06-12-2025, 06:53 PM
Un día de lo más aburrido, eso había sido. A excepción de lo que acababa de hacer. La madre que lo parió, ese cabrón no dejaba de perseguirle ni un minuto. Corría como una centella, detrás de ella.
¿La razón? Lampedusa le había robado la cartera.
—¡A la ladrona! ¡Se lleva mi monedero! —gritó a pleno pulmón.
—¿Qué dices, gilipuertas? ¡Ahora es mía! ¡Si tanto la querías no haberla dejado en el puñetero bolsillo tan a mano!
Dos veces giró a la izquierda, luego a la derecha y, por fin, se libró del pelmazo. Lampedusa saboreó su victoria y su botín. Por fin tendría algo con lo que llenar el estómago. A ver que llevaba… Bueno, calderilla, pero menos daba una piedra. Con eso bastaría por el momento. Guardó el dinero en el bolsillo y continuó su camino.
Ahora tocaba encontrar una taberna o algo por el estilo para llenar su estómago. Halló a lejos una cola de gente, y Lampedusa se desperezó. ¡Por fin el destino era generoso con ella! Decidida a guardar cola, se puso la última y echó un vistazo a la fila. Hombres, mujeres, niños… De todas clases y edades. Lo raro es que esperaban junto a varios animales. Cerdos, vacas, caballos, perritos… ¡Más perritos y gatitos! Maldita sea, a Lampedusa le costaba cabrearse con un gatito o un perrito, ¡eran tan cucos!
Eso hizo que entrecerrara los ojos. Gente. Con animales. Haciendo cola. Eso le olía mal.
—Oye, vieja, ¿esto es una cola para entrar a la taberna o la granja de Pepito? —le preguntó a la mujer que tenía delante.
—¿Qué dices, chica? ¡Si esto es la veterinaria!
—¿Qué? ¡Y yo perdiendo el tiempo todo el puto rato pensando que iba a comer! —Se dio media vuelta y le sacó el dedo sin mirar atrás—. Ahí os follen, tener que aguantar una cola de mierda como esa, ¡anda ya a la mierda! ¡Puff!
Ya decía ella que había sido demasiado fácil. ¿Encontrar una taberna? ¿De buenas a primeras? Ja, el mundo siempre le hacía la puñeta y escondía las cosas cuando ella las buscaba. Anduvo otra hora por ahí en la que estaba hasta la punta de la nariz de tanta mierda sin encontrar un sitio en el que comer cuando, de golpe y porrazo, vio a una mujer de cabello verde que iba directa hacia ella a toda prisa. Demasiado tarde para esquivarla.
El trompazo lo sufrió más ella, por lo que acabó en el suelo. Menudo golpetazo. Se levantó de inmediato, hecha una furia y le plantó cara.
—Me cago en ti, curvilínea, ¿tú eres gilipollas o…? —Fue en ese momento cuando reparó en que llevaba un perrito herido en brazos—. ¡Ostia! ¿Pero qué le ha pasado a ese pequeñín? —Miró a la tipa con cara de pocos amigos—. Más vale que estés buscando algún sitio para que le curen las heridas y no raptando perritos, ¡con los animales no se juega! ¡Y menos con uno tan bonito!
¿La razón? Lampedusa le había robado la cartera.
—¡A la ladrona! ¡Se lleva mi monedero! —gritó a pleno pulmón.
—¿Qué dices, gilipuertas? ¡Ahora es mía! ¡Si tanto la querías no haberla dejado en el puñetero bolsillo tan a mano!
Dos veces giró a la izquierda, luego a la derecha y, por fin, se libró del pelmazo. Lampedusa saboreó su victoria y su botín. Por fin tendría algo con lo que llenar el estómago. A ver que llevaba… Bueno, calderilla, pero menos daba una piedra. Con eso bastaría por el momento. Guardó el dinero en el bolsillo y continuó su camino.
Ahora tocaba encontrar una taberna o algo por el estilo para llenar su estómago. Halló a lejos una cola de gente, y Lampedusa se desperezó. ¡Por fin el destino era generoso con ella! Decidida a guardar cola, se puso la última y echó un vistazo a la fila. Hombres, mujeres, niños… De todas clases y edades. Lo raro es que esperaban junto a varios animales. Cerdos, vacas, caballos, perritos… ¡Más perritos y gatitos! Maldita sea, a Lampedusa le costaba cabrearse con un gatito o un perrito, ¡eran tan cucos!
Eso hizo que entrecerrara los ojos. Gente. Con animales. Haciendo cola. Eso le olía mal.
—Oye, vieja, ¿esto es una cola para entrar a la taberna o la granja de Pepito? —le preguntó a la mujer que tenía delante.
—¿Qué dices, chica? ¡Si esto es la veterinaria!
—¿Qué? ¡Y yo perdiendo el tiempo todo el puto rato pensando que iba a comer! —Se dio media vuelta y le sacó el dedo sin mirar atrás—. Ahí os follen, tener que aguantar una cola de mierda como esa, ¡anda ya a la mierda! ¡Puff!
Ya decía ella que había sido demasiado fácil. ¿Encontrar una taberna? ¿De buenas a primeras? Ja, el mundo siempre le hacía la puñeta y escondía las cosas cuando ella las buscaba. Anduvo otra hora por ahí en la que estaba hasta la punta de la nariz de tanta mierda sin encontrar un sitio en el que comer cuando, de golpe y porrazo, vio a una mujer de cabello verde que iba directa hacia ella a toda prisa. Demasiado tarde para esquivarla.
El trompazo lo sufrió más ella, por lo que acabó en el suelo. Menudo golpetazo. Se levantó de inmediato, hecha una furia y le plantó cara.
—Me cago en ti, curvilínea, ¿tú eres gilipollas o…? —Fue en ese momento cuando reparó en que llevaba un perrito herido en brazos—. ¡Ostia! ¿Pero qué le ha pasado a ese pequeñín? —Miró a la tipa con cara de pocos amigos—. Más vale que estés buscando algún sitio para que le curen las heridas y no raptando perritos, ¡con los animales no se juega! ¡Y menos con uno tan bonito!
