06-12-2025, 04:27 PM
(Última modificación: 06-12-2025, 04:30 PM por Tensui Marlin.)
Después de lo que, en este punto de mi vida, solo puedo llamar un incentivo, el maldito proxeneta por fin decidió abrir la boca. Y ojalá no lo hubiera hecho. Cuando escuché que hacía unos años había vendido a la niña, vendido a un casino ambulante, sentí cómo una vena se tensaba en mi cuello. La furia que ya tenía clavada en el pecho se expandió como un incendio, comiéndose cualquier rastro de paciencia que pudiera quedarme. Mi primera reacción fue simple, instintiva, apretarle el cuello hasta que dejara de mover siquiera los ojos y lo habría hecho, si no fuera porque sus siguientes palabras me frenaron por un segundo.
—¿Qué mierda estás diciendo? —le solté, helado por dentro. Incluso en ese estado lamentable, incluso con los dedos rotos y la garganta dentro de mi mano, el bastardo tuvo la osadía de soltar que si él vivía, solo así la niña seguiría viva. Lo dijo con una seguridad repugnante, como si yo fuera tan manipulable como el pobre hermano que acababa de morir frente a mí y ahí entendí que este tipo no hablaba para salvarse, hablaba porque creía tener poder sobre mí, no tenia idea del error que estaba cometiendo.
Sus ojos, ya inyectados en sangre, empezaron a perder el eje, parecía a un paso de desmayarse, y por un instante sentí cómo mi propia respiración se volvía un hierro caliente en mi garganta. Las palabras del hermano muerto resonaron con una fuerza brutal dentro de mi cabeza, solo la vida de esta basura mantiene a salvo a la niña, qué maldito destino el depender de la supervivencia de alguien así. Entonces escuché pasos bajando desde el segundo piso, automáticamente, mis músculos se tensaron, pensé que sería uno de los guardias de este asqueroso proxeneta, y preparé el cuerpo para partirle el alma al primero que se asomara, pero al girar el rostro hacia la escalera, mis ojos no encontraron a un enemigo, vi a una mujer hermosa, incluso bajo todo el maltrato que llevaba encima, piel marcada, mirada rota, postura temblorosa, una belleza quebrada por manos que merecían el infierno y fue ahí, justo ahí, donde el asco que sentía por el hombre que sostenía volvió a multiplicarse, como si cada una de sus miserias me golpeara de una sola vez.
En los ojos de aquella mujer ardía una furia que reconocí al instante, una rabia antigua, profunda, dirigida al mismo desgraciado que casi colgaba inconsciente de mi mano. Esa mirada decía todo lo que sus labios no habían podido gritar durante años. Y cuando habló, sus palabras golpearon directo contra mi alma, que ya venía ardiendo desde hacía demasiado. —No tienes que decirme nada—le respondí, sintiendo cómo la furia se me apretaba en el pecho —Yo sé lo que este engendro del demonio merece. — Solté el cuello del proxeneta apenas un momento, lo suficiente para verlo a los ojos y sentir el hedor de su miedo.
—Si la vendiste a un casino ambulante—escupí las palabras como veneno —Significa que ni siquiera tú sabes dónde está ahora. No me sirves para nada. — Y entonces, sin dudar, sin pestañear, sin dejar que la sombra del hermano muerto me detuviera, hundí mi arma directo en su corazón, sentí la resistencia, el temblor final de esa vida miserable apagándose. —No me manipularas como a ese pobre hermano que estuvo cegado todo el tiempo que te protegió. — Vi cómo su aliento se escapaba en un hilo roto y cómo la vista se le nublaba mientras moría a solo unos centímetros de mí, para mí no hubo gloria, ni satisfacción completa. Solo justicia y un silencio pesado que me dejó con la mandíbula apretada y el alma aun ardiendo.
Me giré hacia la mujer y avancé despacio, sin brusquedades, como si cualquier movimiento fuerte pudiera romperla aún más de lo que ya estaba. Levanté la mano y apoyé mis dedos en su rostro, recorriendo con la vista cada herida, cada marca que aquel maldito le había dejado grabada en la piel y en el alma. Su mirada estaba perdida, sostenida apenas por un hilo. —Toma lo que necesites y vete—le dije en voz baja, pero firme —Yo me quedaré aquí, hasta que considere que has ido lo bastante lejos, no dejaré que nadie te siga. — La mujer tragó saliva, temblorosa, y por un instante sentí ese mismo vacío que conocí años atrás, el de quien escapa con lo justo, con lo que queda de sí.
—Corre tanto como puedas —añadí —Y si ves a cualquiera del círculo de este maniático, escóndete. No les des ni una sombra tuya. — Cuando dio un paso atrás, me volví hacia el cadáver. El cuerpo aún estaba tibio, me agaché, tomé uno de sus anillos, pesado, vulgar, digno de él y luego sus lentes, ahora bañados en sangre. Los levanté, los observé un segundo, no necesitaba nada más, era la prueba irrefutable. Eran prueba suficiente para ese marine que me había enviado, prueba de que la encomienda estaba resuelta aunque el precio, como siempre, se clavara un poco más en mis costillas.
—También puedo llevarte con el marine que me envió, si eso quieres —dije, sin girarme todavía, mi voz más grave de lo normal —Pero no confío en él. Y si te soy sincero, no te lo recomiendo en absoluto. — Mi mirada seguía fija en el suelo, en la sangre que corría hacia mis pies, mientras hablaba. Ni siquiera podía verla estando detrás de mí, pero sabía que me escuchaba, sabía que cada palabra le pesaba igual que a mí. No necesitaba verla para saber que estaba hecha pedazos, yo también he hablado desde ese lugar y por eso mismo, no iba a entregarla a manos dudosas. No a otro infierno.
—¿Qué mierda estás diciendo? —le solté, helado por dentro. Incluso en ese estado lamentable, incluso con los dedos rotos y la garganta dentro de mi mano, el bastardo tuvo la osadía de soltar que si él vivía, solo así la niña seguiría viva. Lo dijo con una seguridad repugnante, como si yo fuera tan manipulable como el pobre hermano que acababa de morir frente a mí y ahí entendí que este tipo no hablaba para salvarse, hablaba porque creía tener poder sobre mí, no tenia idea del error que estaba cometiendo.
Sus ojos, ya inyectados en sangre, empezaron a perder el eje, parecía a un paso de desmayarse, y por un instante sentí cómo mi propia respiración se volvía un hierro caliente en mi garganta. Las palabras del hermano muerto resonaron con una fuerza brutal dentro de mi cabeza, solo la vida de esta basura mantiene a salvo a la niña, qué maldito destino el depender de la supervivencia de alguien así. Entonces escuché pasos bajando desde el segundo piso, automáticamente, mis músculos se tensaron, pensé que sería uno de los guardias de este asqueroso proxeneta, y preparé el cuerpo para partirle el alma al primero que se asomara, pero al girar el rostro hacia la escalera, mis ojos no encontraron a un enemigo, vi a una mujer hermosa, incluso bajo todo el maltrato que llevaba encima, piel marcada, mirada rota, postura temblorosa, una belleza quebrada por manos que merecían el infierno y fue ahí, justo ahí, donde el asco que sentía por el hombre que sostenía volvió a multiplicarse, como si cada una de sus miserias me golpeara de una sola vez.
En los ojos de aquella mujer ardía una furia que reconocí al instante, una rabia antigua, profunda, dirigida al mismo desgraciado que casi colgaba inconsciente de mi mano. Esa mirada decía todo lo que sus labios no habían podido gritar durante años. Y cuando habló, sus palabras golpearon directo contra mi alma, que ya venía ardiendo desde hacía demasiado. —No tienes que decirme nada—le respondí, sintiendo cómo la furia se me apretaba en el pecho —Yo sé lo que este engendro del demonio merece. — Solté el cuello del proxeneta apenas un momento, lo suficiente para verlo a los ojos y sentir el hedor de su miedo.
—Si la vendiste a un casino ambulante—escupí las palabras como veneno —Significa que ni siquiera tú sabes dónde está ahora. No me sirves para nada. — Y entonces, sin dudar, sin pestañear, sin dejar que la sombra del hermano muerto me detuviera, hundí mi arma directo en su corazón, sentí la resistencia, el temblor final de esa vida miserable apagándose. —No me manipularas como a ese pobre hermano que estuvo cegado todo el tiempo que te protegió. — Vi cómo su aliento se escapaba en un hilo roto y cómo la vista se le nublaba mientras moría a solo unos centímetros de mí, para mí no hubo gloria, ni satisfacción completa. Solo justicia y un silencio pesado que me dejó con la mandíbula apretada y el alma aun ardiendo.
Me giré hacia la mujer y avancé despacio, sin brusquedades, como si cualquier movimiento fuerte pudiera romperla aún más de lo que ya estaba. Levanté la mano y apoyé mis dedos en su rostro, recorriendo con la vista cada herida, cada marca que aquel maldito le había dejado grabada en la piel y en el alma. Su mirada estaba perdida, sostenida apenas por un hilo. —Toma lo que necesites y vete—le dije en voz baja, pero firme —Yo me quedaré aquí, hasta que considere que has ido lo bastante lejos, no dejaré que nadie te siga. — La mujer tragó saliva, temblorosa, y por un instante sentí ese mismo vacío que conocí años atrás, el de quien escapa con lo justo, con lo que queda de sí.
—Corre tanto como puedas —añadí —Y si ves a cualquiera del círculo de este maniático, escóndete. No les des ni una sombra tuya. — Cuando dio un paso atrás, me volví hacia el cadáver. El cuerpo aún estaba tibio, me agaché, tomé uno de sus anillos, pesado, vulgar, digno de él y luego sus lentes, ahora bañados en sangre. Los levanté, los observé un segundo, no necesitaba nada más, era la prueba irrefutable. Eran prueba suficiente para ese marine que me había enviado, prueba de que la encomienda estaba resuelta aunque el precio, como siempre, se clavara un poco más en mis costillas.
—También puedo llevarte con el marine que me envió, si eso quieres —dije, sin girarme todavía, mi voz más grave de lo normal —Pero no confío en él. Y si te soy sincero, no te lo recomiendo en absoluto. — Mi mirada seguía fija en el suelo, en la sangre que corría hacia mis pies, mientras hablaba. Ni siquiera podía verla estando detrás de mí, pero sabía que me escuchaba, sabía que cada palabra le pesaba igual que a mí. No necesitaba verla para saber que estaba hecha pedazos, yo también he hablado desde ese lugar y por eso mismo, no iba a entregarla a manos dudosas. No a otro infierno.
Infobox
