isla natal.
Ahora toma sus dos manos y, por consiguiente, la fémina se ve obligada a ladear su cuerpo para quedar frente a frente con Kiyoshi. Este incluso tiene la mascarilla baja para enseñar del todo su rostro. — Relájate. Si Jin sabe de algo es sobre estas cosas. Es un yakuza, pero confía en él. Está conmigo en esto y ninguno de los dos te entregará al enemigo ahora que has accedido a ayudar.
Qué cosas dice Kiyoshi. Literal acaba de afirmar que es correcto confiar en el gran Onizuka Jin, algo totalmente impensado días atrás. El motivo de esto es bastante simple, y volvemos a lo de antes: el contrato. Al ser un profesional, para bien o para mal, el médico cree que ambas partes actuarán con la ética necesaria para cumplir con lo pactado. Aun cuando no le agrada la profesión que el más bajo tiene, es consiente de que, en este momento, es su principal hombre de confianza. Esto puede cambiar más adelante, pero la realidad de ahora es esta.
Aquí, en medio de este intercambio de palabras y miradas, se activa inconscientemente un talento peculiar de Kiyoshi. La memoria que tiene para recordar lugares como si fueran imágenes inventadas por él mismo, es increíble. Viendo hacia las paredes, que obviamente cuentan con ventanas que detrás tienen a vigilantes atentos en todo momento para proteger a su patrona, encuentra algo diferente a la última vez que miró desde el rabillo del ojo.
Hay algo raro.
De pronto, Kiyoshi usa la poca fuerza que tiene para empujar a Elena hacia atrás, provocando que caiga al piso con silla y todo. Además, impulsa sus propios pies para él también lanzarse a tierra. Apenas un segundo luego de la doble caída, un disparo rompe el vidrio, atraviesa exactamente la posición en que antes estaban ambas personas, y la bala se incrusta en la pared que seguía de largo. — ¡Jin, la mesa! — De seguro él podrá reaccionar rápido y con fuerza, pues ya ha hecho gala de las excelentes cualidades físicas que posee, pudiendo derribar la madera adornada con mantel y cubiertos para que funcione como un muro que los proteja de futuros proyectiles.
En el exterior, el caos inicia. De entre todos los hombres, solo algunos son la escoria traidora que merece pudrirse en el infierno. Muchos sin trabajadores que, tal como dijo Elena, se han encargado de su protección desde que era una infante o una adolescente. Toda una vida protegiendo esa sonrisa tan encantadora.
— Oye, ¿qué diablos haces?
— ¿Quién fue el que disparó?
— ¡Hay que cuidar a la señorita!
Se escuchan muchos gritos, pero también disparos. Gritos que antes eran de alerta, ahora son de dolor y sufrimiento. Los buenos, por diferenciar a los guardias de alguna forma, son tomados por la espalda con la guardia baja. Los malos, aprovechan el factor sorpresa y los derriban a todos a punta de bala, sin importarles que la mayoría pierda la vida. Y es que son tipos sin escrúpulos, sin código de respeto a la vida. Los disparos siempre van hacia la cabeza o a zonas en donde el impacto puede ocasionar un daño letal. No existe la piedad en este mundo, al menos no cuando la corrupción y el control desde detrás de escena se hace presente. De los tres encerrados, seguramente Jin sea el que más sepa de todo esto. Por eso siempre lo supo, el tiempo le dio la razón bastante rápido.
Ahora, con los guardias buenos abatidos, son ocho los malditos que siguen acribillando la vivienda desde fuera, abriendo ya las ventanas para apuntar directamente la mesa que protege a nuestros protagonistas.
— Vamos a morir, vamos a morir… Kiyo, yo… no quiero morir… — Lágrimas escapan desde el rostro de la muchacha. El médico quiere consolarla, pero la verdad es que también tiene miedo, también duda sobre si podrán salir vivos de aquí o no. Sus ojos expresan miedo, y busca socorro en el de mayor experiencia en el rubro: Jin. — ¿Qué podemos hacer? Estamos atrapados. No usan simples pistolas, su munición es peligrosa. — Para un tirador como él, solo escuchar los ruidos de impacto de las balas le permite entender que no tienen del material más barato. — Estoy segura de que papá no les dio eso… — Lo que confirma que son infiltrados.
— ¡Será mejor que entreguen sus cabezas, malditos! Sabíamos que alguno vendría tras la chiquilla esa, esperamos pacientemente el momento. Quién diría que los dos se unirían para dar con ella y ahora podamos deshacernos de tres seres tan molestos como ustedes. — Un tono de voz altanero, molesto, un tonto en toda regla.
— Ya murieron los Maeda. Luego vienen los Grace. Después sigue alguien que el peligroso Onizuka Jin atesore. Aún no damos con la información, pero es imposible que algo se escape frente a nosotros. Por ahora, empezaremos con ustedes, pero no se preocupen, al único que haremos sufrir será a Jin. Los otros dos morirán bastante rápido.
Kiyoshi, intentando envalentonarse un poco, toma su bolso y lo abre, sacando su ya reconocido rifle. Está listo para actuar. — Jin, prioriza la seguridad de Elena antes que la mía. Yo crearé un camino, tú cúbrela y, si puedes, acaba con ellos. — Un plan casi suicida, pero que no da tiempo a debatirlo. Kiyoshi se levanta, enseñando esos dos metros de estatura imposibles de ignorar. De inmediato, el tipo que observa desde la ventana del frente se prepara para jalar el gatillo, pero Kiyoshi es más rápido. Un disparo directo a la cabeza que le quita a la vida.
Uno menos.
Da un paso hacia atrás para evitar el disparo que viene desde la diagonal del costado superior derecho, otra ventana grande. La bala roza y rompe tanto la ropa como su piel a la altura del vientre, ocasionando un leve sangrado. Nuevamente Kiyoshi dispara y no falla, ocasionando una segunda baja. Ante esta doble caída en cuestión de segundos, los seis restantes se alertan y cubren en el exterior, esperando el momento adecuado para disparar. Saben que en algún momento, los tres deberán salir si quieren huir. Ese será el momento para atacar.
— ¡Es inútil que se resistan! ¡Morirán de todas formas!
— Nos están subestimando, tontos
Un leve gesto con la cabeza le indica a Jin que ya se mueva en compañía de Elena. Como todos esperan que Kiyoshi salga por la única puerta que lleva al exterior, los otros puedan usar alguna ventana alternativa para ganar terreno fuera y así, quizás, atacar al enemigo ayudándose de la carnada que, ahora, atrae las miradas y atenciones de todos.
Por dentro, Kiyoshi tiene miedo, mucho miedo. Su cuerpo no deja de sudar de una manera increíble, pero se muerde el labio —ya se subió la mascarilla antes de levantarse del suelo—, tensa todos los músculos de su cuerpo y sigue para adelante. Su labor es la misma de siempre que sostiene su arma: apuntar y disparar. Confía en que, mientras haga eso, estará bien.
— Por favor, protéjanme una vez más, mamá, papá.
— O sea que sabías que Jin con su gente no eran los culpables, y aun así intentaste ponernos en contra en el último momento. — Es la conclusión a la que llega una vez la chica empieza a contar su historia. Desde el principio, siempre supo que los Yakuza no fueron los culpables del incidente que terminó con la muerte de los Maeda. Quizás, y solo quizás, si seguía insistiendo con esa información, Kiyoshi pudo fijar nuevamente al Onizuka frente a él como su objetivo, atentando nuevamente contra su vida como ya lo hizo la última vez.
Y es que como ya dijimos, a Kiyoshi le cuesta todo esto. Un hombre que, desde pequeño, siempre fue protegido, cuidado, apartado de todo lo malo que hay en el mundo. Crecer y avanzar para enfrentarlo es difícil. De hecho, a pesar de la desconfianza, admira esa templanza que tiene Jin ante todo esto. Aún cuando su vida corrió peligro con un rifle apuntando su frente, jamás sucumbió al miedo de abandonar el plano terrenal. Por supuesto que no se lo dirá a viva voz, pero un poco de respeto y admiración si ha surgido dentro de nuestro peculiar protagonista.
— Que sea la última vez que intentas mentirme, Elena. No quiero ensuciarme las manos por nada, sé que me conoces y que odio hacer eso. Solo ayúdanos. Ayúdame. — La interpela directamente, tomando incluso una de sus manos con fuerza. Si bien no aprieta, sí transmite cierta calidez que le da fuerza a la mujer para seguir contando su relato, armándose de valor para recordar y dar a conocer todo lo que logró escuchar a través de las paredes. Mientras Jin es el encargado de hacer las preguntas, Kiyoshi, utilizando el conocimiento psicológico que conoce debido a su rol de médico, es el soporta que Elena necesita para hablar.
Y está funcionando, pues la información que suelta, aunque no sea del todo completa, son pistas y datos que antes no estaban. Cuando inicias de cero, como es el caso de Kiyoshi, cualquier avance sirve. Cualquier rastro da esperanza.
— Con que debemos dar con ese tal Brandon Lee. Lo mencionaste la última vez, Jin, así que debes conocerlo. Te pediré que me hagas un leve reporte sobre él. Tampoco es mi intención obligarte a que acompañes por todos los mares hasta dar con su paradero, así que una vez me vaya de esta isla, intentaré rastrearlo por mi cuenta. — Lo cual no quita que el yakuza deberá seguir atento para cumplir con el contrato, lo que significa que cualquier información que pueda conseguir, deberá buscar la forma de hacérsela llegar. Estar separados no será una excusa para olvidarse de todo y cada uno seguir con su vida por separado. Por este motivo es que Kiyoshi insistió en aquel papel legalmente aceptado por ambos, para así él también verse comprometido con el oficio de médico que ofreció tanto para él como para la otra persona en cuestión.
— ¿Cómo que traidores? Eso es imposible. Todos los hombres aquí son de mi confianza, me han cuidado desde que soy pequeña y jamás permitiré que dudes de ellos de esta forma. Te obligo a que retractes en este mismo instante, Onizuka Jin. — Golpea la mesa con la palma de la mano que no es sostenida por Kiyoshi. Su rostro expresa frustración, ira, pero también duda y miedo. Por mucho que diga esas cosas, en el fondo, teme que sea verdad lo dicho por el yakuza y esté en peligro constante. Sin sus padres presentes, se siente sola y desprotegida. Kiyoshi la entiende, pues él experimentó exactamente lo mismo el día en que ambos fueron enterrados en el cementerio de su isla natal.
Ahora toma sus dos manos y, por consiguiente, la fémina se ve obligada a ladear su cuerpo para quedar frente a frente con Kiyoshi. Este incluso tiene la mascarilla baja para enseñar del todo su rostro. — Relájate. Si Jin sabe de algo es sobre estas cosas. Es un yakuza, pero confía en él. Está conmigo en esto y ninguno de los dos te entregará al enemigo ahora que has accedido a ayudar.
Qué cosas dice Kiyoshi. Literal acaba de afirmar que es correcto confiar en el gran Onizuka Jin, algo totalmente impensado días atrás. El motivo de esto es bastante simple, y volvemos a lo de antes: el contrato. Al ser un profesional, para bien o para mal, el médico cree que ambas partes actuarán con la ética necesaria para cumplir con lo pactado. Aun cuando no le agrada la profesión que el más bajo tiene, es consiente de que, en este momento, es su principal hombre de confianza. Esto puede cambiar más adelante, pero la realidad de ahora es esta.
Aquí, en medio de este intercambio de palabras y miradas, se activa inconscientemente un talento peculiar de Kiyoshi. La memoria que tiene para recordar lugares como si fueran imágenes inventadas por él mismo, es increíble. Viendo hacia las paredes, que obviamente cuentan con ventanas que detrás tienen a vigilantes atentos en todo momento para proteger a su patrona, encuentra algo diferente a la última vez que miró desde el rabillo del ojo.
Hay algo raro.
De pronto, Kiyoshi usa la poca fuerza que tiene para empujar a Elena hacia atrás, provocando que caiga al piso con silla y todo. Además, impulsa sus propios pies para él también lanzarse a tierra. Apenas un segundo luego de la doble caída, un disparo rompe el vidrio, atraviesa exactamente la posición en que antes estaban ambas personas, y la bala se incrusta en la pared que seguía de largo. — ¡Jin, la mesa! — De seguro él podrá reaccionar rápido y con fuerza, pues ya ha hecho gala de las excelentes cualidades físicas que posee, pudiendo derribar la madera adornada con mantel y cubiertos para que funcione como un muro que los proteja de futuros proyectiles.
En el exterior, el caos inicia. De entre todos los hombres, solo algunos son la escoria traidora que merece pudrirse en el infierno. Muchos sin trabajadores que, tal como dijo Elena, se han encargado de su protección desde que era una infante o una adolescente. Toda una vida protegiendo esa sonrisa tan encantadora.
— Oye, ¿qué diablos haces?
— ¿Quién fue el que disparó?
— ¡Hay que cuidar a la señorita!
Se escuchan muchos gritos, pero también disparos. Gritos que antes eran de alerta, ahora son de dolor y sufrimiento. Los buenos, por diferenciar a los guardias de alguna forma, son tomados por la espalda con la guardia baja. Los malos, aprovechan el factor sorpresa y los derriban a todos a punta de bala, sin importarles que la mayoría pierda la vida. Y es que son tipos sin escrúpulos, sin código de respeto a la vida. Los disparos siempre van hacia la cabeza o a zonas en donde el impacto puede ocasionar un daño letal. No existe la piedad en este mundo, al menos no cuando la corrupción y el control desde detrás de escena se hace presente. De los tres encerrados, seguramente Jin sea el que más sepa de todo esto. Por eso siempre lo supo, el tiempo le dio la razón bastante rápido.
Ahora, con los guardias buenos abatidos, son ocho los malditos que siguen acribillando la vivienda desde fuera, abriendo ya las ventanas para apuntar directamente la mesa que protege a nuestros protagonistas.
— Vamos a morir, vamos a morir… Kiyo, yo… no quiero morir… — Lágrimas escapan desde el rostro de la muchacha. El médico quiere consolarla, pero la verdad es que también tiene miedo, también duda sobre si podrán salir vivos de aquí o no. Sus ojos expresan miedo, y busca socorro en el de mayor experiencia en el rubro: Jin. — ¿Qué podemos hacer? Estamos atrapados. No usan simples pistolas, su munición es peligrosa. — Para un tirador como él, solo escuchar los ruidos de impacto de las balas le permite entender que no tienen del material más barato. — Estoy segura de que papá no les dio eso… — Lo que confirma que son infiltrados.
— ¡Será mejor que entreguen sus cabezas, malditos! Sabíamos que alguno vendría tras la chiquilla esa, esperamos pacientemente el momento. Quién diría que los dos se unirían para dar con ella y ahora podamos deshacernos de tres seres tan molestos como ustedes. — Un tono de voz altanero, molesto, un tonto en toda regla.
— Ya murieron los Maeda. Luego vienen los Grace. Después sigue alguien que el peligroso Onizuka Jin atesore. Aún no damos con la información, pero es imposible que algo se escape frente a nosotros. Por ahora, empezaremos con ustedes, pero no se preocupen, al único que haremos sufrir será a Jin. Los otros dos morirán bastante rápido.
Kiyoshi, intentando envalentonarse un poco, toma su bolso y lo abre, sacando su ya reconocido rifle. Está listo para actuar. — Jin, prioriza la seguridad de Elena antes que la mía. Yo crearé un camino, tú cúbrela y, si puedes, acaba con ellos. — Un plan casi suicida, pero que no da tiempo a debatirlo. Kiyoshi se levanta, enseñando esos dos metros de estatura imposibles de ignorar. De inmediato, el tipo que observa desde la ventana del frente se prepara para jalar el gatillo, pero Kiyoshi es más rápido. Un disparo directo a la cabeza que le quita a la vida.
Uno menos.
Da un paso hacia atrás para evitar el disparo que viene desde la diagonal del costado superior derecho, otra ventana grande. La bala roza y rompe tanto la ropa como su piel a la altura del vientre, ocasionando un leve sangrado. Nuevamente Kiyoshi dispara y no falla, ocasionando una segunda baja. Ante esta doble caída en cuestión de segundos, los seis restantes se alertan y cubren en el exterior, esperando el momento adecuado para disparar. Saben que en algún momento, los tres deberán salir si quieren huir. Ese será el momento para atacar.
— ¡Es inútil que se resistan! ¡Morirán de todas formas!
— Nos están subestimando, tontos
Un leve gesto con la cabeza le indica a Jin que ya se mueva en compañía de Elena. Como todos esperan que Kiyoshi salga por la única puerta que lleva al exterior, los otros puedan usar alguna ventana alternativa para ganar terreno fuera y así, quizás, atacar al enemigo ayudándose de la carnada que, ahora, atrae las miradas y atenciones de todos.
Por dentro, Kiyoshi tiene miedo, mucho miedo. Su cuerpo no deja de sudar de una manera increíble, pero se muerde el labio —ya se subió la mascarilla antes de levantarse del suelo—, tensa todos los músculos de su cuerpo y sigue para adelante. Su labor es la misma de siempre que sostiene su arma: apuntar y disparar. Confía en que, mientras haga eso, estará bien.
— Por favor, protéjanme una vez más, mamá, papá.
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Hablo | Pienso
