06-12-2025, 02:29 AM
Aunque la isla de Whisky Peak vivía siempre sumida bajo un clima que recordaba a un eterno verano abrasador, esa noche de otoño, más puntualmente...
La isla en cuestión parecía haberse olvidado por un rato entregándoles a sus residentes, y visitantes un viento fresco y renovador que recorría las callejuelas del nido de cazadores de recompensa, arrastrando consigo alguna que otra hojita marrón que parecía haberse colado entre los cactus y plantas rodantes. Los pocos árboles que adornaban la ciudad parecían haberse puesto de acuerdo para entregarles una escena atípica a los desafortunados que llegaron días atrás desde los Cabos Gemelos, danzantes las ramas tan caprichosas como ese otoño inesperado que les regalaba la noche. Hace un par de horas que habían encendido las farolas de aceite que de a pares iluminaban las calles con una luz tenue y cálida. Era una noche tranquila en comparación al aire que oscilaba entre la violencia, y la algarabía constante que había podido ver el carpintero desde su llegada
El carpintero del cabaret caminaba por la ciudad disfrutando el cambio de clima como bien alguien que padecía del calor del mediodía, pero sorprendentemente no parecía portar ese dejo melancólico y meditabundo que siempre llevaba consigo como quien naufragaba junto con la marea llevado por una introspectiva solemnidad. Esa noche su paso era más firme, su mirada se hallaba en lo alto y no sumida al suelo. Consigo, sobre su hombro derecho, llevaba una bolsa de arpillera que sobresalía por encima de su cabeza con el brazo derecho abrazándola cuidadosamente pues su contenido parecía ser importante, delicado o ambas cosas quizás. Sus ojos color ámbar estaban puestos en el camino apenas moviéndose de tanto en tanto para ver que su paso se mantuviese estable, sin tropezar o meter la pata tanto literal como metafóricamente. Era algo extraño en él, pero esa noche el carpintero que tendía a andar errante de aquí para allá parecía tener bien en claro a donde se dirigía.
La paz nunca duraba mucho, y Whisky Peak siempre era un hervidero de problemas a punto de explotar. A la distancia los observó, eran un grupo numeroso de aproximadamente cinco o seis piratas por lo que pudo notar. Usaban pañuelos del mismo color, definitivamente una banda que, o había llegado igual que el cabaret hace unos días, o ya se habían asentado en la isla sin estar dispuestos a seguir andando. Sin prestarles atención buscó pasar por un lado de ellos, pero parecían tener otros planes: Apenas se acercó lo suficiente, uno salió por su izquierda, otro que portaba una daga hizo un gesto con la cabeza y tuvo otros dos cortándole el paso mientras otro se ponía a su espalda. Pese a lo inesperado de su accionar no fue dificil detener el andar del carpintero, quien no hizo más que girar la cabeza de lado a lado buscando un espacio para escabullirse, quizás sin darse cuenta de lo que estaba pasando en verdad.
En un principio no lo reconocieron ¿Y cómo culparlos? Eros era un don nadie sin un nombre por si mismo, sin reputación o un wanted al que unir la cara con el nombre, para esas personas Eros era simplemente una bolsa de berries con patas, quizás su próxima victima o quien les pagaría la cena
El aparente líder del grupo avanzó un par de pasos. — Oye hermanito, te veo apurado... Danos unos berries si quieres pasar —El de la daga habló con una voz ronca mientras otros comenzaban a reír pensando que Eros reaccionaría asustado quizás, pero la respuesta fue relativamente distinta a lo esperado. El funebrero parpadeó un par de veces pensativo, cayendo en cuenta de lo que le estaban pidiendo tras unos segundos, parecía distraído y ahora obligado a interactuar pero definitivamente no había caído en cuenta de que esto que estaba pasando, era un robo.
—Ah, pues si estoy un poco apurado y he salido sin berries del barco a decir verdad... —respondió el muchacho con completa sinceridad causando cierta molestia aparente en los piratas que ya estaban listos para atacarlos pensando que, o estaba mintiendo, o se estaba resistiendo. Entonces interrumpió su propio silencio. — Pero puedo darles mis zapatos si quieren, veo que alguno de ustedes están descalzos. Hoy hace un poco de frio —Los piratas estallaron en risas cuando vieron que sin chistar se comenzó a sacar los zapatos, pero él no entendía que era tan gracioso en sus palabras. Con su mano libre, dejó los zapatos prolijamente en un costado, ladeando la cabeza con una sonrisa y dando un paso hacia adelante dispuesto a seguir andando.
Lo que parecía ser un robo y una humillación se detuvo de repente, no estaban dispuestos a dejar ir a una víctima perfecta. Uno de ellos señaló la bolsa de arpillera con gesto brusco, acercándose con un ademán de la diestra que hizo notar al carpintero lo que estaba pasando: Se lo quería arrebatar. —Eso se ve pesado, déjanoslo que te lo cuidamos —Eros dio un paso hacia atrás esquivando el ademán del hombre, entonces dejó caer la bolsa cuidadosamente en el suelo pues bien sabía que un forcejeo podría poner en peligro su contenido. —Perdón pero esto no puedo dárselos —Aclaró disculpándose como si, efectivamente, le importase no poder ser dadivoso para con ellos. — Es que en realidad esto no es para mi—Los hombres se miraron, la violencia parecía ser inevitable ¿Verdad?
Se tomó un momento para respirar hondo. Eros no era un hombre violento, nunca la buscaba pero ella solía encontrarlo sin querer. Los analizó uno por uno, podía lastimarlos sin más seguramente pero esa noche verdaderamente estaba apurado. Perder el tiempo, poner en peligro la bolsa, la situación era como un reloj de arena que poco a poco lo iba poniendo contra la espada y la pared. En situaciones así el tiempo parecía pasar más lento, era la adrenalina quizás, los latidos de su corazón. Recordó su fruta del diablo, pensó en intimidarlos para salir de esa pero...
Chasqueó los dedos con una sonrisa nerviosa, tímida y temblorosa en su rostro. — Esperen, tengo una idea —Levantó la mano derecha que ahora estaba libre para calmarlos, buscando poner una pausa al conflicto que estaba escalando. — Les puedo dar mi abrigo, y mi camisa si quieren... Así no tendrán frio por la noche, se los prometo. También los pueden vender para conseguir unos berries, y con eso pagarse un alojamiento —Desde su perspectiva, la oferta parecía perfectamente razonable y esto, sumado a todas las interacciones que habían desembocado en ese momento hacía que el grupo de asaltantes se preguntasen si es que este hombre era estúpido, un cobarde, un bicho raro o simplemente todas al mismo tiempo.
— Es que de verdad, estoy apurado y no quiero herirlos —Eso fue como echar un cerillo a nitroglicerina, causando que uno de los piratas se lanzase desde su espalda con una patada en la parte trasera de su rodilla derecha. No cedió, no podía permitirse caer sobre la bolsa, solo sintió una segunda patada en su espalda y un puñetazo. Se mordió el labio, entre gritos vitoreándose los unos a los otros para comenzar la paliza, Eros escuchó las ventanas cerrándose en las cercanías.
El 33 de Otoño del Año 16
La isla en cuestión parecía haberse olvidado por un rato entregándoles a sus residentes, y visitantes un viento fresco y renovador que recorría las callejuelas del nido de cazadores de recompensa, arrastrando consigo alguna que otra hojita marrón que parecía haberse colado entre los cactus y plantas rodantes. Los pocos árboles que adornaban la ciudad parecían haberse puesto de acuerdo para entregarles una escena atípica a los desafortunados que llegaron días atrás desde los Cabos Gemelos, danzantes las ramas tan caprichosas como ese otoño inesperado que les regalaba la noche. Hace un par de horas que habían encendido las farolas de aceite que de a pares iluminaban las calles con una luz tenue y cálida. Era una noche tranquila en comparación al aire que oscilaba entre la violencia, y la algarabía constante que había podido ver el carpintero desde su llegada
Pero siempre hay calma antes de la tormenta
El carpintero del cabaret caminaba por la ciudad disfrutando el cambio de clima como bien alguien que padecía del calor del mediodía, pero sorprendentemente no parecía portar ese dejo melancólico y meditabundo que siempre llevaba consigo como quien naufragaba junto con la marea llevado por una introspectiva solemnidad. Esa noche su paso era más firme, su mirada se hallaba en lo alto y no sumida al suelo. Consigo, sobre su hombro derecho, llevaba una bolsa de arpillera que sobresalía por encima de su cabeza con el brazo derecho abrazándola cuidadosamente pues su contenido parecía ser importante, delicado o ambas cosas quizás. Sus ojos color ámbar estaban puestos en el camino apenas moviéndose de tanto en tanto para ver que su paso se mantuviese estable, sin tropezar o meter la pata tanto literal como metafóricamente. Era algo extraño en él, pero esa noche el carpintero que tendía a andar errante de aquí para allá parecía tener bien en claro a donde se dirigía.
Aunque uno propone, los mares disponen
La paz nunca duraba mucho, y Whisky Peak siempre era un hervidero de problemas a punto de explotar. A la distancia los observó, eran un grupo numeroso de aproximadamente cinco o seis piratas por lo que pudo notar. Usaban pañuelos del mismo color, definitivamente una banda que, o había llegado igual que el cabaret hace unos días, o ya se habían asentado en la isla sin estar dispuestos a seguir andando. Sin prestarles atención buscó pasar por un lado de ellos, pero parecían tener otros planes: Apenas se acercó lo suficiente, uno salió por su izquierda, otro que portaba una daga hizo un gesto con la cabeza y tuvo otros dos cortándole el paso mientras otro se ponía a su espalda. Pese a lo inesperado de su accionar no fue dificil detener el andar del carpintero, quien no hizo más que girar la cabeza de lado a lado buscando un espacio para escabullirse, quizás sin darse cuenta de lo que estaba pasando en verdad.
En un principio no lo reconocieron ¿Y cómo culparlos? Eros era un don nadie sin un nombre por si mismo, sin reputación o un wanted al que unir la cara con el nombre, para esas personas Eros era simplemente una bolsa de berries con patas, quizás su próxima victima o quien les pagaría la cena
El aparente líder del grupo avanzó un par de pasos. — Oye hermanito, te veo apurado... Danos unos berries si quieres pasar —El de la daga habló con una voz ronca mientras otros comenzaban a reír pensando que Eros reaccionaría asustado quizás, pero la respuesta fue relativamente distinta a lo esperado. El funebrero parpadeó un par de veces pensativo, cayendo en cuenta de lo que le estaban pidiendo tras unos segundos, parecía distraído y ahora obligado a interactuar pero definitivamente no había caído en cuenta de que esto que estaba pasando, era un robo.
—Ah, pues si estoy un poco apurado y he salido sin berries del barco a decir verdad... —respondió el muchacho con completa sinceridad causando cierta molestia aparente en los piratas que ya estaban listos para atacarlos pensando que, o estaba mintiendo, o se estaba resistiendo. Entonces interrumpió su propio silencio. — Pero puedo darles mis zapatos si quieren, veo que alguno de ustedes están descalzos. Hoy hace un poco de frio —Los piratas estallaron en risas cuando vieron que sin chistar se comenzó a sacar los zapatos, pero él no entendía que era tan gracioso en sus palabras. Con su mano libre, dejó los zapatos prolijamente en un costado, ladeando la cabeza con una sonrisa y dando un paso hacia adelante dispuesto a seguir andando.
Pero ellos estaban indispuestos
Lo que parecía ser un robo y una humillación se detuvo de repente, no estaban dispuestos a dejar ir a una víctima perfecta. Uno de ellos señaló la bolsa de arpillera con gesto brusco, acercándose con un ademán de la diestra que hizo notar al carpintero lo que estaba pasando: Se lo quería arrebatar. —Eso se ve pesado, déjanoslo que te lo cuidamos —Eros dio un paso hacia atrás esquivando el ademán del hombre, entonces dejó caer la bolsa cuidadosamente en el suelo pues bien sabía que un forcejeo podría poner en peligro su contenido. —Perdón pero esto no puedo dárselos —Aclaró disculpándose como si, efectivamente, le importase no poder ser dadivoso para con ellos. — Es que en realidad esto no es para mi—Los hombres se miraron, la violencia parecía ser inevitable ¿Verdad?
Se tomó un momento para respirar hondo. Eros no era un hombre violento, nunca la buscaba pero ella solía encontrarlo sin querer. Los analizó uno por uno, podía lastimarlos sin más seguramente pero esa noche verdaderamente estaba apurado. Perder el tiempo, poner en peligro la bolsa, la situación era como un reloj de arena que poco a poco lo iba poniendo contra la espada y la pared. En situaciones así el tiempo parecía pasar más lento, era la adrenalina quizás, los latidos de su corazón. Recordó su fruta del diablo, pensó en intimidarlos para salir de esa pero...
Verdaderamente no era un hombre violento
Chasqueó los dedos con una sonrisa nerviosa, tímida y temblorosa en su rostro. — Esperen, tengo una idea —Levantó la mano derecha que ahora estaba libre para calmarlos, buscando poner una pausa al conflicto que estaba escalando. — Les puedo dar mi abrigo, y mi camisa si quieren... Así no tendrán frio por la noche, se los prometo. También los pueden vender para conseguir unos berries, y con eso pagarse un alojamiento —Desde su perspectiva, la oferta parecía perfectamente razonable y esto, sumado a todas las interacciones que habían desembocado en ese momento hacía que el grupo de asaltantes se preguntasen si es que este hombre era estúpido, un cobarde, un bicho raro o simplemente todas al mismo tiempo.
— Es que de verdad, estoy apurado y no quiero herirlos —Eso fue como echar un cerillo a nitroglicerina, causando que uno de los piratas se lanzase desde su espalda con una patada en la parte trasera de su rodilla derecha. No cedió, no podía permitirse caer sobre la bolsa, solo sintió una segunda patada en su espalda y un puñetazo. Se mordió el labio, entre gritos vitoreándose los unos a los otros para comenzar la paliza, Eros escuchó las ventanas cerrándose en las cercanías.
A veces la paz no era una opción
![[Imagen: xNGUFie.png]](https://i.imgur.com/xNGUFie.png)
